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—¿Qué haces aquí? —preguntó Adel, tratando de parecer tan fiero como Kabir cuando hablaba con extraños.

—Buscaba un poco de sombra —contestó el niño—. No te chives.

—No deberías estar aquí.

—Tú tampoco.

—¿Cómo?

El niño soltó una risita.

—No importa. —Estiró los brazos y se incorporó.

Adel trató de ver si tenía los bolsillos llenos. Quizá había ido a robar fruta. El niño se le acercó y levantó la pelota con el pie, le dio un par de rápidos toques y se la pasó a Adel de tacón. Adel la cogió y se la puso bajo el brazo.

—Donde vuestro gorila nos ha hecho esperar, en la carretera, no hay sombra. Y tampoco hay una jodida nube en el cielo.

Adel sintió el impulso de salir en defensa de Kabir.

—No es ningún gorila.

—Pues se ha asegurado de que viéramos bien su kalashnikov, te lo digo yo. —Miró a Adel con una sonrisa indolente. Escupió en el suelo a sus pies—. Bueno, ya veo que eres un admirador del rey del cabezazo.

Adel tardó unos instantes en comprender de quién hablaba.

—No puedes juzgarlo por un solo error —dijo—. Era el mejor. Como mediocampista era un mago.

—Los he visto mejores.

—No me digas, ¿como quién?

—Maradona, por ejemplo.

—¿Maradona? —repitió Adel escandalizado. Había discutido antes sobre ese tema, con uno de sus hermanastros en Jalalabad—. ¡Maradona era un tramposo! La mano de Dios, ¿te acuerdas?

—Todo el mundo hace trampa y todo el mundo miente.

El chico bostezó y se alejó unos pasos. Era igual de alto que Adel, quizá una pizca más, y debían de tener la misma edad. Pero andaba como si fuera mayor, sin prisa y dándose aires, como si ya lo hubiese visto todo y nada lo sorprendiera.

—Me llamo Adel.

—Y yo Gholam.

Volvió y se dieron un apretón de manos. Gholam lo hizo con firmeza, con una palma seca y callosa.

—¿Cuántos años tienes?

Gholam se encogió de hombros.

—Yo diría que trece. Aunque a estas alturas podría tener catorce.

—¿Ni siquiera sabes cuándo cumples años?

Gholam sonrió de oreja a oreja.

—Seguro que tú sí. Apuesto a que llevas la cuenta de los días que faltan y todo.

—No, qué va —repuso Adel a la defensiva—. Me refiero a que no llevo la cuenta.

—Tengo que irme. Mi padre está esperando ahí solo.

—Creía que era tu abuelo.

—Pues te equivocabas.

—¿Jugamos a chutar a portería? —propuso Adel.

—¿Quieres decir una tanda de penaltis?

—Sí, cinco cada uno. Gana el que marque más.

Gholam volvió a escupir, miró de reojo hacia la carretera y de nuevo a Adel. Éste se fijó en que tenía una barbilla demasiado pequeña, un diente de más montado sobre los otros y uno roto y cariado. Una cicatriz corta y estrecha le partía la ceja izquierda. Y no olía muy bien. Pero, aparte los viajes mensuales a Jalalabad, Adel llevaba casi dos años sin mantener una conversación, y mucho menos jugar, con un niño de su edad. Supuso que se llevaría una decepción, pero Gholam se encogió de hombros y repuso:

—A la mierda, ¿por qué no? Pero pido chutar primero.

Como portería utilizaron dos piedras colocadas a ocho pasos una de otra. Gholam lanzó sus cinco penaltis. Marcó uno, envió fuera dos y Adel paró los dos restantes. Y aún era peor portero que chutador. Adel marcó cuatro penaltis engañándolo para que se lanzara en la dirección contraria, y el disparo que falló se fue desviado.

—Qué cabrón —resolló Gholam doblado por la cintura, con las palmas en las rodillas.

—¿Quieres la revancha? —Adel intentaba no regodearse, pero le costaba. Estaba contentísimo.

Gholam aceptó, y el resultado fue aún más desigual. Volvió a marcar un solo tanto, y en esta ocasión Adel le metió los cinco.

—Se acabó, estoy hecho polvo —se rindió el niño, levantando las manos.

Fue hasta el tocón y se sentó en él con un gemido de cansancio. Adel sujetó la pelota contra el pecho y se sentó a su lado.

—Supongo que esto no ayuda mucho —añadió Gholam sacando un paquete de tabaco del bolsillo de los vaqueros.

Sólo le quedaba un pitillo. Lo encendió con una cerilla y le dio una buena calada; luego se lo ofreció a Adel. Éste tuvo la tentación de aceptarlo, aunque fuera por impresionar a Gholam, pero al final rehusó, temiendo que Kabir o su madre lo pescaran apestando a tabaco.

—Qué prudente —comentó Gholam echando la cabeza hacia atrás.

Hablaron un rato sobre fútbol y, para sorpresa de Adel, resultó que Gholam sabía bastante del tema. Intercambiaron historias sobre sus partidos y goles favoritos. Cada uno ofreció su propia lista de los cinco mejores jugadores; prácticamente coincidían, excepto en que Gholam incluía a Ronaldo el brasileño y Adel a Ronaldo el portugués. Naturalmente, acabaron hablando de la final del Mundial de 2006 y el doloroso recuerdo, para Adel, del incidente del cabezazo. Gholam explicó que había visto el partido entero entre la multitud que se agolpaba ante una tienda de televisores no muy lejos del campamento.

—¿El campamento?

—El sitio donde me crié, en Pakistán.

Le contó a Adel que era la primera vez que pisaba Afganistán. Había pasado toda su vida en Pakistán, en el campamento de refugiados de Jalozai, donde había nacido. Jalozai era como una ciudad, un enorme laberinto de tiendas y chozas de adobe y chamizos a base de plástico y planchas de aluminio, con una maraña de estrechas callejas alfombradas de porquería y excrementos. Era una ciudad en el vientre de una ciudad mayor incluso. Él y sus hermanos se habían criado en el campamento; él era el mayor, le sacaba tres años al siguiente. Había vivido en una casucha de adobe con sus hermanos, su madre, su padre, que se llamaba Iqbal, y su abuela paterna, Parwana. Él y sus hermanos habían aprendido a andar y hablar en aquel campamento. Había ido a la escuela allí. Había jugado con palos y ruedas de bicicleta oxidadas en las sucias callejas, correteando con otros niños refugiados hasta que se ponía el sol y su abuela lo llamaba de vuelta a casa.

—Aquello me gustaba —dijo—. Tenía amigos y conocía a todo el mundo. Y nos iba bien. Tengo un tío en Estados Unidos, el hermanastro de mi padre. Tío Abdulá. Nunca lo he visto, pero nos mandaba dinero todos los meses. Y eso ayudaba; ayudaba un montón.

—¿Por qué te fuiste?

—Por obligación. Los pakistaníes cerraron el campamento. Dijeron que el sitio de los afganos estaba en Afganistán. Y entonces dejó de llegar el dinero de mi tío. Así que mi padre dijo que volveríamos a casa para empezar de cero, ahora que los talibanes habían huido al lado pakistaní de la frontera. Dijo que en Pakistán éramos huéspedes que nos habíamos quedado demasiado tiempo y ya no éramos bienvenidos. Yo me deprimí un montón. Este sitio —añadió con un ademán— es una tierra extranjera para mí. Y los niños del campamento, los que habían estado en Afganistán, nunca dijeron nada bueno sobre este país.

Adel tuvo ganas de decirle que lo entendía muy bien. Quiso decirle cuánto echaba de menos Kabul, a sus amigos y a sus hermanastros de Jalalabad. Pero temió que pudiera burlarse de él, de modo que se limitó a comentar:

—Bueno, esto es bastante aburrido, desde luego.

Gholam rió.

—No creo que se refirieran a eso.

Adel tuvo la vaga impresión de que lo habían regañado.