—Seguro que habríamos sido buenas amigas, ella y yo. ¿No crees? Habríamos leído los mismos libros. Yo habría tocado el violonchelo para ella.
—Le habría encantado —dice Pari—. De eso estoy segura.
No les ha contado a sus hijos lo del suicidio. Puede que algún día se enteren, es probable que así sea. Pero no por ella. Se niega a sembrar en su mente la idea de que un padre es capaz de abandonar a sus hijos, de decirles «No tengo bastante contigo». Pari siempre ha tenido bastante con Eric y los niños. Y siempre será así.
En el verano de 1994, Pari, Eric y los niños van a Mallorca. Es Collette quien les organiza las vacaciones a través de su agencia de viajes, ahora un próspero negocio. Collette y Didier se reúnen con ellos en la isla, y pasan dos semanas juntos en una casa a pie de playa. Collette y Didier no tienen hijos, no a causa de ningún impedimento fisiológico, sino sencillamente porque no quieren. Para Pari, las vacaciones llegan en un buen momento. Tiene el reuma bajo control. Toma una dosis semanal de metotrexato, que tolera bien. Por suerte, últimamente no ha tenido que recurrir a los esteroides ni sufrir el insomnio que provocan.
—Por no hablar del sobrepeso —le cuenta a Collette—. ¡Y más sabiendo que tendría que meterme en un bañador al llegar a España! —añade entre risas—. Ah, la vanidad...
Pasan los días visitando la isla, recorriendo la escarpada costa noroeste por la Serra de Tramuntana, deteniéndose a pasear entre olivos y pinares. Comen porcella y un delicioso plato de lubina, y un guiso de berenjena y calabacín conocido como tumbet. Thierry se niega a probarlo, y en cada nuevo restaurante Pari tiene que pedirle al cocinero que le prepare un plato de espagueti con salsa de tomate a secas, sin carne ni queso. Una noche, a petición de Isabelle, que ha descubierto la ópera recientemente, asisten a una producción de la Tosca, de Giacomo Puccini. Para sobrevivir a tan dura prueba, Collette y Pari se pasan disimuladamente una petaca de vodka barato. Mediado el segundo acto, están borrachas como cubas y no pueden evitar que se les escape la risa, como dos colegialas, ante los gestos histriónicos del actor que interpreta a Scarpia.
Un día, Pari, Collette, Isabelle y Thierry preparan un picnic y se van a la playa. Didier, Alain y Eric han salido por la mañana para hacer una excursión a la bahía de Sóller. De camino a la playa, entran en una tienda para comprarle a Isabelle un traje de baño del que se ha encaprichado. Al entrar en el establecimiento, Pari mira de reojo su propio reflejo en el cristal del escaparate. Por lo general, sobre todo desde hace algún tiempo, cuando se planta delante de un espejo se desencadena un proceso mental automático que la prepara para saludar a la versión avejentada de sí misma. Se lo pone más fácil, amortigua el golpe. Pero en esta ocasión se ha pillado desprevenida, vulnerable a la realidad no distorsionada por el autoengaño. Ve a una mujer de mediana edad ataviada con un anodino blusón y un pareo que no acaba de ocultar los pliegues de piel flácida que le cuelgan por encima de las rótulas. El sol le resalta las canas, y pese a la raya en los ojos y al pintalabios, que endurece el contorno de la boca, su rostro ha pasado a engrosar la lista de objetos en los que no se detienen las miradas, como ocurriría con un letrero o un buzón. El momento es fugaz, apenas dura lo bastante para que se le altere el pulso, pero lo suficiente para que su ser ilusorio se enfrente a la mujer real que le devuelve la mirada desde el escaparate. Resulta un poco demoledor. En esto consiste hacerse mayor, piensa, mientras sigue a Isabelle al interior de la tienda, en esos fogonazos despiadados y aleatorios que te pillan con la guardia baja.
Más tarde, cuando vuelven de la playa a la casa de alquiler, descubren que los hombres se les han adelantado.
—Papá se está haciendo mayor —sentencia Alain.
A su espalda, Eric, que remueve una jarra de sangría, pone los ojos en blanco y se encoge de hombros con una sonrisa.
—Ya me veía llevándote a cuestas, papá.
—Dame un añito. Volveremos el año que viene y te echaré una carrera alrededor de la isla, mon pote.
Pero nunca vuelven a Mallorca. Una semana después de su regreso a París, Eric sufre un ataque al corazón. Sucede mientras está trabajando, dándole indicaciones a un tramoyista. Sobrevive, pero tendrá dos infartos más a lo largo de los siguientes tres años, el último de los cuales resultará fatal. Y así, a la edad de cuarenta y ocho años, Pari se queda viuda, tal como le sucedió a maman.
Un día, a principios de la primavera de 2010, Pari recibe una llamada de larga distancia. No se trata de algo inesperado. De hecho, lleva toda la mañana preparándose para ese momento. Se ha asegurado de tener el piso para ella sola, aunque haya tenido que pedirle a Isabelle que se marchara antes de lo habitual. Su marido, Albert, y ella viven justo por encima de Île Saint-Denis, a sólo unas manzanas del apartamento de Pari. Isabelle va a verla por las mañanas, día sí, día no, a lo largo de la semana, después de dejar a los niños en la escuela. Le lleva una baguette, algo de fruta fresca. Pari aún no se ha visto confinada a la silla de ruedas, pero es algo para lo que va mentalizándose. Aunque la enfermedad la ha obligado a jubilarse anticipadamente el año anterior, sigue siendo muy capaz de ir al mercado por su cuenta, de dar un paseo diario. Son las manos, esas manos feas y sarmentosas, lo que más le falla, esas manos que en los peores días parecen tener esquirlas de cristal cascabeleando en torno a las articulaciones. Pari se pone guantes siempre que sale, para mantener las manos calientes, pero sobre todo para no tener que enseñar los nudillos huesudos, los dedos combados por lo que su médico llama «deformidad en cuello de cisne», el meñique izquierdo siempre flexionado.
«Ah, la vanidad...», le dice a Collette.
Esa mañana, Isabelle le ha traído unos higos, varias pastillas de jabón, pasta de dientes y un tupper repleto de crema de castañas. Albert está pensando en sugerirla como nuevo entrante a los propietarios del restaurante en el que trabaja como segundo jefe de cocina. Mientras vacía las bolsas, Isabelle le habla del encargo que acaba de conseguir. Últimamente se dedica a componer partituras musicales para programas televisivos y anuncios, y espera poder hacerlo para el cine en un futuro cercano. Dice que empezará a componer la música de una miniserie que se está rodando en Madrid.
—¿Y vas a ir? —le pregunta Pari—, ¿a Madrid?
—Non. No tienen presupuesto. No pueden pagarme los gastos de desplazamiento.
—Qué lástima. Podrías haberte alojado en casa de Alain.
—¿Te lo imaginas, maman? Pobre Alain. Apenas tiene sitio para estirar las piernas.
Alain es asesor financiero. Vive en un diminuto piso de Madrid con su mujer, que se llama Ana, y sus cuatro hijos. Suele enviarle fotos y breves vídeos de los niños a Pari por correo electrónico.
Pari le pregunta a Isabelle si tiene noticias de Thierry, a lo que ésta responde que no. Thierry está en África, en la zona oriental del Chad, donde trabaja en un campo de refugiados de Darfur. Pari lo sabe porque Thierry mantiene contacto esporádico con Isabelle. Es la única con la que habla, y es a través de ella como se entera a grandes rasgos de lo que sucede en la vida del menor de sus hijos, como por ejemplo que ha pasado algún tiempo en Vietnam o que estuvo brevemente casado con una vietnamita cuando tenía veinte años.
Isabelle pone agua al fuego y saca dos tazas del armario.