—¿De verdad tienes que irte? —preguntó Adel.
Su padre iba a partir hacia el sur al día siguiente, para supervisar las plantaciones de Helmand y reunirse con los trabajadores de la fábrica de algodón que había mandado construir allí. Estaría fuera dos semanas, un intervalo de tiempo que a Adel se le antojaba eterno.
Baba yan se volvió hacia él. Ocupaba más de la mitad del asiento, y a su lado el muchacho parecía diminuto.
—Ojalá no tuviera que hacerlo, hijo.
Adel asintió.
—Hoy me he sentido orgulloso de ti, de ser tu hijo.
Baba yan descansó el peso de su gran mano en la rodilla del chico.
—Gracias, Adel. Me alegro de que así sea. Pero si te llevo conmigo es para que aprendas, para que entiendas que es importante que los más afortunados, la gente como nosotros, sepamos estar a la altura de nuestras responsabilidades.
—Ya, pero me gustaría que no tuvieras que pasar tanto tiempo fuera de casa.
—A mí también me gustaría, hijo. A mí también. Pero no me voy hasta mañana. Esta noche estaré en casa.
Adel asintió, bajando los ojos hasta las manos.
—Escucha —empezó su padre con dulzura—. La gente de esta aldea me necesita, necesita mi ayuda para tener un techo bajo el que vivir, un trabajo con el que ganarse el pan. Kabul tiene sus propios problemas, no puede acudir en su auxilio. Si no lo hago yo, nadie lo hará. Y entonces toda esa gente sufriría.
—Lo sé —murmuró Adel.
Baba yan le apretó la rodilla con suavidad.
—Echas de menos Kabul, lo sé, y a tus amigos. Ha sido un cambio difícil para tu madre y para ti. Y también sé que siempre estoy de viaje o reunido y que toda esa gente me absorbe buena parte del tiempo, pero... Mírame, hijo.
Adel levantó los ojos hasta encontrar los de baba yan, que lo miraban con afecto, enmarcados por las hirsutas cejas.
—Nada en el mundo me importa más que tú, Adel. Eres mi hijo. Renunciaría a todo esto por ti sin pensármelo dos veces. Daría la vida por ti, hijo.
Adel asintió con los ojos humedecidos. A veces, cuando baba yan hablaba de ese modo, sentía que se le formaba un nudo en la garganta que se iba estrechando hasta dejarlo casi sin aliento.
—¿Lo entiendes?
—Sí, baba yan.
—¿Me crees?
—Sí.
—Bien. Entonces dale un beso a tu padre.
Adel echó los brazos al cuello de baba yan, y él lo abrazó con fuerza, sin prisa. Adel recordó que, de pequeño, cuando entraba en la habitación de su padre a media noche y le tocaba el hombro, todavía temblando a causa de alguna pesadilla, éste apartaba las mantas y lo dejaba colarse en su cama, y luego lo estrechaba entre sus brazos y le besaba la coronilla hasta que Adel dejaba de temblar y volvía a dormirse.
—A lo mejor te traigo algún regalito de Helmand —dijo baba yan.
—No hace falta —repuso Adel con voz apagada.
Ya tenía más juguetes de los que podía desear, y no había regalo en el mundo que pudiera compensar la ausencia de su padre.
Unas horas después, en mitad de la escalera, Adel observaba a hurtadillas la escena que tenía lugar abajo. Habían llamado al timbre y Kabir había abierto la puerta. Ahora estaba apoyado contra la jamba con los brazos cruzados, impidiendo el paso del visitante. Adel advirtió que era el anciano de antes, en la escuela, el de las gafas y los dientes como cerillas quemadas. El chico de las zapatillas agujereadas también estaba allí, a su lado.
—¿Adónde ha ido? —preguntó el hombre.
—A atender unos negocios —repuso Kabir—, en el sur.
—Creía que se iba mañana.
Kabir se encogió de hombros.
—¿Cuánto tiempo pasará fuera?
—Dos meses, quizá tres. Quién sabe.
—No es eso lo que he oído decir.
—Estás poniendo a prueba mi paciencia, viejo —repuso Kabir descruzando los brazos.
—Lo esperaré.
—No, aquí no.
—Ahí fuera, en la carretera, quiero decir.
Kabir cambió el peso de un pie al otro, impaciente.
—Como quieras. Pero el comandante es un hombre muy ocupado. Es imposible saber cuándo estará de vuelta.
El viejo asintió con la cabeza y se alejó, seguido por el niño.
Kabir cerró la puerta.
Adel apartó la cortina de la ventana del salón y observó al anciano y el niño recorrer el sendero sin asfaltar que conectaba el recinto con la carretera.
—Le has mentido —le dijo a Kabir.
—En parte me pagan para eso. Para proteger a tu padre de los buitres.
—Pero ¿qué quería? ¿Un empleo?
—Algo así.
Kabir fue hasta el sofá y se quitó los zapatos. Alzó la vista hacia el niño y le guiñó un ojo. A Adel le caía bien aquel guardaespaldas, mucho mejor que Azmaray, que era antipático y casi nunca le dirigía la palabra. Kabir jugaba a las cartas con él y lo invitaba a ver películas, pues era un gran aficionado al cine. Tenía una colección de DVD comprados en el mercado negro, y veía diez o doce cada semana, no le importaba si eran iraníes, francesas, americanas o, por supuesto, de Bollywood. Y a veces, si su madre no estaba en la habitación y Adel prometía no contárselo a su padre, Kabir vaciaba el cargador de su kalashnikov y le dejaba empuñarlo, como un muyahidín. En ese momento el arma estaba apoyada contra la pared junto a la puerta de entrada.
Kabir se tendió en el sofá y apoyó los pies en el brazo. Se puso a hojear un periódico.
—Parecían inofensivos —dijo Adel soltando la cortina, y se volvió hacia el guardaespaldas, cuya frente veía asomar del periódico.
—Vaya, quizá debería haberlos invitado a un té —murmuró Kabir—, y servirles un poco de pastel.
—No te burles.
—Todos parecen inofensivos.
—¿Va a ayudarlos baba yan?
—Probablemente —repuso Kabir con un suspiro—. Tu padre es como un río para su pueblo. —Bajó el periódico y sonrió—. ¿De dónde es esa frase? Venga, Adel. La vimos el mes pasado.
Adel se encogió de hombros. Empezó a subir la escalera.
—¡Lawrence! —exclamó Kabir desde el sofá—. Lawrence de Arabia. Anthony Quinn. —Y justo cuando el chico llegaba al último peldaño, añadió—: Son buitres, Adel. No te dejes engañar. A tu padre lo desplumarían si pudieran.
Una mañana, un par de días después de que baba yan se hubiese marchado a Helmand, Adel subió al dormitorio de sus padres, donde retumbaba una música machacona. Entró y encontró a su madre, Aria, en shorts y camiseta delante del gigantesco televisor de pantalla plana, imitando los movimientos de un trío de sudorosas mujeres rubias que saltaban, se ponían en cuclillas, daban patadas y puñetazos al aire. Ella lo vio por el gran espejo del tocador.
—¿Te apuntas? —preguntó jadeante por encima de la música estruendosa.
—Prefiero sentarme —respondió él.
Se dejó caer en la alfombra y observó a su madre moverse de aquí para allá por la habitación saltando como una rana.
La madre de Adel tenía manos y pies delicados, nariz pequeña y respingona y un bonito rostro, como los que salían en las películas de Bollywood de Kabir. Era esbelta, ágil y joven; sólo tenía catorce años cuando se casó con baba yan. Adel tenía otra madre mayor que ella y tres hermanastros mayores, pero baba yan los había instalado en el este, en Jalalabad, y Adel sólo los veía una vez al mes, cuando baba yan lo llevaba de visita. A diferencia de su madre y su madrastra, que se tenían antipatía, Adel se entendía bien con sus hermanastros. Cuando iba a Jalalabad, lo llevaban a los parques, a los bazares, al cine y a torneos de buzkashi. Jugaban con él a Resident Evil y mataban juntos a los zombis en Call of Duty, y siempre lo incluían en su equipo en los partidos de fútbol del barrio. A Adel le habría encantado que vivieran cerca.