—¿En serio? —preguntó Juan.
—Solo dame la oportunidad de estar a solas con ella —rio Lucas—, y esa preciosidad donde dormirá será en mi cama, Concretamente entre mis piernas.
—Joder macho… es que es pa darte dos guantas — masculló Carlos.
—Tú, churri, cállate —indicó Lucas.
Carlos al escuchar aquello se carcajeó y gruñó de buen humor.
—A ver… que mi mujer me llame churri, no te da derecho a que tú también me llames así. ¿Entendido?
Todos le miraron y al unísono gritaron:
—¡Churri cállate!
—Mamonazos —rio aquel divertido—. Esperad que os saque un buen mote que os voy a bombardear el resto de vuestras vidas.
—Uooooo —se mofaron todos al escucharle y Juan, clavando su inquietante mirada en Lucas, sentenció:
—Aléjate de ella, capullo, si no quieres tener problemas conmigo.
Su gesto. Su mirada. Su rostro al decir aquello hizo que sus compañeros silbaran y rieran. Estaba claro que aquella mujer le gustaba y eso les hizo bromear. Durante parte del trayecto hasta Sevilla, Juan tuvo que soportar todo tipo de comentarios, Sus compañeros, aquellos que se jugaban la vida en cada operativo con él, eran parte de su familia y sabía que aquellas risas y bravuconadas eran una buena manera de paliar la tensión que sentían en los momentos previos a pasar a la acción.
Cuando llegaron a Sevilla se trasladaron inmediatamente hacia el lugar donde debían proceder. Eran las cinco y media de la mañana y, con el máximo silencio posible, desalojaron a los seis asustados vecinos del edificio. A través de la pared del piso colindante comprobaron que no había ninguna actividad en la casa y dedujeron que todos dormían. Así que procedieron a actuar de la manera habitual en aquellos casos, entrar y pillarles por sorpresa.
Tras derribar la puerta y gritar «¡Alto policía!», los valientes policías españoles comandados por Juan, parapetados en sus monos negros y portando en sus manos el subfusil MP5 fueron limpiando habitación por habitación con profesionalidad y disciplina, hasta tener a los narcos neutralizados y a los dos niños en su poder y fuera de peligro.
39
Agotado por la noche de trabajo Juan llegó a casa a las siete de la mañana. Como siempre su fiel Senda le hizo uno de sus sonoros recibimientos.
—Hola Senda, ¿todo bien por aquí?
La perra, feliz porque su amo hubiera regresado, le dio varios lametazos y a continuación se tumbó en su lugar preferido, detrás de la puerta. Juan, cansado, soltó las llaves sobre el mueble del recibidor, entró en el salón y comprobó que en su contestador automático tenía un mensaje. Bajando el volumen, lo escuchó y sonrió al escuchar a Andrés, el chico que paseaba a Senda, despidiéndose porque se iba a Badajoz para pasarlas Navidades.
Con una sonrisa en la boca entró en la cocina. Necesitaba tomarse algo caliente, después se iría a descansar. Como otras muchas mañanas se calentó el café en el microondas, iba a sentarse a ojear el periódico cuando pensó en la mujer que lo esperaba en su cama.
Con una flamante sonrisa, abrió el armario donde guardaba la comida para el desayuno, buscó algo y cuando lo encontró asintió complacido. Después calentó dos cafés, los puso sobre una bandeja y subió con todo ello a su habitación.
Al entrar, la semioscuridad de la habitación y el silencio le hicieron pensar que ella estaba dormida. Con cuidado, dejó la bandeja sobre una de las mesitas y la buscó con la mirada. Sorprendido, observó la cama y finalmente sonrió al notar un bulto bajo el edredón. Con mimo para no despertarla, la destapó y casi suelta una carcajada al ver cómo dormía. En vez de estar con la cabeza sobre la almohada, estaba atravesada y hecha un ovillo.
Durante unos segundos la observo complacido. Se sintió como un tonto, pero continuó admirando su cabello rubio y revuelto. Verla al natural, sin peluca ni lentillas, le encantaba. Era preciosa. Recordó lo que Lucas dijo en el helicóptero y se sintió molesto. Se sentó en la cama con sigilo y se tumbó a su lado. Deseaba abrazarla y sentir su calor cuando ella abrió los ojos sobresaltada.
—Buenos días canija —susurró besándole en la punta de la nariz.
—Eh… hola —balbuceó abriendo los brazos para acurrucarle.
Durante unos segundos permanecieron abrazados hasta que el olor del café llegó hasta las fosas nasales de ella y sin poder remediarlo preguntó:
—¿De verdad has traído café?
—Si. Pero ya sabes que yo no doy nada sin recibir algo a cambio.
Con los ojos somnolientos se retiró el flequillo de la cara y preguntó:
—¿Qué quieres a cambio de ese rico y calentito café?
—Mmm… para empezar, ¿qué tal un beso de buenos días?
—¡Genial!
—Pero no uno cualquiera —insistió él—. Debe ser uno de esos que gusta recibir cuando uno llega destrozado de trabajar y…
Sin darle tiempo a decir nada más, ella saltó de la cama y corrió en dirección al baño dejándole solo. ¿Qué había ocurrido? Boquiabierto se incorporó, fue hasta el baño y la encontró lavándose los dientes.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó sorprendido.
Al escucharle ella levantó un dedo a pidiéndole que esperara y cuando acabó y se limpió la boca con la toalla dijo sorprendiéndole:
—No pretenderías que te besara con los dientes sucios ¿no?
Dicho esto volvió corriendo de nuevo a la cama, se tumbó como estaba y dijo ante un desconcertado Juan:
—¿Dónde nos habíamos quedado?
Divertido por las cosas que hacia se tumbó de nuevo junio a ella y acercándose peligrosamente a su boca susurró, al oler el fresco sabor de la pasta de dientes.
—Creo que ibas a besarme.
Dicho y hecho. Noelia le echó los brazos al cuello y tomando su boca con auténtica adoración le besó. Durante unos segundos degustó el sabor salado y masculino de él, mientras notaba cómo aquellas manos grandes subían tentadoramente por el interior de la camiseta negra de Armani con la que dormía.
—Estaba deseando volver a tenerte así, canija —susurró poniéndole la carne de gallina.
Ella suspiró encantada. A sus treinta años había disfrutado del sexo, pero nunca, ningún hombre, había provocado aquella candorosa sensación. De pronto él cerró sus manos alrededor de sus costillas y eso le provocó una sonora carcajada.
—No… cosquillas no, por favorrrrrrrrrrrrr.
Cautivado por aquello, en especial al ver como ella se movía desconsoladamente entre sus manos, murmuró haciéndola reír con más fuerza:
—Por el amor de Diorrrrrrrrr —dijo él parodiando a Tomi—. ¿Tienes cosquillas?
Jadeando para tomar aire ella, asintió y él continuó cosquilleando la zona mientras ella se revolvía como una loca y reía a grandes carcajadas. Estuvieron así unos segundos hasta que finalmente y sin poder evitarlo dejó caer su peso sobre e1 de ella y la besó. La camiseta negra de Armani voló por los aires y la ropa de él, segundos después, siguió el mismo itinerario. Excitados entre beso y beso por el tórrido momento, ella abrió sus piernas y él, sabedor de lo que quería, sacó un preservativo de la masilla, lo abrió y se lo puso. Sin mediar palabra, guió su duro pene hasta el calor que lo enloquecía, y de un empellón que hizo que ambos se estremecieran, lo hundió en Ella.
Enloquecida por el deseo que sentía, clavó sus manos en aquellos poderosos hombros y se arqueó para ir a su encuentro. Meció las caderas borracha de pasión dejándose llevar por el momento. Excitado por la vehemencia en su entrega, Juan se hundió en ella una y otra vez, hasta que la sintió vibrar entre sus manos y escuchó su suspiro de satisfacción al llegar al clímax. Al ver que ella quedaba lasa y satisfecha entre sus brazos, aceleró sus embestidas en busca de su propio placer mientras sentía como a cada segundo, a cada roce, todo su cuerpo se erizaba. Poseerla en su cama y sentirla suya era lo más maravilloso que le había ocurrido nunca y cuando creyó que iba a explotar de placer, cayó sobre ella exhausto y feliz.