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Más cosas aparte del perfil de los rascacielos habían cambiado durante la vida de Don… y, sin embargo, algunas no tanto como había esperado. Recordaba haber visto 2001: Una odisea del espacio con su padre cuando se estrenó, allá por 1968. Lo bueno de haber nacido en un año que termina en cero es que facilita los cálculos. Incluso de niño sabía que tendría cuarenta y un años en 2001, y su padre, sentado junto a él en el teatro Glendale de Toronto, tenía entonces cuarenta y tres, lo que significaba que Don sería más joven que él cuando sucedieran las maravillas que según la película iban a pasar: aviones espaciales de Pan Am, gigantescas estaciones espaciales en forma de rueda con hoteles Howard Johnson, ciudades en la Luna, humanos viajando hasta Júpiter, animación suspendida criogénica y («abre las escotillas, Hal») verdadera inteligencia artificial.

Pero cuando 2001 llegó de verdad, ninguna de aquellas cosas se había hecho realidad. Así que Don no debería haberse sorprendido demasiado de que las extravagantes maravillas predichas por la ciencia ficción de la primera década del nuevo milenio tampoco se hubieran materializado. La singularidad tecnológica no se había producido; la extrema modificación corporal, bien a través de ingeniería genética o con partes artificiales, nunca se había hecho popular; el montador nanotecnológico que podía convertir cualquier cosa en otra distinta seguía siendo materia de sueños.

Don contempló más allá de las aguas la ciudad en la que había nacido. Al pie de la Torre CN se hallaba el estadio donde jugaban los Blue Jays. Lo señaló.

—¿Ves? El techo del SkyDome está abierto.

Lenore lo miró como si estuviera hablando en otro idioma y…

Oh, mierda. El seguía llamándolo SkyDome, igual que mucha otra gente de su edad. Pero hacía más de cuarenta años que no se llamaba así. Cristo, la distancia entre ambos estaba por todas partes, en todo.

—El Centro Rogers, quiero decir. El, hum, techo está abierto.

Era un comentario tan trivial que lamentó haberlo hecho.

—Bueno, es un día magnífico —dijo Lenore. A Don le animó que ella no hiciera más comentarios sobre lo que acababa de decir.

Iban de la mano mientras caminaban. Patinadores de todo tipo y corredores se cruzaban con ellos en ambas direcciones. Ella llevaba su sombrero de ala ancha; con su piel pálida, sin duda se quemaba con facilidad. Por su parte, él disfrutaba de estar al sol sin tener que llevar sombrero. Después de cuatro décadas de calvicie, era maravilloso tener su propia protección natural.

Hablaron sobre esto y aquello: una conversación animada y viva, muy distinta de (¿cómo lo había llamado uno de sus amigos?) el silencio en compañía de las viejas personas casadas que se habían quedado hacía décadas sin puntos de vista que compartir ni chistes que contar ni temas que explorar.

—¿Juegas al tenis? —le preguntó Lenore mientras pasaban junto a un par de personas que llevaban raquetas.

—No juego desde…

«Desde antes de que tú nacieras.»

—Deberías jugar alguna vez. Puedo conseguirte un pase para Hart House.

—Eso sería magnífico —dijo Don, y hablaba en serio. Había sido sedentario la primera vez que había tenido aquella misma edad; y ahora, le encantaba la sensación física de estar vivo—. Pero te lo advierto, te voy a dar una paliza. He sido ampliado médicamente.

Ella sonrió.

—¿Ah, sí?

—Claro. Llámame Bjorn Borg.

Ella lo miró, totalmente en blanco, y él se sintió un poco decepcionado. Sarah hubiese pillado el chiste.

—Hum —dijo, dolorosamente consciente de la máxima de Johnny Carson de que si lo tienes que explicar no es gracioso—. Bjórn Borg fue un tenista famoso; ganó en Wimbledon cinco veces seguidas. Y los borg, bueno, son una raza alienígena de una antigua serie de televisión llamada Star Trek. Los borg refuerzan sus cuerpos con tecnología, así que, hum…

—Eres un hombre extraordinariamente tonto —dijo Lenore, sonriéndole con candor.

Él se detuvo en seco y miró (realmente miró, por primera vez) a Lenore.

Era una estudiante universitaria del SETI.

Le gustaba comer en restaurantes, hablar de filosofía y política.

Era confiada y graciosa y resultaba divertido estar con ella.

Incluso estaba hablando como…

Pero él no había sido capaz de sumar dos y dos hasta aquel momento. Le recordaba…

Naturalmente. Naturalmente.

Le recordaba a Sarah tal como era cuando tenía veinte años, cuando se enamoró de ella.

Bueno, desde luego que no se parecían en absoluto físicamente, y tal vez por eso no se había dado cuenta de las similitudes hasta entonces. Lenore era más baja que Sarah o, al menos, más baja que Sarah a su edad. Y Sarah tenía el pelo castaño entonces y seguía teniendo los ojos de un gris azulado, mientras que Lenore era pelirroja, pecosa y tenía los ojos verdes.

Pero en espíritu, en actitud, en la alegría con que vivían la vida, eran almas gemelas.

Una pareja joven se les acercaba: una mujer asiática y un hombre blanco. El hombre empujaba un cochecito de bebé. Don llevaba gafas de sol, igual que Lenore, así que miró sin ningún recato a la hermosa joven de largo cabello negro, pantalones cortos rosa y top rojo.

—Bonito crío —dijo Lenore.

—Hum, sí—respondió él. Ni siquiera se había fijado.

—¿Te… te gustan los niños? —le preguntó Lenore, con una nota dubitativa en su voz.

—Claro. Por supuesto.

—A mí también.

Había un banco en la hierba, a poca distancia del paseo, de cara al agua. Don lo señaló con la barbilla, se acercaron y se sentaron. La rodeó con un brazo y contemplaron el agua y un transbordador que se acercaba.

—¿Quieres tener hijos? —le preguntó él.

—Oh, sí. Desde luego.

—¿Muy pronto?

Ella apoyó la cabeza en su hombro. Su pelo revoloteaba un poco con la brisa, golpeándole de vez en cuando suavemente la mejilla.

—Oh, no estoy segura. Cuando tenga treinta años, supongo. Sé que falta mucho, pero…

Guardó silencio, pero él sacudió la cabeza. Cinco años pasarían en un suspiro: le parecía ayer cuando tenía setenta. Demonios, sus sesenta años no estaban tan lejos. Los años pasan volando y…

Y se preguntó si eso seguiría siendo así. Desde luego, él mismo había experimentado eso de que el tiempo parecía pasar más rápido a medida que se hacía viejo, y había leído una explicación de psicología barata: cuando eres un niño de diez, cada año es un diez por ciento de tu vida hasta el momento, y por eso parece enormemente largo, pero cuando tienes cincuenta, cada año es el dos por ciento de tu vida, y por eso pasa en un abrir y cerrar de ojos. Se preguntó qué sucedería con su tiempo ahora que volvía a ser joven. Sería una de las primeras personas que podría poner a prueba la validez de la explicación estándar.

Lenore no dijo nada más; tan sólo siguió contemplando el lago. Sin embargo, él se dio cuenta de que aquello era irónico. Ella pensaba más en el futuro que él. Pero Don había creído que no tenía futuro y, aunque conocía el poema, no había planeado bailar hasta la muerte de la luz…

Dentro de cinco años Lenore habría terminado su doctorado y estaría poniendo en práctica su carrera.