Pero Sarah no se molestó.
—Me las he ganado todas —dijo. Obviamente, vio la expresión de asombro de Cassie, así que continuó—: No, querida, no me gusta. Pero el tratamiento que funcionó con tu abuelo no funcionó conmigo.
Don vio que Cassie asentía; tal vez había subestimado lo que podían entender los niños pequeños.
—Qué lástima —dijo Cassie.
Sarah asintió, reconociéndolo.
Cassie volvió su atención hacia su padre.
—El abuelo parece más joven que tú —dijo. Carl dio un respingo—. Cuando yo sea vieja, ¿podrán hacerme joven de nuevo?
Don se dio cuenta de que su hijo iba a contestar con una negativa: había movido la cabeza hacia la izquierda, dispuesto a iniciar el movimiento. Pero ésa no era la respuesta adecuada.
—Sí—dijo Don—. Lo harán.
El tratamiento seguro que sería barato y común cuando su nieta lo necesitara, y esa idea le gustaba.
Carl parecía a punto de alcanzar su límite con Cassie en brazos.
Se agachó y la dejó en el suelo. Pero entonces Don se agachó y le dio la espalda. Mirando por encima del hombro, dijo:
—¿Quieres que te lleve a caballito?
Cassie se montó en su espalda y él se irguió. Recorrió el salón con Cassie agarrada a su cuello, y las carcajadas de la niña fueron música para sus oídos. Al menos durante unos minutos, fue verdaderamente feliz de que le hubieran hecho aquello.
—Eh, Lennie, ¿a qué viene esa mala cara?
Lenore estaba llenando los saleros. Alzó la cabeza y vio que Gabby la miraba, con las manos en jarras.
—¿Qué?
—Llevas callada toda la noche. ¿Qué pasa?
Era la única noche de la semana que Lenore y Gabby trabajaban en el mismo turno en el Duque de York.
—Rompí con Don hace unos cuantos días.
—¿Por qué? —preguntó Gabby.
Lenore reflexionó cómo responder a eso.
—Para empezar, está casado.
—Qué cabrón.
—Sí. Pero, bueno, hay, bueno, circunstancias atenuantes.
—¿Está separado?
—No. No, sigue viviendo con ella, pero…
—Pero su mujer no le comprende, ¿no?
Lenore hizo una mueca.
—Algo así.
—Chica, he oído esa historia un millón de veces. Estarás mejor sin él.
—Sí, pero…
—Pero ¿qué?
—Lo echo de menos.
—¿Por qué? ¿Era bueno en la cama?
—La verdad es que sí. Pero no es sólo…
—¿Qué?
—Es amable.
—A mí me gustan un poquito rudos —dijo Gabby, sonriendo lascivamente.
—No, no. Me refiero en la vida. Es amable. Considerado, educado.
—Excepto con su esposa.
Lenore dio un respingo. Pero recordó de qué manera Don había defendido a la profesora Halifax cuando Makoto se había metido con ella, allí mismo, en el restaurante.
—No, a su modo es bueno con ella también, creo. Y ella es un encanto.
—¿Conoces a su esposa?
Ella asintió.
—Un poco.
—¡Tierra llamando a Lenore! ¡Despierta, chica!
—Lo sé, lo sé. Pero no puedo dejar de pensar en él.
—A ver si entiendo una cosa. Le diste la patada a Makoto porque era un guarro comiendo…
—Una chica tiene sus límites.
—Pero ¿quieres volver con un tipo casado?
—No —dijo Lenore—. Quiero volver con él a pesar del hecho de que está casado.
—No estoy haciendo un maldito máster —dijo Gabby—. Tal vez esa diferencia sibilina significa algo en vuestros círculos, pero…
—No se parece a ningún hombre que haya conocido.
—¿Por qué? ¿Tiene tres pezones?
—En serio, Gabs, lo echo mucho de menos.
—¿De verdad?
—Sí.
Gabby guardó silencio un momento.
—Bueno, entonces sólo puedes hacer una cosa.
—¿Yes?
Empezó a pasar los saleros a una bandeja.
—Sigue el dictado de tu corazón.
En la cena, Sarah acabó sentada junto a su nieto Percy, que había cumplido trece años en verano.
—Bien —le preguntó ella—, ¿cómo te va en octavo?
—Me va bien.
—¿Sólo bien?
—Nos mandan un montón de deberes. Tengo toneladas para el lunes.
Sarah recordó cuando estaba en octavo curso y cuando tuvo su primera calculadora. Acababan de salir al mercado y todo el mundo discutía si debía permitirse su uso en clase o no. Después de todo, con una máquina que podía hacer los cálculos por ellos, los chavales tal vez nunca aprendieran a comprender de verdad las matemáticas, según los detractores. Los panoramas que planteaban iban desde lo improbable hasta lo verdaderamente idiota, incluida la idea de que si la civilización caía, viviríamos una nueva edad oscura cuando se agotara la carga de las pilas, ya que las cajas mágicas que hacían los cálculos dejarían de funcionar. Sarah se había preguntado a menudo si la rápida aparición de las calculadoras de energía solar se debió al deseo de algún anónimo ingeniero japonés de poner fin al debate.
Y recordaba también las discusiones posteriores sobre si permitir o no los datacoms en las aulas. Aunque eso había afectado a todos los niveles de instrucción, sucedió mientras impartía clases en la Universidad de Toronto. ¿Tenía algún sentido pedir a los estudiantes que memorizaran, por ejemplo, que Sigma Draconis II era, según los datos del primer mensaje draco, un mundo rocoso de tamaño 1,5 veces superior al de la Tierra, con un radio orbital de unos noventa millones de kilómetros y un año equivalente a 199 días terrestres, cuando no había ningún entorno de trabajo imaginable en que no pudieran acceder a esa información en un periquete?
—¿Qué tipo de deberes? —preguntó Sarah, verdaderamente interesada.
—Para la clase de bioética —dijo Percy. Sarah estaba impresionada: bioética en octavo curso; desde luego, podías avanzar mucho más rápido si no perdías demasiado tiempo con la simple memorización.
—¿Y qué tienes que hacer?
—Buscar información en la red y escribir un informe sobre lo que pienso al respecto.
—¿Sobre algún tema en concreto?
—Podemos elegir —dijo Percy—. Pero yo todavía no he elegido el mío.
Sarah miró a Don. Pensó en sugerirle a Percy algo sobre la ética de la vuelta atrás, pero a Don eso le afectaba demasiado.
—Estaba pensando en hablar sobre el aborto —continuó Percy.
Sarah se quedó un poco desconcertada. El chaval sólo tenía trece años, por el amor de Dios, pero…
Pero el aborto, el control de la natalidad y la planificación familiar eran cosas que los chicos necesitaban saber. El cumpleaños de Percy era en julio, lo que significaba que no cumpliría los catorce años hasta las vacaciones, pero la mayoría de sus compañeros de clase los cumplirían antes de terminar el curso y a los catorce años una chica ya tiene edad para quedarse embarazada y un chico para dejar embarazada a una chica.
—¿Qué opinas del aborto, abuela? —le preguntó Percy.
Sarah se rebulló en su asiento. Notó los ojos de Ángela, la madre de Percy, fijos en ella, además de los de su propia hija, Emily.
—Creo que todo niño que nace tiene el derecho a ser deseado —le dijo.
Percy reflexionó sobre eso.
—Pero ¿y si un chico y una chica deciden que quieren tener un niño, pero luego, antes de que nazca, la chica embarazada cambia de opinión? Entonces, ¿qué?
Decididamente, había algo de ella en su nieto; Sarah había debatido mucho ese mismo tema. De hecho, si lo pensaba, ésa era una de las cuestiones que interesaban a los alienígenas de Sig Drac. La pregunta cuarenta y seis era: «¿Quien lleva el niño en su seno tiene derecho a terminar con un embarazo deseado por ambos miembros de la pareja en su inicio?» Sarah recordaba haber debatido consigo misma para llegar a la respuesta cuando había rellenado la encuesta. De eso hacía ya muchos años.