Observó a su madre tenderse boca arriba y subir y bajar las piernas rectas con una pelota de plástico azul entre los tobillos.
La verdad era que, en Shadbagh, Adel se moría de aburrimiento. No había hecho un solo amigo en los dos años que llevaban viviendo allí. No podía ir al pueblo en bicicleta; solo no, desde luego, con la oleada de secuestros que había por toda la zona, aunque sí hacía alguna escapada breve, pero sin alejarse del perímetro del recinto. No tenía compañeros de clase porque baba yan no lo dejaba asistir a la escuela del pueblo —por motivos de seguridad, según él—, de modo que todas las mañanas acudía un profesor particular a la casa a darle clases. Adel pasaba la mayor parte del tiempo leyendo o jugando solo a la pelota, o viendo películas con Kabir, casi siempre las mismas, una y otra vez. Recorría con apatía los pasillos amplios y de techos altos y los grandes salones vacíos de su enorme casa, o se sentaba a mirar por la ventana de su habitación en el piso de arriba. Vivía en una mansión, pero en un mundo en miniatura. Había días que se aburría tanto que se subía por las paredes.
Sabía que su madre se sentía terriblemente sola. Aria trataba de seguir rutinas para llenar sus días: ejercicio por las mañanas, una ducha y luego el desayuno; después lectura y jardinería, y por las tardes, culebrones indios en la televisión. Cuando baba yan estaba fuera, cosa que ocurría a menudo, su madre andaba por la casa con un chándal gris y zapatillas de deporte, sin maquillar y con el pelo recogido en un moño. Rara vez abría siquiera el joyero donde guardaba los anillos, collares y pendientes que baba yan le traía de Dubái. A veces pasaba horas y horas hablando con su familia de Kabul. Sólo cuando su hermana y sus padres acudían unos días de visita, cada dos o tres meses, Adel veía animada a su madre. Se ponía un vestido largo y estampado, se calzaba zapatos de tacón, se maquillaba. Le brillaban los ojos y se la oía reír por toda la casa. Adel vislumbraba entonces a la persona que quizá había sido antes.
Cuando baba yan no estaba, Adel y su madre trataban de consolarse mutuamente. Intentaban completar rompecabezas, jugaban al golf y al tenis en la Wii de Adel. Pero el pasatiempo favorito del niño con su madre era construir casas con palillos. Ella esbozaba un plano en tres dimensiones de la casa en una hoja de papel, con su galería y su tejado a dos aguas, las escaleras y las paredes divisorias de las distintas habitaciones. Primero construían los cimientos, y después las escaleras y paredes interiores; se entretenían durante horas, aplicando pegamento a los palillos y poniendo a secar las diferentes secciones. Su madre le contó que cuando era joven, antes de casarse con su padre, soñaba con ser arquitecta.
Fue una de esas veces, mientras construían un rascacielos, cuando Aria le contó a Adel la historia de cómo se habían casado ella y baba yan.
—De hecho, se suponía que iba a casarse con mi hermana mayor, ¿sabes?
—¿Con la tía Nargis?
—Sí. Fue en Kabul. La vio un día en la calle y con eso le bastó. Tenía que casarse con ella. Al día siguiente se plantó en nuestra casa, con cinco de sus hombres. Prácticamente se invitaron a entrar, y todos llevaban botas.
Negó con la cabeza y rió, como si baba yan hubiese hecho algo gracioso, pero su risa no fue la misma de cuando algo le hacía verdadera gracia.
—Tendrías que haber visto las caras de tus abuelos.
Baba yan, sus hombres y los padres de Aria se sentaron en la sala. Ella estaba en la cocina preparando té mientras ellos hablaban. Había un problema, le contó a Adel, porque su hermana ya estaba comprometida con un primo que vivía en Ámsterdam y estudiaba Ingeniería. Los padres dijeron que cómo iban a romper el compromiso.
—Y entonces entro yo, con té y pastas dulces en una bandeja. Les lleno las tazas y dejo las pastas sobre la mesa. Y tu padre me mira, y cuando me doy la vuelta para irme, dice: «Es posible que tenga razón, señor. Romper un compromiso no está bien. Pero si me dice que esta hija suya también está prometida, no tendré más remedio que pensar que no le caigo bien.» Y se echó a reír. Fue así como nos casamos.
Levantó el tubo de pegamento.
—¿Él te gustaba? —preguntó el niño.
Su madre se encogió levemente de hombros.
—La verdad, me daba más miedo que otra cosa.
—Pero ahora te gusta, ¿no? Lo amas.
—Pues claro que sí. Vaya pregunta.
—No lamentas haberte casado con él, ¿verdad?
Ella dejó el pegamento y tardó unos segundos en contestar.
—Mira qué vida llevamos, Adel —dijo despacio—. Mira lo que tienes alrededor. ¿Qué hay que lamentar? —Sonrió y le tiró suavemente de la oreja—. Además, de otro modo no te habría tenido a ti.
Ahora, la madre de Adel apagó el televisor y se quedó sentada en el suelo, tratando de recobrar el aliento y enjugándose el cuello con una toalla.
—¿Qué tal si haces algo por tu cuenta esta mañana? —dijo—. Cuando acabe voy a darme una ducha y comer algo, y estaba pensando en llamar a tus abuelos. Llevo un par de días sin hablar con ellos. —Y empezó con los estiramientos de espalda.
Adel soltó un suspiro y se puso en pie.
En su habitación, un piso más abajo y en un ala distinta de la casa, cogió la pelota de fútbol y se puso una camiseta de Zidane que baba yan le había regalado unos meses atrás, por su duodécimo cumpleaños. Bajó la escalera y encontró a Kabir durmiendo la siesta con un periódico desplegado sobre el pecho. Cogió una lata de zumo de manzana de la nevera y salió.
Recorrió el sendero de grava hasta la entrada principal del recinto. La garita de vigilancia, donde solía haber un guardia armado, estaba desierta. Adel se sabía los horarios de las rondas de los guardias. Abrió con cautela la verja, salió y la cerró. Casi de inmediato, tuvo la sensación de que respiraba mejor a ese lado de la verja. En ciertos días el recinto se parecía demasiado a una prisión.
Anduvo a la amplia sombra del muro hacia la parte trasera, alejándose de la carretera. Ahí detrás estaban los huertos de árboles frutales de baba yan, que lo llenaban de orgullo. Varias hectáreas de largas hileras paralelas de perales y manzanos, albaricoqueros, cerezos, higueras y nísperos. Cuando Adel daba largos paseos con su padre por esos huertos, baba yan solía subirlo a hombros para que arrancara un par de manzanas maduras. Entre el recinto y los huertos había un claro, casi desierto a excepción de un cobertizo donde los jardineros guardaban sus herramientas. Allí estaba también el tocón del que había sido, como se podía ver, un árbol antiquísimo y gigantesco. Baba yan había contado una vez sus anillos con Adel y concluido que, probablemente, aquel árbol había visto pasar el ejército de Gengis Kan. Negando con la cabeza con tristeza, había añadido que quien lo hubiese talado no era más que un necio.
Hacía un día caluroso, con el sol refulgiendo en un cielo tan impecablemente azul como los que Adel dibujaba con lápices de colores de pequeño. Dejó la lata de zumo en el tocón y se puso a mantener la pelota en el aire a base de leves toques con el empeine. Su marca personal era sesenta y ocho veces sin que la pelota cayese al suelo. Había conseguido ese récord en primavera, y ya estaban a mediados de verano y aún trataba de mejorarlo. Iba por veintiocho cuando se dio cuenta de que alguien lo observaba. Era el niño, el que iba con aquel anciano que había intentado acercarse a baba yan en la ceremonia de inauguración de la escuela. Estaba en cuclillas a la sombra del cobertizo.