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—Noelia, tu acento no es tan marcado como el de tus amigas, ¿por qué? —preguntó Juan.

—Mi padre es americano, pero mi madre es puertorriqueña —cuchicheó esta—. Físicamente he salido a la familia de mi padre.

Juan sonrió y volvió a preguntar:

—¿Dónde vives?

—En Los Angeles y, por cierto, mi abuela, la madre de mi madre, es española.

—¿Española? ¿De dónde? —dijo sorprendido.

—De Asturias. Un lugar que lleva clavadito en el corazón. Siempre me habla de aquella tierra como algo maravilloso y difícil de olvidar.

—¿Y cómo terminó una asturiana en Puerto Rico?

Retirándose con coquetería el pelo de la cara, mientras llamaba al camarero para pedirle otras copas la joven murmuró:

—El amor. Conoció a mi abuelo, se enamoró de él, y cuando este tuvo que regresar a su país, se casaron y mi abuela se marchó con él.

—¿Y tu abuela ha vuelto alguna vez a Asturias?

—Sí… sí. Ella ha viajado algunas veces allá, y yo espero acompañarla algún día. Aunque ahora con los estudios y tal lo tengo difícil —respondió clavándole sus azulados ojos.

—Sé que te estoy acribillando a preguntas pero ¿qué estudias?

La joven tras ver que el camarero preparaba sus bebidas le miró y respondió con seguridad.

—Publicidad. Me gusta mucho ese mundillo. —Y dando un giro a la conversación preguntó—: ¿Y tú de qué lugar de España eres?

—Vivo en Madrid. Pero mi familia es de un pueblecito de Guadalajara llamado Sigüenza. Donde, por cierto, hay un maravilloso castillo que es una auténtica preciosidad.

—¿Un castillo? Adoro los castillos. —Sonrió encantada— En uno de los viajes que tengo planeado hacer a Europa quiero conocer muchos de ellos.

—España está lleno.

—Lo sé. Mi abuela siempre me habla de España, de sus castillos y de su historia.

Su gesto aniñado al escucharle, sus ojazos azules y sus bonitos labios enamoraban a Juan, y pasándole la mano por el fino óvalo de su cara le susurró:

—Si alguna vez vienes a España, yo mismo te los enseñaré ¿de acuerdo canija?

¡¿Canija?! —rio la joven con las pulsaciones a mil—. Así me llama mi abuela.

Ambos rieron y se miraron a los ojos deseosos de intimidad. Pero los dos sabían que sería una locura. Por ello, para romper ese momento mágico, Noelia preguntó:

—¿Estudias o trabajas?

Juan sonrió. Ahora era ella la que preguntaba.

—Me estoy preparando para ser policía en mi país. Bueno, en realidad, Carlos y yo nos estamos preparando para ser policías.

Sorprendida por aquella contestación ella asintió y sin darle tiempo volvió a preguntar.

—¿Y qué hacen unos futuros policías españoles en Las Vegas?

Dando un trago a su cerveza, Juan se acercó un poco más a ella y, decidido a dejar de imaginar para pasar a la acción, le respondió con voz ronca:

—Divertirse. ¿Y vosotras?

Noelia al sentir su cercanía, olvidó sus precauciones y, acercando sus labios a los de él, susurró cautivada:

—Divertirnos.

Dejando su cerveza sobre la barra, Juan se acercó más a la muchacha para tomar con avidez aquellos labios tentadores. Ella era dulce, suave y olía a sensualidad, una sensualidad que a Juan le volvió loco. Tras ese beso cálido y sensual, llegaron muchos otros, regados con alcohol y diversión. La noche enloqueció, llena de colores, música, risas, bebida y descontrol. Por primera vez en su vida, Juan, el muchacho que siempre controlaba sus actos, bebió tanto que llegó un momento en que perdió la razón y la noción del tiempo.

2

Juan despertó en una habitación que no era la suya. Miró a .su alrededor y no se sorprendió al ver a la joven que había conocido la noche anterior desnuda a su lado totalmente dormida. Recordaba instantes con ella, pero poco más. ¿Qué hora era? Miró el reloj digital que estaba encima de la mesilla y leyó, las 21:14, catorce de junio. ¿Catorce de junio? Boquiabierto, se rascó la cabeza. Lo último que recordaba era la larde del once de junio cuando llegaron a Las Vegas ¿Cómo podía ser día catorce?

Con curiosidad, paseó la mirada por aquella lujosa suite y se sorprendió al ver un piano blanco en un lateral. Leyó su marca: Yamaha. Levantándose desnudo y con una resaca impresionante caminó hacia una puerta lacada en blanco. Aquello debía ser el baño. Pero se quedó sin habla al abrir y ver unas columnas acompañadas por unas esculturas italianas y en el centro una pequeña piscina de agua añil.

¿Pero dónde estoy? pensó mirando a su alrededor.

Cerrando la puerta, se fijó en el enorme televisor junto a la bonita chimenea, los sillones de cuero blancos y la fuente.

—¡Qué fuerte! Una fuente en medio de un salón. Cuando se lo cuente al abuelo va a alucinar —murmuró divertido.

Sin poder quedarse quieto buscó a sus amigos. ¿Dónde estaban? Al abrir una puerta los encontró tendidos en una enorme cama, junto a las otras chicas. Todos estaban desnudos, y rápidamente comprobó que faltaba el Pirulas ¿Dónde se habría metido? Sin poder evitarlo, miró a su amigo Carlos, y le vio dormido sobre el pecho de una de las chicas.

—Joder… joder. Dije que le iba a controlar —susurró agobiado.

Cerró la puerta. ¿Que había ocurrido allí? Llevándose una mano al rostro pensó en su amigo. Cuando se despertara y viera lo que había hecho montaría en cólera al pensar en su dulce Laura. Aquello le iba a martirizar. Si alguien quería con locura a su novia, sin duda, era Carlos.

Confundido y en busca de una explicación para todo aquello, se pasó la mano por su largo y negro pelo cuando sintió que algo frío le rozaba la frente. Sin perder un segundo se miró la mano y de pronto gritó.

—No… no… no… ¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOO!

La muchacha, que hasta el momento había permanecido dormida, al oír aquel alarido se incorporó de un salto. La cabeza le dolía y todo le daba vueltas, pero lo primero que vio fue al joven que había conocido supuestamente el día anterior. Aquel con quien había compartido besos, diversión y al verse desnuda en aquella cama, imaginó que algo más.

—Dime que esto no es cierto. Dime que no nos hemos casado —gritó Juan enseñándole la alianza con dos dados que llevaba en la mano.

La joven, al escuchar aquello, rápidamente miró su mano. Al ver una alianza igual en su dedo, se levantó de un salto, sin importarle lo más mínimo su desnudez.

—No puede ser… ¡esto no me puede estar pasando!

—¡¿Nos hemos casado?! —aulló él.

A Noelia le iba el corazón a mil por hora.

—No lo sé… no lo sé.

Histérico, Juan buscó su ropa interior y se la puso mientras ella hacía lo mismo. Necesitaban despertarse, despejarse y aclarar las ideas. Él era un chico al que su padre le había enseñado a controlar su vida y aquello de pronto se le escapaba por todos lados. Noelia fue a coger su sujetador que estaba en el suelo, cuando vio un sobre. Lo abrió, y se quedó sin respiración al ver una licencia de matrimonio con sus nombres y una foto de ella y Juan besándose: ella con un ridículo velo de novia, y él con un horroroso chaqué junto a un Juez de Paz.