E.B.: Su padre estaría preocupado...
N.W.: Todo lo contrario. Aquello lo animó. Creía que el hecho de haberme enfrentado a mi propia mortalidad había servido para sacudirme de golpe la inmadurez y la rebeldía adolescente. No comprendía que me sentía perdida. He leído, monsieur Boustouler, que, si eres víctima de una avalancha, cuando estás sepultado bajo la nieve pierdes por completo el sentido de la orientación; sientes el impulso de abrirte paso hacia la superficie, pero si te equivocas de dirección, lo único que consigues es cavar tu propia sepultura. Así me sentía yo, desorientada, sumida en la confusión, sin norte. Profundamente deprimida, también. En semejante estado, una es vulnerable. Lo que seguramente explica que al año siguiente, 1949, cuando Suleimán Wahdati vino a pedir mi mano, dijera que sí.
E.B.: Tenía usted veinte años.
N.W.: A diferencia de él.
Nila Wahdati me ofrece otro sándwich, que rehúso, y una taza de café que sí acepto. Mientras pone el agua al fuego, me pregunta si estoy casado. Le contesto que no, y que dudo que llegue a estarlo nunca. Se vuelve a medias, me observa unos instantes y luego sonríe.
N.W.: Ah. Por lo general acierto.
E.B.: ¡Sorpresa!
N.W.: Tal vez sea por la conmoción cerebral.
Señala el pañuelo que lleva en la cabeza.
N.W.: Esto de aquí no es una concesión a la moda. Hace un par de días resbalé, caí y me abrí la frente. Aun así, debería haberlo intuido. Lo suyo, quiero decir. Sé por experiencia que los hombres que comprenden bien a las mujeres, como usted, rara vez parecen dispuestos a tener nada que ver con ellas.
Me sirve el café, enciende un cigarrillo y se sienta.
N.W.: Tengo una teoría sobre el matrimonio, monsieur Boustouler. Y es que, casi siempre, en cuestión de dos semanas uno sabe si va a funcionar o no. Es asombroso que tanta gente siga encadenada al otro durante años, décadas incluso, en un prologando y mutuo estado de autoengaño y falsas esperanzas cuando en realidad conocen la respuesta desde esas primeras semanas. Yo ni siquiera necesité tanto tiempo. Mi marido era un hombre decente. Pero también distante, insulso y demasiado serio. Además, estaba enamorado del chófer.
E.B.: Ah. Eso debió de ser un golpe duro.
N.W.: Bueno, digamos que era la gota que colmaba el vaso.
Nila Wahdati esboza una sonrisa amarga.
N.W.: Más que nada, me daba lástima. No podía haber nacido en peor tiempo o lugar. Murió de un infarto cerebral cuando nuestra hija tenía seis años. Entonces podía haberme quedado en Kabul. Tenía la casa y la fortuna de mi marido, además de un jardinero y el mencionado chófer. Habría llevado una vida cómoda. Pero hice las maletas y me vine a Francia con Pari.
E.B.: Lo que, como ha dicho antes, hizo por su bien.
N.W.: Todo lo que he hecho, monsieur Boustouler, lo he hecho por mi hija. Aunque ella no lo entienda ni sepa apreciarlo en su justa medida. Puede llegar a ser desconsiderada hasta límites insospechados, esta hija mía. Si sólo supiera... Si supiera la clase de vida que le hubiese tocado vivir de no ser por mí...
E.B.: ¿Ha supuesto su hija una decepción para usted?
N.W.: Monsieur Boustouler, he llegado a creer que es mi castigo.
Un día de 1975, Pari llega a su nuevo piso y encuentra un pequeño paquete sobre la cama. Ha pasado un año desde la noche que recogió a su madre en una habitación de Urgencias, y nueve meses desde que dejó a Julien. Ahora vive con una estudiante de Enfermería llamada Zahia, una joven argelina de pelo castaño rizado y ojos verdes. Es una chica resuelta, de temperamento alegre y desenfadado, y la convivencia ha sido fácil, aunque Zahia acaba de prometerse con su novio, Sami, y se irá a vivir con él cuando termine el semestre.
Hay una nota doblada junto al paquete. «Ha llegado esto para ti. Voy a pasar la noche en casa de Sami. Nos vemos mañana. Je t’embrasse. Zahia.»
Pari rasga el envoltorio del paquete. Dentro hay una revista y, sujeta con un clip, otra nota manuscrita con una caligrafía familiar, de una elegancia casi femenina. «Esto fue enviado a Nila, y luego remitido a la pareja que vive en el antiguo piso de Collette, que me lo hizo llegar a mí. Deberías actualizar tu dirección de correo. Allá tú si decides leerlo. Me temo que ninguno de nosotros sale muy bien parado. Julien.»
Pari deja caer la revista en la cama y se prepara una ensalada de espinacas y un poco de cuscús. Se pone el pijama y come delante de la tele, un pequeño aparato en blanco y negro de alquiler. Mira distraídamente las imágenes de los refugiados survietnamitas evacuados en avión a su llegada a Guam. Piensa en Collette, que se había manifestado en las calles contra la intervención estadounidense en Vietnam, que había llevado una corona de dalias y margaritas al funeral de maman, que la había abrazado y besado a ella, Pari, que había recitado con exquisita sensibilidad uno de los poemas de Nila.
Julien no había acudido al sepelio. Había llamado para decir, sin demasiada convicción, que no le gustaban los funerales. Que le parecían deprimentes.
«A quién no», había contestado Pari.
«Creo que será mejor que me mantenga al margen.»
«Haz lo que quieras —había dicho Pari, mientras pensaba—, pero tu ausencia no te absolverá. Como tampoco mi presencia me absolverá a mí. De lo irresponsables que fuimos. Y lo desconsiderados. Dios mío». Pari había colgado sabiendo que su aventura con Julien había supuesto el empujón final para maman. Había colgado sabiendo que, hasta el último de sus días, la culpa, los terribles remordimientos, se le echarían encima en cualquier momento, pillándola desprevenida y causándole un dolor atroz. Tendría que acostumbrarse a combatirlos, ahora y siempre. Sería como tener un grifo que goteara sin cesar en algún rincón de su mente.
Después de cenar, se da un baño y repasa los apuntes para un examen. Ve un poco más la tele, lava y seca los platos, barre el suelo de la cocina. Pero de nada sirve. No puede dejar de pensar en ello. La revista descansa sobre la cama, llamándola como un zumbido de baja frecuencia.
Después, se pone la gabardina encima del pijama y sale a dar un paseo por el boulevard de la Chapelle, unas pocas manzanas al sur del piso. Sopla un aire gélido y la lluvia azota la acera y los escaparates, pero el piso no puede contener su agitación en ese momento. Necesita el aire frío y húmedo, los espacios abiertos.
De pequeña, recuerda Pari, era toda preguntas. «¿Tengo primos en Kabul, maman? ¿Tengo tías y tíos? ¿Y abuelos, tengo un grandpère y una grandmaman? ¿Cómo es que nunca vienen a vernos? ¿Podemos mandarles una carta? ¿Podemos ir a visitarlos, por favor?»
La mayor parte de las preguntas giraban en torno a su padre. «¿Cuál era su color preferido, maman?», «Dime, maman, ¿era un buen nadador?», «¿Sabía muchos chistes?». Lo recuerda correteando tras ella por la habitación, haciéndola rodar sobre una alfombra, haciéndole cosquillas en las plantas de los pies y la barriga. Recuerda el olor de su jabón de lavanda, el brillo de la ancha frente, los dedos largos. Los gemelos ovalados de lapislázuli, el pliegue de los pantalones. Alcanza a ver las motas de polvo que levantaban los dos saltando sobre la alfombra.