Lo que Pari siempre había esperado de su madre era el factor aglutinador que le permitiera unir los jirones sueltos, inconexos, de sus recuerdos para convertirlos en una suerte de relato coherente. Pero maman nunca decía gran cosa. Siempre retenía detalles de la vida de Pari, y de la que ambas habían compartido en Kabul. La mantenía al margen de su pasado común, hasta que al final Pari dejó de preguntar.
Y ahora resultaba que maman le había contado a un periodista, a ese tal Étienne Boustouler, más acerca de sí misma y de su vida de lo que nunca reveló a su propia hija.
O quizá no.
Pari ha leído la entrevista tres veces antes de salir a la calle. Y ahora no sabe qué pensar, qué creer. Mucho de todo eso le suena a falso. Una parte podría interpretarse incluso como una parodia. Un escabroso melodrama de bellezas encarceladas y romances condenados al fracaso y un ambiente opresivo, todo ello narrado de modo vívido y trepidante.
Pari se dirige al oeste, hacia Pigalle, caminando a paso ligero, con las manos en los bolsillos de la gabardina. El cielo se oscurece rápidamente y el chaparrón que le fustiga el rostro, ahora más intenso y regular, repiquetea en las ventanas y desdibuja los faros de los coches. Pari no recuerda haber visto nunca a ese hombre, a su abuelo, el padre de maman, a no ser en la fotografía en que sale leyendo sentado al escritorio, pero duda de que fuera el villano de bigotes retorcidos que maman describe en la entrevista. Pari cree poder leer entre líneas. Tiene su propia teoría. En su versión de la historia, él aparece como un hombre preocupado, y con razón, por el bienestar de una hija profundamente desgraciada y autodestructiva que no puede evitar poner patas arriba su propia vida. Un hombre que, pese a encajar incontables humillaciones y ataques a su dignidad, no abandona a su hija, la acompaña a la India cuando cae enferma, permanece seis semanas a su lado. Por cierto, ¿qué tenía exactamente maman? ¿Qué le hicieron en la India?, se pregunta Pari, pensando en la cicatriz vertical de su vientre. Se lo había preguntado a Zahia y ésta le había dicho que la incisión de la cesárea era horizontal.
Y luego estaba lo que maman había revelado al entrevistador acerca de su marido, el padre de Pari. ¿Sería una calumnia? ¿Sería verdad que estaba enamorado de Nabi, el chófer? Y si era cierto, ¿por qué desvelar algo así ahora, después de todo ese tiempo, salvo para confundir, humillar y quizá hacer daño? Y en tal caso, ¿a quién?
En lo tocante a su persona, no la sorprendía que maman se refiriera a ella en términos poco halagüeños —no después de lo de Julien—, como tampoco la sorprendió la versión selectiva, aséptica, que daba de su propia experiencia como madre.
¿Mentiras?
Y sin embargo...
Maman era una escritora de gran talento. Pari ha leído cada palabra de las que escribió en francés y también cada poema de los que tradujo del farsi. La fuerza y la belleza de su escritura son innegables. Sin embargo, si la versión de su vida que dio en la entrevista era falsa, ¿de dónde salían los pensamientos e imágenes que poblaban su obra? ¿Dónde estaba el manantial del que brotaban todas aquellas palabras sinceras, hermosas, brutales y tristes? ¿O era sólo una embaucadora con un don? ¿Una prestidigitadora que, usando la pluma a modo de varita mágica, era capaz de conmover a sus lectores evocando emociones que jamás había experimentado en carne propia? ¿Era eso posible, siquiera?
Pari no lo sabe. No lo sabe. Y quizá fuera ése el verdadero objetivo de maman, hacer temblar el suelo bajo sus pies. Desestabilizarla y tumbarla, convertirla en una extraña para sí misma, sembrar la duda en su mente, poner en entredicho todo aquello que Pari creía saber acerca de su existencia, hacer que se sintiera perdida como si vagara por el desierto de noche, sumida en la oscuridad y la ignorancia, en pos de una verdad esquiva, un único y diminuto destello de luz que titilaba a lo lejos, ahora visible, ahora no, alejándose sin remedio.
A lo mejor, piensa Pari, ha sido su modo de vengarse. No sólo por lo de Julien, sino también por la decepción que Pari siempre fue para ella. Su hija, en la que quizá había depositado la esperanza de poner fin a la bebida, a los hombres, a los años derrochados buscando la felicidad con desesperada avidez. A todas las quimeras que había perseguido y abandonado. Cada nuevo revés dejaba a maman más maltrecha, más perdida, y convertía la felicidad en algo más ilusorio. «¿Qué fui yo, maman? —se pregunta Pari—. ¿Qué esperabas que fuera mientras crecía en tu seno, suponiendo incluso que fuera concebida en él? ¿Una semilla de esperanza? ¿Un billete para zarpar, para dejar atrás las tinieblas? ¿Un parche para ese agujero que tenías en el corazón? Si así fue, no era suficiente. Ni por asomo. Yo no era un bálsamo para tu dolor, sino otro callejón sin salida, otra carga, y no debiste de tardar en percatarte de ello. Debiste verlo venir. Pero ¿qué ibas a hacer? No podías ir a la casa de empeños y venderme.»
Quizá aquella entrevista fue su forma de tener la última palabra.
Pari se guarece de la lluvia bajo el toldo de una brasserie que queda a escasas manzanas del hospital en el que Zahia hace una parte de las prácticas. Enciende un cigarrillo. Debería llamar a Collette, piensa. No han vuelto a hablar más que un par de veces desde el funeral. De niñas, solían llenarse la boca de chicles, que mascaban hasta que les dolían las mandíbulas y, sentadas ante el espejo del tocador de maman, se peinaban la una a la otra y se recogían el pelo. Pari ve a una anciana al otro lado de la calle. Lleva una capellina de plástico en la cabeza y avanza con dificultad por la acera, seguida por un pequeño terrier color canela. No es la primera vez que ocurre: una nubecilla se desgaja de la niebla colectiva de los recuerdos de Pari y, poco a poco, va tomando la forma de un perro. No un perrito de juguete como el de la anciana, sino un animal grande y feroz, de pelaje lanudo y sucio, con la cola y las orejas cortadas. No sabe con seguridad si se trata de un recuerdo real, el fantasma de un recuerdo o ninguna de ambas cosas. En cierta ocasión le preguntó a maman si tenían un perro en Kabul, a lo que ésta contestó: «Sabes que no me gustan los perros. Carecen de autoestima. Les das patadas y siguen queriéndote. Es deprimente.»
Maman dijo algo más.
«No me veo en ti. No sé quién eres.»
Pari arroja el cigarrillo al suelo. Decide llamar a Collette. Planea quedar con ella en algún sitio para tomar un té. Preguntarle qué tal le va. Con quién está saliendo. Ir de escaparates, como solían hacer.
Averiguar si su vieja amiga sigue dispuesta a hacer ese viaje a Afganistán.
Y, en efecto, Pari queda con Collette. Se dan cita en un conocido bar de ambientación marroquí, con tapicerías violeta y cojines naranja esparcidos por doquier y un músico de pelo ensortijado tocando el laúd árabe sobre un pequeño escenario. Collette no ha venido sola. Ha traído consigo a un joven llamado Eric Lacombe que enseña arte dramático a los estudiantes de séptimo y octavo curso en un liceo del XVIII arrondissement. Éste le comenta a Pari que en realidad se conocen desde hace unos años, pues habían coincidido en una protesta estudiantil contra la matanza de focas. En un primer momento Pari no lo sitúa, pero luego recuerda que fue con quien Collette montó en cólera por el escaso seguimiento de la manifestación, fue su pecho el que aporreó con los puños. Se sientan en el suelo, sobre mullidos cojines color azafrán, y piden algo de beber. Al principio, Pari tiene la impresión de que Collette y Eric son pareja, pero ésta se deshace en halagos hacia él, y Pari no tarda en comprender que está ejerciendo de celestina. La incomodidad que por lo general se apoderaría de ella en semejante trance halla su fiel reflejo en —y se ve mitigada por— la considerable desazón del propio Eric. A Pari le parece divertido, entrañable incluso, que se ruborice una y otra vez y niegue con la cabeza, como disculpándose, muerto de vergüenza. Mientras comen pan con paté de olivas, Pari lo mira de reojo. No puede decirse que sea guapo. Lleva el pelo, lacio y sin vida, recogido en la nuca con una goma elástica. Tiene manos pequeñas y tez pálida, nariz demasiado afilada, frente demasiado protuberante, barbilla casi inexistente, pero cuando sonríe se le ilumina la mirada y tiene la costumbre de rematar cada frase con una sonrisa expectante, como un alegre e invisible signo de interrogación. Y si bien su rostro no cautiva a Pari como el de Julien, sus facciones son mucho más amables, la manifestación externa de la reservada paciencia, la consideración y la inquebrantable integridad de Eric, como ella no tardará en descubrir.