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«La mordió un perro —me había dicho mamá como advertencia—. Tiene una cicatriz.» El perro no había mordido la cara de Thalia; se la había comido. Y es posible que hubiese palabras para describir lo que vi reflejado en el espejo aquel día, pero «cicatriz» no era una de ellas.

Recuerdo que mamá me agarró de los hombros, me incorporó y me dio la vuelta en redondo, diciendo «Pero ¿a ti qué te pasa?». Y recuerdo que alzó la vista y miró más allá de mi cabeza. Se quedó helada. Se quedó sin habla. Palideció. Sus manos resbalaron de mis hombros. Y entonces fui testigo de algo absolutamente extraordinario, algo que habría creído tan imposible como que el rey Constantino apareciese ante nuestra puerta vestido de payaso: una única lágrima formándose en la comisura del ojo derecho de mi madre.

—Bueno, y ¿cómo era? —quiere saber mamá.

—¿Quién?

—¿Cómo quién? La francesa. La sobrina de tu casero, la profesora de París.

Me cambio el auricular a la otra oreja. Me sorprende que se acuerde. Toda la vida me ha parecido que las palabras que le digo se desvanecen en el espacio sin que las oiga, como si hubiera estática entre nosotros, un problema de conexión. A veces, cuando la llamo desde Kabul como ahora, tengo la sensación de que ha dejado silenciosamente el auricular y se ha ido, de que le hablo a un vacío en otro continente, pese a que siento su presencia en la línea y la oigo respirar a mi oído. Otras veces le estoy contando algo que he visto en la clínica, por ejemplo, un niño ensangrentado en brazos de su padre y con metralla en las mejillas y una oreja arrancada de cuajo, una víctima más de jugar en la calle equivocada a la hora equivocada del día equivocado, y entonces de repente oigo un sonoro golpetazo y la voz de mamá súbitamente distante y amortiguada, el eco de unas pisadas y el ruido de algo que se arrastra por el suelo. Así que me interrumpo y espero a que vuelva, y cuando lo hace, siempre casi sin aliento, me explica cosas como: «Le he dicho que estaba bien de pie, se lo he dicho claramente; le he dicho: “Thalia, quiero estar de pie ante la ventana y contemplar el agua mientras hablo con Markos”, pero ella me ha respondido: “Vas a cansarte, Odie, tienes que sentarte”, y antes de que me dé cuenta, está arrastrando la butaca, esa grandota de piel que compró el año pasado, la está arrastrando hasta la ventana. Madre mía, qué fuerte es esta chica. Tú no has visto la butaca, claro.» Entonces suelta un suspiro de fingida exasperación y me pide que continúe con mi historia, pero ya no tengo ganas de hacerlo. El efecto general es que me siento regañado, y es más, que me lo merezco; hace que me sienta culpable de palabras que no he pronunciado, de ofensas de las que no me ha acusado. Y aunque prosiga con mi historia, incluso a mí mismo me parece banal, sin punto de comparación con la escena de mamá y Thalia con la butaca.

—¿Cómo se llamaba? —dice ahora mamá—. Pari no sé qué, ¿verdad?

Le he hablado de Nabi, a quien consideraba un buen amigo, sólo en líneas generales. Sabe que en su testamento le dejó la casa de Kabul a su sobrina, Pari, que se crió en Francia. Pero no le he hablado de Nila Wahdati, de su huida a París tras el infarto cerebral de su marido, de las décadas que Nabi pasó cuidando de Suleimán. En esa historia hay demasiados paralelismos que pueden resultar contraproducentes. Sería como leer en voz alta tu propia condena.

—Pari, sí. Era simpática —digo—. Y cariñosa. Sobre todo para tratarse de una profesora de universidad.

—¿Qué era, química? No me acuerdo bien.

—Matemática —contesto, cerrando la tapa del portátil.

Ha empezado a caer otra nevada ligera, copos diminutos que flotan en la oscuridad y chocan contra mi ventana.

Le hablo sobre la visita de Pari Wahdati a finales de este verano. Una mujer encantadora, desde luego. Dulce, delgada, el cabello gris recogido en un moño, un cuello largo con venas azules bien visibles a ambos lados, una cálida sonrisa de dientes separados. Se la veía un poco frágil y aparentaba más edad de la que tenía. Víctima de una artritis reumatoide severa. En especial en las manos, muy nudosas; aún podía utilizarlas, pero el día en que dejaría de hacerlo estaba cada vez más cerca, y ella lo sabía. Me recordó a mamá, que también su día se acercaba inexorablemente.

Pari Wahdati se quedó una semana conmigo en la casa de Kabul. A su llegada de París la acompañé en un recorrido guiado por la casa. La había visto por última vez en 1955, y pareció sorprenderse por la viveza con que recordaba la distribución general; por ejemplo, se acordaba de los dos peldaños entre la sala de estar y el comedor, donde solía sentarse a leer a media mañana bajo un rayo de sol. La impresionó que la casa fuera mucho más pequeña que en sus recuerdos. Cuando la conduje al piso de arriba, supo cuál había sido su habitación, aunque ahora la ocupa un colega alemán que trabaja para el Programa Mundial de Alimentos. Contuvo el aliento al ver el pequeño armario en un rincón de la habitación, una de las pocas reliquias supervivientes de su infancia; yo lo recordaba de la nota que me dejó Nabi antes de su muerte. Se agachó para pasar las yemas de los dedos por la desconchada pintura amarilla y las jirafas y monos desvaídos de las puertas. Cuando volvió a mirarme, advertí que habían aflorado lágrimas a sus ojos, y entonces me preguntó, tímidamente y con tono de disculpa, si sería posible que se lo mandara a París. Me ofreció pagar por otro que lo sustituyera. Era lo único que quería de la casa. Le dije que sería un placer.

Al final, aparte del armario, que le envié unos días después de su marcha, Pari Wahadati volvió a Francia sin otra cosa que los cuadernos de bocetos de Suleimán Wahdati, la carta de Nabi y unos cuantos poemas de su madre, Nila, que Nabi había conservado. Sólo me pidió otra cosa durante su estancia, y fue que le consiguiera un transporte para llevarla a Shadbagh, pues quería visitar su aldea natal, donde confiaba en encontrar a su hermanastro Iqbal.

—Supongo que pondrá en venta la casa —comenta mamá—, ahora que es suya.

—Me dijo que podía quedarme todo el tiempo que quisiera —contesto.

—¿Sin pagar alquiler?

—Ajá.

Casi puedo verla apretar los labios con escepticismo. Es una isleña y sospecha de todos los que no lo son, sus actos de aparente buena voluntad le inspiran recelo. De niño, ésa era una de las razones de que supiese que algún día me marcharía de Tinos, cuando tuviese la oportunidad. Oír hablar a la gente de esa manera me sacaba de quicio.

—¿Cómo te va con el palomar? —pregunto para cambiar de tema.

—Tuve que abandonarlo. Me agotaba.

Hace seis meses, en Atenas, un neurólogo diagnosticó la enfermedad de mamá; yo había insistido en que se visitara con uno después de que Thalia me contara que tenía tics y temblores y que se le caían las cosas todo el rato. Fue Thalia quien la llevó. Desde entonces, mamá ha estado desquiciada. Lo sé por los correos electrónicos que me manda Thalia. Andaba pintando la casa, arreglando escapes de agua, convenciendo a Thalia de que la ayudara a hacer un armario nuevo para el piso de arriba, y hasta cambiando las tejas rotas del tejado, aunque Thalia ha puesto fin a todo eso, gracias a Dios. Luego vino el palomar. Imagino a mamá arremangada, martillo en mano y la espalda empapada en sudor, poniendo clavos y lijando tablas de madera. Tratando de ganarles la carrera a sus propias neuronas en declive. Sacándoles hasta la última gota de jugo mientras pueda.

—¿Cuándo vienes a casa? —quiere saber.

—Dentro de poco. —Ésa fue mi respuesta el año pasado, cuando me hizo la misma pregunta. Ya han pasado dos años desde mi última visita a Tinos.

Hay un breve silencio.

—No esperes demasiado. Quiero verte antes de que me pongan el pulmón de acero. —Ríe.