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No tendría demasiado sentido, señor Markos, reproducir aquí con pelos y señales la escena que se produjo a continuación, tal como me temía. Pero, tantos años después, aún se me encoge el corazón cuando el recuerdo se empeña en aflorar de nuevo. ¿Cómo no se me iba a encoger? Fui yo quien cogió a aquellos dos niños indefensos, entre los que había germinado un amor de lo más puro y elemental, y los separó al uno del otro. Jamás olvidaré el tumulto que se desató de repente. Recuerdo a Pari colgada de mi hombro, presa del pánico, pataleando y chillando «¡Abolá, Abolá!» mientras yo me la llevaba. A Abdulá llamando a su hermana a gritos, enfrentándose a su padre, que le impedía el paso. A Nila con los ojos desorbitados, tapándose la boca con ambas manos, quizá para enmudecer su propio grito. Aquella escena me pesa en la conciencia. Tanto tiempo después, señor Markos, me sigue pesando.

Pari tenía a la sazón casi cuatro años, pero pese a su tierna edad había determinados hábitos en su vida que convenía erradicar. Así, por ejemplo, le enseñaron que no debía llamarme tío Nabi, sino Nabi a secas, y cuando se equivocaba la corregían cariñosamente una y otra vez, yo el primero, hasta que llegó a convencerse de que no nos unía ningún parentesco. Me convertí para ella en Nabi el cocinero y Nabi el chófer. Nila se convirtió en «maman» y el señor Wahdati en «papa». Nila se propuso enseñarle francés, que era la lengua de su madre.

La gélida acogida del señor Wahdati no duró demasiado. Para su propia sorpresa, las desoladas lágrimas de la pequeña, su añoranza, lo desarmaron por completo. Pari no tardó en acompañarnos en nuestros paseos matutinos. El señor Wahdati la acomodaba en una sillita de paseo que se encargaba de empujar por la calle. A veces la sentaba en su regazo al volante del coche y sonreía con benevolencia mientras Pari hacía sonar el claxon. Contrató a un carpintero para que construyera una cama nido con tres cajones, un baúl de madera de arce para los juguetes y un pequeño armario. Hizo que pintaran de amarillo todos los muebles de la habitación de la niña, pues había descubierto que era su color preferido. Y un buen día lo encontré sentado delante del armario, pintando con gran habilidad jirafas y monos de larga cola en las puertas bajo la atenta mirada de Pari. No se me ocurre mejor manera de hacerle entender hasta qué punto mi patrón era un hombre reservado, señor Markos, que explicándole que en todos aquellos años, y pese a que lo había visto dibujando en incontables ocasiones, hasta entonces nunca se me había permitido contemplar una de sus creaciones.

Uno de los efectos de la llegada de Pari fue que, por primera vez, los Wahdati parecían una familia de verdad. Unidos por el afecto hacia la pequeña, Nila y su marido comían ahora siempre juntos. Acompañaban a Pari a un parque cercano y se sentaban en un banco para verla jugar, complacidos. Cuando les servía el té por la noche, después de haber recogido la mesa, a menudo encontraba a uno de los dos con la niña recostada en su regazo, leyéndole un cuento. Cada día que pasaba, Pari se acordaba un poco menos de su vida en Shadbagh y de las personas que la habían poblado.

No acerté a prever la segunda consecuencia de la llegada de Pari, que no fue otra que relegarme a un segundo plano. No me juzgue con demasiada dureza, señor Markos, y recuerde que era un hombre joven, pero reconozco que me había hecho ilusiones, por vanas que fueran. Al fin y al cabo, yo era el instrumento a través del cual Nila había sido madre. Había descubierto la fuente de su desdicha y le había ofrecido un antídoto. ¿Acaso creía que eso me convertiría en su amante? Quisiera poder decir que no era tan insensato, señor Markos, pero sería faltar a la verdad. Sospecho que, en el fondo, lo que todos esperamos, contra todo pronóstico, es que nos suceda algo extraordinario.

Lo que no había imaginado era que mi presencia se diluiría de un modo tan evidente. Ahora Pari consumía todo el tiempo de Nila, entre lecciones, juegos, siestas, paseos y más juegos. Nuestras charlas diarias se veían aplazadas una y otra vez. Cuando estaban jugando las dos con los bloques de construcción o completando un rompecabezas, Nila apenas se percataba de que le había llevado una taza de café, o que seguía estando en la habitación, a la espera de una palabra suya. Cuando por fin lograba hablar con ella, parecía distraída, siempre deseosa de poner fin a la conversación. En el coche, viajaba con gesto ausente. Me avergüenza confesarlo, pero aquello hizo que sintiera una punzada de rencor hacia mi sobrina.

Como parte del acuerdo con los Wahdati, la familia de Pari no podía visitarla. No les estaba permitida ninguna forma de contacto con la niña. Un día, poco después de que Pari se instalara en casa de los Wahdati, fui a Shadbagh a llevar unos pequeños regalos para Abdulá y el hijo de mi hermana, Iqbal, que para entonces ya caminaba.

—Has entregado los regalos —me espetó Sabur sin ambages—. Es hora de que te vayas.

Le dije que no entendía por qué me recibía con tanta frialdad y me trataba de un modo tan hostil.

—Sí que lo entiendes —replicó—. Y no hace falta que sigas viniendo a vernos.

Tenía razón. Sí que lo entendía. La relación entre nosotros se había enfriado. Mi visita había generado incomodidad, tensión, incluso hostilidad. Ya no podíamos sentarnos juntos, compartir un té y charlar sobre el tiempo o la vendimia. Sabur y yo fingíamos una normalidad que había dejado de existir. Al margen de mis motivos, yo era al fin y al cabo el instrumento de la ruptura de su familia. Sabur no quería volver a verme, y lo entendía. Suspendí mis visitas mensuales. Nunca más vi a ninguno de ellos.

Fue a principios de la primavera de 1955, señor Markos, cuando las vidas de quienes vivíamos en la casa cambiaron para siempre. Recuerdo que llovía. No era la clase de aguacero torrencial que hace croar las ranas, sino una llovizna indecisa que había ido y venido a lo largo de toda la mañana. Lo recuerdo porque el jardinero, Zahid, estaba allí, tan vago como siempre, apoyado en un rastrillo y diciendo que, si el tiempo seguía así, más le valía recoger los aperos. Yo estaba a punto de retirarme a mi casucha, aunque sólo fuera para no tener que oír sus sandeces, cuando oí a Nila llamándome a gritos desde la casa.

Crucé el jardín a la carrera. Su voz llegaba desde arriba, parecía que del dormitorio principal.

La encontré en un rincón, con la espalda contra la pared, tapándose la boca con una mano.

—¡Le pasa algo! —dijo sin retirar la mano.

El señor Wahdati estaba sentado en la cama, en camiseta interior, haciendo extraños sonidos guturales. Tenía el rostro pálido y demacrado, el pelo alborotado. Intentaba una y otra vez hacer algún movimiento con la mano derecha, en vano, y advertí con horror que le colgaba un hilo de baba por la comisura de los labios.

—¡Nabi! ¡Haz algo!

Pari, que para entonces tenía seis años, había entrado en la habitación. Se acercó presurosa a la cabecera de la cama del señor Wahdati y le tiró de la camiseta interior:

—¿Papá? ¿Papá?

Él la miró con ojos desorbitados, boqueando como un pez fuera del agua. La niña gritó.

Yo la cogí rápidamente y se la acerqué a Nila. Le dije que se la llevara a otra habitación, que no debía ver a su padre en semejante estado. Nila parpadeó repetidamente, como si saliera de un trance. Me miró a mí, luego a Pari, y finalmente alargó los brazos hacia la niña. No cesaba de preguntarme qué le pasaba a su marido. No cesaba de decirme que tenía que hacer algo.