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y una noche el viento se la llevó.

Hay otro verso, quizá anterior, está segura, pero también se le escapa.

Pari se sienta. Se ve obligada a hacerlo. No cree que las piernas puedan sostenerla. Espera a que se haga el café, piensa que cuando esté listo se tomará una taza, y luego tal vez fumará un cigarrillo, y después irá a la sala de estar y llamará a Collette a Lyon, y le preguntará a su vieja amiga si puede organizarle un viaje a Kabul.

Pero por ahora Pari sólo se sienta. Cierra los ojos mientras la cafetera empieza a borbotear, y tras sus párpados cerrados descubre colinas de suave contorno, un cielo azul que parece alzarse hasta el infinito, el sol poniéndose detrás de un molino de viento, y siempre, siempre, el perfil brumoso de las montañas que se persiguen sobre el horizonte hasta perderse de vista. 

7

Verano de 2009

—Tu padre es un gran hombre.

Adel levanta los ojos. Quien se había inclinado para susurrarle estas palabras al oído era Malalai, la maestra, una rolliza mujer de mediana edad. Llevaba sobre los hombros un chal violeta con cuentas bordadas y le sonreía con los ojos cerrados.

—Y tú eres un muchacho afortunado.

—Lo sé —contestó él, también en susurros.

«Bien», repuso ella, articulando la palabra en silencio.

Estaban al pie de los escalones de entrada de la nueva escuela para niñas de la aldea, una construcción rectangular, pintada de verde claro, con cubierta plana y amplios ventanales, mientras el padre de Adel, su baba yan, pronunciaba una breve oración seguida de un encendido discurso. Ante él, al sol abrasador del mediodía, se había congregado un gran número de niños, adultos y ancianos con los ojos entornados, un centenar de vecinos, aproximadamente, de la pequeña aldea de Shadbagh-e-Nau, «Nueva Shadbagh».

—Afganistán es la madre de todos nosotros —proclamó el padre de Adel, alzando un grueso índice al cielo. Su anillo de ágata refulgió al sol—. Pero es una madre enferma, y lleva mucho tiempo sufriendo. Es cierto que una madre necesita a sus hijos para recuperarse, sí, pero también necesita a sus hijas, ¡tanto o más que a aquéllos!

Sus palabras arrancaron una sonora salva de aplausos, vivas y gritos de aprobación. Adel escrutó los rostros de la multitud. Parecían embelesados mirando a su padre, a baba yan, que con sus hirsutas cejas negras y su poblada barba se erguía como una montaña por encima de ellos, tan alto y fornido que parecía cubrir la puerta de la escuela que tenía a su espalda.

Su padre retomó la palabra, y la mirada de Adel se cruzó con la de Kabir, uno de los dos guardaespaldas de baba yan, que permanecía impasible al lado de éste, kalashnikov en mano. Adel vio la multitud reflejada en sus gafas de sol de aviador. Kabir era corto de estatura, delgado, casi frágil, y siempre llevaba trajes de colores llamativos —lavanda, turquesa, naranja—, pero baba yan decía que era un halcón, y que subestimar a Kabir era un error que se pagaba caro.

—Y por eso os digo, jóvenes hijas de Afganistán —concluyó baba yan, abriendo los largos y robustos brazos en un amplio gesto de bienvenida—, que tenéis un deber solemne. El deber de aprender, de aplicaros, de sobresalir en los estudios, de llenar de orgullo no sólo a vuestros padres, sino también a la madre que todos compartimos. Su futuro está en vuestras manos, no en las mías. Os pido que no penséis en esta escuela como un regalo que os hago yo. Es tan sólo un edificio que alberga el verdadero regalo, que no es otro que vosotras. ¡Vosotras sois el regalo, jóvenes hermanas, un regalo que no es sólo para mí o para la comunidad de Shadbagh-e-Nau, sino, por encima de todo, para Afganistán! Que Dios os bendiga.

Hubo una nueva salva de aplausos. Varias personas gritaron «¡Que Dios te bendiga, comandante sahib!». Baba yan alzó el puño en el aire, sonriendo abiertamente, y Adel se sintió tan orgulloso de su padre que casi se le saltaron las lágrimas.

La maestra, Malalai, le dio unas tijeras a baba yan. Alguien había tendido una cinta roja a la entrada de la escuela. La multitud se había ido acercando poco a poco para ver mejor la ceremonia, pero Kabir les ordenó por señas que retrocedieran y empujó a un par de hombres de un manotazo en el pecho. Aquí y allá, varias manos sobresalieron entre aquel mar de gente empuñando teléfonos móviles para inmortalizar en vídeo el momento en que se cortaba la cinta. Baba yan cogió las tijeras, hizo una pausa, se volvió hacia Adel y dijo:

—Ten, hijo. Haz tú los honores.

Y le ofreció las tijeras.

—¿Yo? —preguntó el chico, sin salir de su asombro.

—Adelante —lo animó baba yan, guiñándole un ojo.

Adel cortó la cinta. Hubo un largo aplauso. Adel oyó los disparos de varias cámaras fotográficas, las voces que gritaban «Alá-u-akbar!».

Entonces baba yan se apostó junto a la puerta mientras las alumnas se colocaban en fila india y entraban en la escuela de una en una. Eran muchachas de entre ocho y quince años, todas tocadas con pañuelos blancos y ataviadas con los uniformes de fina raya blanca y gris que baba yan les había regalado. Adel las observó mientras cada una de ellas se presentaba tímidamente al entrar. Baba yan les sonreía con gesto afectuoso, les daba palmaditas en la cabeza y les dedicaba alguna palabra de ánimo.

—Te deseo suerte, bibi Mariam. Estudia mucho, bibi Homaira. Haz que nos sintamos orgullosos de ti, bibi Ilham.

Más tarde, junto al todoterreno negro, Adel permaneció cerca de su padre, que había empezado a sudar a causa del calor, y vio cómo estrechaba la mano a los lugareños. Baba yan acariciaba una cuenta de su rosario con la mano libre mientras los escuchaba con paciencia, inclinándose un poco hacia delante con el cejo fruncido, asintiendo, atento a cada persona, hombre o mujer, que se le acercaba para dar las gracias, ofrecer sus oraciones, presentar sus respetos. Muchos de ellos aprovechaban la ocasión para pedirle algún favor. Una madre cuyo hijo enfermo debía acudir a un cirujano en Kabul, un hombre que solicitaba un préstamo para emprender un negocio de reparación de calzado, un mecánico que necesitaba un nuevo juego de herramientas.

—Comandante sahib, si fuera usted tan amable...

—No tengo a nadie más a quien recurrir, comandante sahib.

Adel nunca había oído a nadie excepto los familiares directos dirigirse a baba yan de otro modo que no fuera «comandante sahib», por más que los rusos se hubiesen retirado hacía mucho y baba yan llevara por lo menos una década sin disparar un arma. En casa, las fotos enmarcadas de sus tiempos de yihadista llenaban las paredes del salón. Adel tenía grabada en la mente cada una de aquellas imágenes: su padre apoyado contra el guardabarros de un viejo y polvoriento todoterreno, agachado en la torreta de un carro de combate calcinado, con una cartuchera cruzada sobre el pecho, posando orgulloso con sus hombres junto a un helicóptero que habían derribado. En otra salía rezando con chaleco y bandolera, con la frente apoyada en el suelo del desierto. En aquellos tiempos estaba mucho más delgado, y en aquellas fotos nunca había más telón de fondo que montañas y arena.

Los rusos habían herido a baba jan dos veces en combate. Éste le había enseñado sus cicatrices, una justo por debajo de la caja torácica, en el costado izquierdo, que según decía le había costado el bazo, y otra a escasos milímetros del ombligo. Pero se consideraba un hombre afortunado, dadas las circunstancias. Tenía amigos que habían perdido brazos, piernas, ojos, amigos con el rostro quemado. Lo habían hecho por su patria, afirmaba baba yan, y también por Dios. En eso consistía la yihad, decía. En el sacrificio. Sacrificabas las extremidades, la vista, incluso la vida, y lo hacías de buen grado. La yihad también te otorgaba ciertos derechos y privilegios, decía, porque Dios se encarga de que los más sacrificados reciban su justa recompensa.