Gholam dio una calada y exhaló una ristra de anillos. Los observaron alejarse flotando y desintegrarse.
—Mi padre nos dijo a mis hermanos y a mí: «Ya veréis, muchachos, cuando respiréis el aire de Shadbagh y probéis el agua.» Él nació y se crió aquí. «Nunca habéis probado un agua tan fresca y dulce como ésa.» Siempre estaba hablándonos de Shadbagh, que cuando él vivía aquí supongo que no era más que una pequeña aldea. Nos decía que hay una clase de vid que sólo crece en Shadbagh, en ningún otro lugar del mundo. Cualquiera hubiese dicho que estaba describiendo el paraíso.
Adel le preguntó dónde vivía ahora. Gholam arrojó la colilla lejos y miró al cielo con los ojos entornados.
—¿Sabes ese campo que hay junto al molino?
—Sí. —Adel esperó, pero el chico no dijo nada más—. ¿Vives en un campo?
—Por el momento. En una tienda de campaña.
—¿No tenéis familia aquí?
—No. O se murieron o se marcharon. Bueno, mi padre sí que tiene un tío, en Kabul. O lo tenía. Quién sabe si sigue vivo. Era el hermano de mi abuela, trabajaba para una familia rica de allí. Pero me parece que Nabi y mi abuela llevan décadas sin hablarse, cincuenta años o más, creo. Es como si no se conocieran. Supongo que, si de verdad tuviese que hacerlo, mi padre acudiría a él. Pero quiere intentar salir adelante solo. Aquí. Éste es su hogar.
Se quedaron un rato callados, sentados en el tocón y observando estremecerse las hojas de los frutales bajo las bocanadas de viento cálido. Adel pensó en Gholam y su familia pasando las noches en una tienda de campaña, con escorpiones y serpientes acechando alrededor.
No supo muy bien por qué acabó contándole la razón de que sus padres y él se hubieran trasladado a ese lugar desde Kabul. O más bien, no supo decidir entre los varios motivos para contárselo. Quizá lo hizo para que Gholam no se llevase la impresión de que, como vivía en una casa grande, no tenía ninguna preocupación en la vida. O por aventajarlo, como si estuvieran en un patio de colegio. Quizá quería su compasión, o incluso reducir el abismo que los separaba. No lo sabía. Quizá fue por todas esas razones. Y tampoco sabía por qué le parecía importante caerle bien a Gholam; sólo comprendía vagamente que había una razón más complicada que el mero hecho de sentirse solo y desear un amigo.
—Vinimos a Shadbagh porque alguien trató de matarnos en Kabul —soltó—. Un tipo en moto paró un día ante nuestra casa y la acribilló a balazos. No lo atraparon. Afortunadamente nadie salió herido.
No sabía qué reacción esperaba, pero sí lo sorprendió que Gholam no tuviese ninguna. Seguía alzando la vista con los ojos entornados.
—Sí, ya lo sabía.
—¿Lo sabías?
—Tu padre se mete el dedo en la nariz y la gente se entera.
Adel lo observó arrugar el paquete de tabaco vacío y metérselo en el bolsillo de los vaqueros.
—Y está claro que tu padre tiene enemigos —añadió Gholam, y soltó un suspiro.
Adel lo sabía. Baba yan le había explicado que varios hombres que lucharon junto a él contra los soviéticos en los años ochenta se habían vuelto poderosos y corruptos. Decía que habían perdido el norte. Y como él no estaba dispuesto a tomar parte en sus planes criminales, trataban de desautorizarlo, de manchar su nombre difundiendo rumores falsos e injuriosos contra él. Por eso baba yan siempre intentaba proteger a Adeclass="underline" no permitía que hubiera periódicos en la casa, ni que Adel viera las noticias en la televisión o navegara por internet.
Gholam se inclinó más hacia él.
—Y tengo entendido que está hecho todo un granjero —comentó.
Adel se encogió de hombros.
—Ya lo ves. Solamente tiene unas cuantas hectáreas de frutales. Bueno, y también los campos de algodón en Helmand, para la fábrica.
Gholam lo miró a los ojos y esbozó una lenta sonrisa, dejando a la vista el diente cariado.
—Conque algodón. Qué inocente. No sé qué decirte.
Adel no entendió de qué hablaba. Se levantó e hizo botar la pelota.
—Pues di que quieres otra revancha.
—Quiero otra revancha.
—Vamos allá.
—Vale, pero esta vez te apuesto a que no marcas ni uno.
Ahora fue Adel quien sonrió.
—Qué te apuestas.
—Está clarísimo: la camiseta de Zidane.
—¿Y si gano yo? O cuando gane, más bien.
—Yo que tú no me preocuparía de algo tan improbable —repuso Gholam.
Fue una encerrona en toda regla. Gholam se lanzó a derecha e izquierda y paró todos los penaltis de Adel. Éste se quitó la camiseta, sintiéndose estúpido por dejarse engañar de aquella manera y por perder la que era probablemente su posesión más preciada. Le tendió la camiseta a Gholam. Se sintió al borde de las lágrimas y luchó por contenerlas, alarmado.
Gholam tuvo al menos el detalle de no ponérsela en su presencia. Cuando ya se iba, le dijo sonriente por encima del hombro:
—No es verdad que tu padre vaya a estar fuera tres meses, ¿no?
—Mañana quiero jugar otra vez para recuperarla —respondió Adel—. Me refiero a la camiseta.
—Lo pensaré.
Gholam se alejó hacia la carretera. A medio camino se detuvo, sacó la arrugada cajetilla de tabaco del bolsillo y la arrojó por encima del muro de la casa de Adel.
Durante la semana siguiente, Adel salió todos los días del recinto con la pelota bajo el brazo. Las dos primeras veces consiguió calcular sus escapadas para no coincidir con el guardia armado que hacía la ronda del perímetro. Pero el guardia lo pilló a la tercera y se negó a dejarlo salir. Adel entró otra vez en la casa y volvió con un iPod y un reloj. A partir de entonces, el guardia le permitió entrar y salir siempre y cuando no fuera más allá de los huertos de frutales. En cuanto a su madre y Kabir, apenas reparaban en sus ausencias de un par de horas. Era una de las ventajas de vivir en una casa tan grande.
Adel jugaba solo en la parte de atrás del recinto, junto al claro del viejo tocón, confiando en que apareciera Gholam. Lanzaba asiduas miradas al sendero sin asfaltar que llevaba a la carretera mientras daba toquecitos a la pelota, se sentaba en el tocón a contemplar un caza cruzando raudo el cielo o arrojaba piedrecitas con indolencia. Al cabo de un rato, cogía la pelota y volvía arrastrando los pies al recinto.
Un día apareció por fin Gholam, cargado con una bolsa.
—¿Dónde estabas?
—Trabajando.
Y le contó que durante unos días los habían contratado, a él y su padre, para hacer ladrillos. El trabajo de Gholam consistía en preparar la argamasa. Llevaba cubos de agua de aquí para allá y arrastraba sacos de cemento y arena que pesaban más que él. Le explicó cómo mezclaba el mortero en la carretilla, ligándolo con agua con la ayuda de una azada, removiéndolo y añadiendo agua y arena hasta que adquiría una consistencia lisa y sin grumos. Entonces empujaba la carretilla hasta los albañiles, la descargaba y luego volvía sobre sus pasos para preparar otra tanda. Extendió las palmas para que Adel viera las ampollas.
—Toma ya —soltó Adel, sabiendo que decía una tontería, pero no se le ocurrió otro comentario.
Lo más parecido a trabajar que había hecho en toda su vida había sido ayudar al jardinero a plantar unos arbolillos en el jardín de su casa en Kabul, una tarde de hacía tres años.
—Te he traído una sorpresa —dijo Gholam.
Hurgó en la bolsa y le lanzó la camiseta de Zidane.
—No lo entiendo —repuso un sorprendido Adel, aunque sintió a la vez una prudente alegría.
—El otro día en la ciudad vi a un niño que la llevaba puesta —dijo Gholam, indicándole con un ademán que le diera la pelota.
Cuando Adel se la pasó, la mantuvo en el aire con toquecitos del empeine mientras hablaba.