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Sarah y él se alojaron en una VCV (vivienda para científicos visitantes), una cabaña de madera situada en una colina y elevada sobre diez columnas de cemento en ese terreno irregular. La cabaña tenía un pequeño porche (excelente, descubrieron, para ver las tormentas por la tarde), una cocina pequeña, un dormitorio pequeño, un cuarto de baño pequeño y un teléfono de disco. Bajo una ventana había un aparato de aire acondicionado; todas las ventanas tenían postigos de madera por la parte de fuera.

Además de un emplazamiento técnicamente bueno para enviar el mensaje, Arecibo era también un acierto desde el punto de vista simbólico. Frank Drake, de setenta y nueve años, estaba en la sala de control que daba a la gran antena cuando Sarah usó un cable USB para conectar al transmisor su ordenador portátil Dell, donde tenía la versión original de la respuesta. El mensaje de Drake a M13 (hasta ese momento, la emisión más famosa del SETI), había sido enviado desde allí treinta y seis años antes.

Como habían planeado, la respuesta contenía mil encuestas completas, elegidas al azar entre el 1.206.353 respuestas descargadas en la página web que Sarah había ayudado a crear. Bueno, lo cierto, a decir verdad, era que 999 encuestas habían sido elegidas al azar: la número mil era la de Sarah. No es que ella hubiera insistido. Cuando Don y Carl le habían sugerido la idea, la había expuesto en una reunión, y al responsable de las relaciones públicas del Instituto SETI le encantó. Dijo que era una historia de gran interés humano.

En la ceremonia de la transmisión se distribuyeron CD-ROM conmemorativos con copias del mensaje a importantes investigadores, pero las respuestas que la gente dio no se hicieron públicas. Como decía la petición de los draconianos, las respuestas debían ser mantenidas en secreto, de modo que los participantes no se vieran influidos por las respuestas de los demás.

El enlosado de la sala de control, en diagonal, formaba un tablero beige y marrón; a Don le mareó más que mirar por la ventana en ángulo el gigantesco plato de la antena y la plataforma triangular de seiscientas toneladas montada sobre ella.

Los científicos, la prensa y unos cuantos cónyuges ocupaban la sala de control. Todavía era por la mañana temprano, y aunque había ventiladores eléctricos colocados sobre piezas de equipo o atornillados a ellos, el calor resultaba opresivo. Don vio cómo Sarah se sentaba a la mesa central en forma de L y recuperaba la respuesta de su portátil. Le había sugerido que dijera una frase memorable (su propio discurso al estilo de «un pequeño paso…»), pero ella no quería; el mensaje importante era lo que iba a transmitirse, no lo que ella fuera a decir.

Y así, sin nada más que un «¡muy bien, allá vamos!», Sarah pulsó el botón de la pantalla y la palabra «transmitiendo» apareció en el portátil.

Hubo gritos de júbilo y sirvieron champán. Don se quedó aparte, disfrutando de la felicidad de Sarah. Pasado un rato, el grueso y canoso representante de la Unión Astronómica Internacional empezó a darle golpecitos a su copa de champán con una Mont Blanc hasta que todo el mundo le prestó atención.

—Sarah, tenemos algo para ti —dijo. Abrió una de las taquillas de metal adosadas a las paredes. Dentro había un trofeo con base de mármol, una columna central con lazos de seda azul y una Atenea alada con las manos extendidas hacia las estrellas en la parte superior.

El hombre se agachó, la recogió y la sostuvo ante sí en ángulo, como si estuviera apreciando una botella de buen vino. Luego, en voz alta y clara, leyó la inscripción de la placa para que todos lo oyeran:

—«Para Sarah Halifax, que lo descubrió todo…»

Don subió la escalera, dejando atrás el apartamento en el sótano de Lenore. Eran más de las once de la noche y, como había dicho ella, estaba en un barrio peligroso. Pero su corazón no latía más rápido por eso.

¿Qué había hecho?

Todo había sucedido muy rápido, aunque supuso que había sido un ingenuo por no darse cuenta de cómo esperaba Lenore que terminara la velada. Pero hacía sesenta años que él había tenido veinte, e incluso entonces la revolución sexual se le había escapado por una década. Había llegado un poco tarde al amor libre de la década de 1960; como Vietnam y el Watergate, eran cosas de las que sólo tenía vagos recuerdos de infancia y, desde luego, ninguna experiencia de primera mano.

Cuando, a los quince años, hizo sus pinitos en el tema de la sexualidad (al menos, con una compañera) la gente temía las enfermedades. Y una chica de su clase en Humberside se había quedado embarazada, lo que también fue un jarro de agua fría para la promiscuidad. Así que, aunque la moralidad del sexo no había sido tema de discusión entonces (todos en la generación de Don querían practicarlo, y pocos, al menos en el barrio de clase media de Toronto donde creció, pensaban que hubiera nada malo en hacerlo antes de casarse), el acto en sí era tratado como algo muy importante, aunque, visto lo que vendría una década más tarde, el temor a pillar gonorrea o sífilis resultaba más que pintoresco.

Pero ¿cómo rezaba el dicho? Todas las modas vuelven. El sida había sido vencido, gracias a Dios: casi todo el mundo de la edad de Don conocía a alguien que había muerto de aquella terrible plaga. La mayoría de las enfermedades de transmisión sexual habían sido erradicadas o eran fáciles de curar. Y en Canadá había medicamentos bastante seguros, prácticamente infalibles y legales, para controlar la natalidad, tanto para hombres como para mujeres. Eso, unido a una relajación general de las costumbres, había llevado a una segunda era de apertura sexual desconocida desde los tiempos gloriosos de Haight-Ashbury, el Rochdale College y, sí, los Beatles.

Pero como Don bien sabía, mientras continuaba caminando por la ajada acera, todo eso era racionalización. No importaba cuál fuera la moralidad de los jóvenes en la actualidad: ése no era su mundo. Lo que importaba era lo que pensaba su generación… la suya y la de Sarah. Había conseguido vivir sesenta años sin ser infiel ni una sola vez y de pronto, ¡bum!

Cuando dobló la esquina de Euclid para entrar en Bloor, sacó su datacom.

—Llama a Sarah —dijo; necesitaba oír su voz.

—¿Diga?

—Hola, cariño. ¿Cómo… cómo ha estado la obra?

—Ha estado bien. El que hacía de Tevye no tenía muy buena voz, pero no ha estado mal. ¿Cómo estaban tus alitas?

—Magníficas. Magníficas. Voy a tomar el metro ahora mismo.

—Oh, bien. Bueno, no te esperaré despierta.

—No, no. Déjame el pijama en el cuarto de baño.

—Vale. Te veré luego.

—Bien. Y…

—Sí.

—Te quiero, Sarah.

Ella pareció sorprendida cuando respondió:

—Yo también te quiero.

—Ya voy de camino a casa.

25

—Pero sigo sin comprenderlo —dijo Don, allá en 2009, cuando Sarah descubrió que el primer mensaje de Sigma Draconis era una encuesta—. No comprendo por qué a los alienígenas les preocupa lo que nosotros pensemos sobre moralidad y ética. Quiero decir, ¿por qué tendría que importarles un pimiento?

Sarah y Don habían salido a dar otro de sus paseos nocturnos.

—Porque todas las razas se enfrentarán a problemas comparables a medida que pase el tiempo —respondió ella mientras caminaban ante la casa de los Fein—, y si los de esa raza tienen particularidades psicológicas individuales (cosa que seguramente es así, a menos que hayan hecho lo que sugieres y se hayan convertido en una mente colmena), debatirán esos temas.

—¿Por qué dices que seguramente tienen particularidades psicológicas? —preguntó él.