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«En esta vida y en la otra», recalcaba baba yan, señalando con el grueso índice, primero hacia abajo, luego hacia arriba.

Al ver aquellas fotos, Adel deseaba haber estado allí para luchar en la yihad junto a su padre y vivir aquellos tiempos aventureros. Le gustaba imaginarse a sí mismo y a baba yan disparando juntos a los helicópteros rusos, volando carros de combate, esquivando las balas, viviendo en las montañas y durmiendo en cuevas. Padre e hijo, héroes de guerra.

Había también una gran fotografía enmarcada en la que baba yan aparecía sonriente al lado del presidente Karzai en Arg, el palacio presidencial de Kabul. Ésta era más reciente, tomada en el transcurso de una breve ceremonia en la que baba yan había sido premiado por su labor humanitaria en Shadbagh-e-Nau. Se había ganado el galardón con creces. La nueva escuela para niñas era tan sólo su último proyecto. Adel sabía que en el pasado era habitual que las mujeres de la aldea murieran dando a luz, pero eso había dejado de ocurrir porque su padre había abierto una gran clínica en la que trabajaban dos médicos y tres comadronas cuyos sueldos pagaba de su propio bolsillo. En ella, todos los habitantes de la aldea recibían atención médica gratuita, y ningún niño de Shadbagh-e-Nau se quedaba sin vacunas. Además, baba yan había enviado a varias cuadrillas en busca de manantiales por todas las poblaciones y les había ordenado excavar pozos. Fue él quien hizo finalmente posible el suministro regular de corriente eléctrica a Shadbagh-e-Nau. Por lo menos una docena de negocios habían empezado gracias a sus préstamos, que, según le había revelado Kabir, rara vez eran devueltos.

Lo que Adel le había dicho a su maestra era cierto. Sabía lo afortunado que era por tener como padre a semejante hombre.

Justo cuando la ronda de apretones de manos llegaba a su fin, Adel vio a un hombre enjuto y menudo acercándose a su padre. Lucía gafas redondas de montura fina, barba corta de pelo entrecano, y tenía unos dientecillos ennegrecidos como puntas de cerilla quemadas. Lo seguía un chico más o menos de la edad de Adel; los dedos gordos de los pies le asomaban por las zapatillas a través de sendos agujeros. Su pelo era una maraña apelmazada y llevaba unos vaqueros acartonados de mugre, que además le iban cortos. En cambio, la camiseta le llegaba casi hasta las rodillas.

Kabir se plantó entre el anciano y baba yan.

—Ya te he dicho que no es buen momento —dijo.

—Sólo quiero hablar un segundo con el comandante —repuso el hombre.

Baba yan cogió a Adel del brazo y lo guió con delicadeza hasta el asiento trasero del todoterreno.

—Vámonos, hijo. Tu madre te está esperando.

Baba yan se acomodó al lado de Adel y cerró la puerta.

Dentro, mientras la ventanilla de cristal ahumado se cerraba, Adel vio que Kabir le decía al anciano algo que no alcanzó a escuchar. Luego el guardaespaldas rodeó el todoterreno por delante, se sentó al volante y dejó el kalashnikov en el asiento contiguo antes de arrancar.

—¿Qué quería? —preguntó Adel.

—Nada importante —contestó Kabir.

Enfilaron la carretera. Algunos chicos que habían asistido a la inauguración corretearon tras el vehículo hasta que éste ganó velocidad y los dejó atrás. Kabir los llevó por la vía principal, atestada de gente, que seccionaba en dos la aldea de Shadbagh-e-Nau, haciendo sonar el claxon una y otra vez mientras maniobraba con dificultad entre la muchedumbre. Todos se apartaban a su paso, y algunos saludaban con la mano. Adel vio las aceras repletas de gente a ambos lados de la calle, y su mirada se posó fugazmente en una sucesión de estampas familiares: las reses colgadas de ganchos en las carnicerías, los herreros que hacían girar las ruedas de madera o bombeaban aire con el fuelle, los mercaderes que ahuyentaban a manotazos las moscas que se posaban en sus uvas y cerezas, un barbero apostado en la acera, en su silla de mimbre, afilando la navaja. Dejaron atrás tiendas de té, puestos de kebab, un taller de coches y una mezquita, hasta que Kabir viró hacia la gran plaza pública de la aldea, en cuyo centro se alzaban una fuente azul y la estatua de casi tres metros de altura, realizada en piedra negra, de un gallardo muyahidín tocado con turbante que portaba un lanzagranadas al hombro. Baba yan se la había encargado personalmente a un escultor de Kabul.

Al norte de la arteria principal se encontraba la zona residencial de la población, unas pocas manzanas compuestas en su mayoría por estrechas calles sin asfaltar y casuchas de cubierta plana pintadas de blanco, amarillo o azul. Algunas tenían antenas parabólicas en el tejado. De las ventanas colgaban banderas de Afganistán. Baba yan le había explicado a Adel que la mayoría de viviendas y comercios de Shadbagh-e-Nau se habían levantado a lo largo de los últimos quince años, y que él había intervenido de uno u otro modo en la construcción de muchos de esos edificios. Buena parte de sus habitantes lo consideraban el fundador de Shadbagh-e-Nau, y Adel sabía que los ancianos del pueblo habían propuesto bautizar la aldea en su honor, pero su padre se había negado.

Desde allí, la carretera principal se extendía hacia el norte a lo largo de tres kilómetros hasta Shadbagh-e-Kohna, la antigua Shadbagh. Adel nunca había visto la aldea tal como había sido décadas atrás, pues cuando baba yan lo había trasladado allí desde Kabul junto con su madre no quedaba apenas rastro de ella. Todas las casas habían desaparecido. La única reliquia del pasado era un viejo y ruinoso molino de viento. En Shadbagh-e-Kohna, Kabir torció a la izquierda desde la carretera y enfiló un amplio camino sin asfaltar. Medio kilómetro más allá se alzaban los gruesos muros de casi cuatro metros de altura de la residencia donde vivían Adel y sus padres, el único edificio que quedaba en pie en Shadbagh-e-Kohna, sin contar el molino de viento. Mientras el todoterreno avanzaba a trompicones por el camino de tierra, Adel avistó los muros blancos, coronados en todo su perímetro por una espiral de alambre de espino.

Un vigilante uniformado que montaba guardia día y noche en el exterior de la residencia los recibió con un saludo militar y abrió la verja. Kabir la franqueó al volante del todoterreno y tomó el sendero de grava que subía hacia la casa cercada de muros.

Era un edificio de tres plantas, rosa fucsia y verde turquesa, con imponentes columnas, aleros rematados en punta y vidrios espejados que centelleaban al sol. Tenía balaustradas, una galería porticada con mosaicos irisados y amplios balcones con sinuosas barandillas de hierro forjado. Disponían de nueve dormitorios y siete cuartos de baño, y a veces, cuando Adel y baba yan jugaban al escondite, aquél deambulaba durante una hora o más hasta dar con su padre. Todas las encimeras de los cuartos de baño y la cocina estaban hechas de granito y mármol verde. Últimamente, para regocijo de Adel, baba yan hablaba de construir una piscina en el sótano.

Kabir detuvo el todoterreno en el paseo circular, frente al majestuoso portón de la casa, y apagó el motor.

—¿Nos concedes un minuto? —dijo baba yan.

Kabir asintió en silencio y se apeó del coche. Adel lo vio subir los escalones de mármol hasta la entrada y llamar al timbre. Fue Azmaray, el otro guardaespaldas, un tipo bajo, fornido y huraño, quien salió a abrir. Los dos hombres intercambiaron unas palabras y luego se quedaron en los escalones, fumando un pitillo.