—Estoy seguro de que si tu padre habla con baba...
—Tu baba se niega a hablar con él. No piensa reconocer lo que ha hecho. Cuando nos ve, pasa de largo con su coche como si fuéramos perros vagabundos.
—No sois perros —contestó Adel, esforzándose para que no le temblara la voz—. Sois buitres. Ya me lo dijo Kabir. Debería haberme dado cuenta.
Gholam se levantó, se alejó un par de pasos y se detuvo.
—Pues ahora ya lo sabes —dijo—. No tengo nada contra ti. No eres más que un crío ignorante. Pero la próxima vez que tu baba se vaya a Helmand, pídele que te lleve a esa fábrica suya. Así verás qué cultiva allí. Te daré una pista: no es algodón.
Aquella noche, antes de cenar, Adel se dio un baño de agua caliente con espuma. Del piso de abajo le llegaba el sonido de la televisión; Kabir estaba viendo una vieja película de piratas. La ira que había sentido toda la tarde estaba remitiendo, y empezaba a pensar que había sido demasiado duro con Gholam. Baba yan le había dicho en cierta ocasión que los pobres a veces hablaban mal de los ricos, no importaba cuánto hiciese uno por ellos. Lo hacían sobre todo porque estaban descontentos con sus propias vidas. No podía evitarse; incluso era algo natural. «Y no debemos culparlos, Adel», añadió.
Adel no era tan ingenuo como para ignorar que el mundo era un lugar básicamente injusto; sólo tenía que mirar por la ventana de su habitación. Pero imaginaba que, a la gente como Gholam, reconocer que el mundo era así no les servía de consuelo. Quizá la gente como Gholam necesitaba un culpable, un objetivo de carne y hueso, alguien a quien poder acusar de ser el causante de sus desgracias, alguien a quien condenar y culpar, a quien tener rabia. Y quizá baba yan tenía razón y la respuesta adecuada era comprenderlos, evitar juzgarlos e incluso responderles con generosidad. Observando las burbujas de jabón que estallaban en la superficie del agua, Adel pensó que su padre construía escuelas y clínicas cuando le constaba que en el pueblo había gente que difundía cotilleos maliciosos sobre él.
Mientras se estaba secando, su madre asomó la cabeza por la puerta del baño.
—¿Bajas a cenar?
—No tengo hambre.
—Vaya.
La madre entró y cogió una toalla del estante.
—Ven, siéntate. Deja que te seque el pelo.
—Sé hacerlo solo.
Ella se le acercó por detrás, estudiándolo a través del espejo.
—¿Va todo bien, Adel?
Él se encogió de hombros. La madre le puso entonces una mano en el hombro, como si esperase que Adel frotara la mejilla contra ella, pero no lo hizo.
—Mamá, ¿has visto alguna vez la fábrica de baba yan?
Notó que su madre se quedaba inmóvil.
—Claro que sí, y tú también.
—No me refiero a fotografías. ¿La has visto de cerca? ¿Has estado allí?
—¿Cómo iba a ir? —repuso su madre ladeando la cabeza en el espejo—. Helmand es un sitio peligroso. Tu padre nunca me pondría en peligro, y a ti tampoco.
Adel asintió con la cabeza.
Del piso de abajo llegaba el estruendo de los cañonazos y los gritos de guerra de los piratas.
Al cabo de tres días, Gholam volvió a aparecer. Se acercó con paso enérgico a Adel y se detuvo.
—Me alegro de que hayas venido —dijo Adel—. Tengo una cosa para ti.
Cogió del tocón el abrigo que había llevado consigo todos los días desde que discutieron. Era de piel marrón chocolate, con suave forro de lana de borreguito y una capucha que podía quitarse mediante una cremallera. Se lo tendió a Gholam.
—Sólo me lo he puesto un par de veces. Me va un poco grande, debería quedarte bien.
Gholam ni se movió.
—Ayer cogimos un autobús hasta Kabul para ir al juzgado —se limitó a decir—. Adivina qué nos dijo el juez. Tenía malas noticias para nosotros. Hubo un pequeño incendio y la escritura de propiedad de mi padre ardió en él. Ya no está, no existe.
Adel bajó lentamente la mano que sujetaba el abrigo.
—Y cuando nos decía que no podía hacer nada sin los papeles, ¿a que no sabes qué llevaba en la muñeca? Pues un reloj de oro nuevecito que mi padre no le vio la otra vez.
Adel parpadeó.
Gholam bajó la vista hasta el abrigo. Su mirada fue penetrante, hiriente, con toda la intención de provocar vergüenza. Y lo consiguió. Adel se encogió, y el abrigo que sostenía dejó de ser una ofrenda de paz para convertirse en un soborno.
Gholam se dio la vuelta y echó a andar de vuelta a la carretera con paso enérgico.
La velada del día de su regreso, baba yan celebró una fiesta en la casa. Adel estaba sentado junto a su padre en la cabecera del enorme mantel que se había desplegado en el suelo para la cena. A veces, baba yan prefería sentarse en el suelo y comer con las manos, en especial cuando lo hacía con amigos de la época de la yihad. «Me recuerda a mis tiempos de cavernícola», bromeaba. Las mujeres cenaban en la mesa del comedor, con cubiertos, presididas por la madre de Adel. A éste le llegaba el eco de su cháchara a través de las paredes de mármol. Una de ellas, una mujer de anchas caderas y largo cabello teñido de rojo, se había comprometido con un amigo de baba yan. Antes de la cena, le había enseñado a la madre de Adel fotografías en su cámara digital de la tienda para novias que habían visitado en Dubái.
Después de cenar, cuando tomaban el té, baba yan contó la historia de cómo su unidad había tendido una emboscada a una columna soviética para impedirle el acceso a un valle en el norte. Todos escucharon con atención.
—Cuando los tuvimos a tiro —contó baba yan mientras le acariciaba el pelo a Adel con gesto ausente—, abrimos fuego. Le dimos al vehículo que abría la marcha, y luego a varios jeeps. Pensé que retrocederían, o que tratarían de abrirse camino. Pero lo que hicieron los muy cabrones fue detenerse, apearse y abrir fuego contra nosotros. Increíble, ¿verdad?
Un murmullo recorrió la habitación. Muchos negaban con la cabeza. Adel sabía que al menos la mitad de los hombres presentes eran antiguos muyahidines.
—Los superábamos en número, quizá los triplicábamos, pero ellos tenían armas pesadas, ¡y al cabo de poco eran ellos quienes nos atacaban! Disparaban contra nuestras posiciones en los huertos. No tardamos en dispersarnos para ponernos a salvo. Yo huía junto a otro tipo, un tal Mohammad no sé qué. Corríamos codo con codo a través de un campo de vides, no de las que se sujetan con espalderas y alambre, sino de las que se dejan crecer en el suelo. Las balas silbaban por todas partes y nos esforzábamos por salvar el pellejo, hasta que de pronto tropezamos y caímos los dos. Tardé un segundo en volver a estar en pie, pero el tal Mohammad ya no estaba a mi lado. Miré alrededor y grité: ¡Levanta el culo de una vez, pedazo de burro!
Baba yan hizo una pausa para darle más dramatismo a la cosa. Se llevó un puño a los labios para contener la risa.
—Y entonces el tipo se levantó de entre unas vides y echó a correr como alma que lleva el diablo, y no vais a creerlo, pero ¡el muy chiflado iba cargado con racimos de uva! ¡Un montón bajo cada brazo!
Todos estallaron en carcajadas, incluso Adel. Su padre le frotó la espalda y lo atrajo hacia sí. Alguien empezó a contar otra historia y baba yan cogió el cigarrillo que tenía junto al plato. Pero no llegó a encenderlo, porque de pronto un cristal se hizo añicos en algún lugar de la casa.
Se oyó gritar a las mujeres en el comedor. Algo metálico, un tenedor o un cuchillo, golpeó ruidosamente contra el mármol. Los hombres se pusieron en pie. Azmaray y Kabir irrumpieron en la habitación empuñando las pistolas.