—Deja ya de hacerte el tonto. No te pega —replicó.
Tenía una forma de mirarme, entornando los ojos y ladeando la cabeza de un modo apenas perceptible, que aún hoy me desarma.
—No puedo hacerlo, mamá. No me obligues a hacerlo.
—¿Y por qué no, si puede saberse?
Las palabras brotaron de mis labios antes de que pudiera evitarlo:
—Porque es un monstruo.
La boca de mamá se hizo pequeña. Me miró no con ira, sino con profundo desaliento, como si la hubiese dejado sin gota de sangre. Había algo irrevocable en su mirada. Resignación. Como un escultor que al fin deja caer el mazo y el cincel, desistiendo de tallar un bloque de piedra recalcitrante que nunca adquirirá la forma imaginada.
—Es una persona a la que le ha pasado algo terrible. Repite lo que has dicho. Me gustaría oírte. Dilo y verás lo que te pasa.
Un poco más tarde allí estábamos, Thalia y yo, enfilando un camino adoquinado y flanqueado por muros de piedra. Yo tomaba la precaución de ir unos pasos por delante de ella, para que los transeúntes —o, no lo quisiera Dios, algún compañero de la escuela— no dieran por sentado que íbamos juntos, aunque lo harían de todos modos, claro está. Saltaba a la vista. Esperaba que la distancia que nos separaba diera al menos a entender que la acompañaba obligado y a regañadientes. Para mi alivio, ella no se esforzó en darme alcance. Nos cruzamos con granjeros de piel curtida y expresión fatigada que volvían del mercado. Los burros avanzaban a paso cansino, y sus cascos traqueteaban en el camino de tierra bajo el peso de las alforjas de mimbre, cargadas con las mercancías que sus amos no habían podido vender. Yo conocía a la mayoría de ellos, pero avanzaba con la cabeza gacha y evitaba mirarlos a la cara.
Llevé a Thalia hasta la playa. Elegí una cala rocosa a la que iba a veces, a sabiendas de que no estaría tan concurrida como algunas de las otras playas, la de Agios Romanos, por ejemplo. Me recogí los pantalones, salté de escollo en escollo y me detuve en uno cercano al rompiente, allí donde las olas azotaban las rocas y se replegaban. Me quité los zapatos y hundí los pies en un pequeño charco que se había formado entre los escollos. Un cangrejo ermitaño se escabulló a toda prisa. Vislumbré a Thalia hacia mi derecha, acomodándose en lo alto de una roca cercana.
Nos quedamos allí un buen rato, sin decir palabra, viendo cómo el oleaje embestía las rocas. Una ráfaga de aire frío me azotó las orejas y me roció el rostro de agua salada. Un pelícano planeaba con las alas extendidas sobre el mar azul turquesa. Había dos mujeres, una al lado de la otra, con el agua hasta las rodillas y las faldas recogidas. Hacia poniente se veía la isla, el blanco que dominaba las casas y los molinos de viento, el verde de los campos de cebada, el marrón apagado de las montañas escarpadas en las que todos los años rebrotaban los manantiales. Mi padre había muerto en una de esas montañas. Trabajaba en una cantera de mármol verde, y un día, cuando yo llevaba seis meses en el vientre de mamá, resbaló de lo alto de un precipicio y cayó desde unos treinta metros. Mamá me dijo que había olvidado sujetar el arnés de seguridad.
—Deberías dejarlo —me dijo Thalia.
Yo me entretenía arrojando guijarros a un viejo cubo de estaño galvanizado y su voz me sobresaltó. Erré el tiro.
—¿A ti qué más te da?
—Me refiero a hacerte la víctima. Si por mí fuera, yo tampoco estaría aquí.
El viento le hacía ondear el pelo y se sujetaba la máscara sobre el rostro. Me pregunté si viviría a diario con ese temor, de que una ráfaga de viento se la arrancara de cuajo y tuviera que salir corriendo tras ella, expuesta a las miradas. No dije nada. Lancé otro guijarro y volví a fallar.
—Eres un imbécil —me espetó.
Al cabo de un rato se levantó y yo fingí quedarme. Luego, volviéndome a medias, vi que se alejaba de la orilla, de vuelta a la carretera, así que me puse los zapatos y la seguí hasta casa.
Cuando llegamos, mamá estaba picando okras en la cocina con Madaline sentada cerca, haciéndose la manicura y fumando un cigarrillo cuya ceniza iba depositando en un platito. Me estremecí, poco menos que horrorizado, al ver que el platito en cuestión pertenecía a la vajilla de porcelana que mamá había heredado de su abuela. Aquella vajilla era el único objeto de cierto valor que poseía mi madre, y apenas la sacaba de su estante, el más alto, casi tocando el techo.
Madaline se soplaba las uñas entre calada y calada mientras hablaba de Pattakos, Papadopoulos y Makarezos, los tres coroneles que habían orquestado un golpe militar —el golpe de los coroneles, como se conocía entonces— unos meses atrás en Atenas. Iba diciendo que conocía a un dramaturgo, «un encanto de hombre» en sus palabras, al que habían metido en la cárcel acusado de subversivo y comunista.
—¡Lo que es absurdo, por supuesto! Sencillamente absurdo. ¿Sabes qué les hacen a los presos, los de la ESA, para conseguir que hablen? —Había bajado el tono, como si pudiera haber policías militares agazapados en la casa—. Les meten una manguera por detrás y abren el grifo a toda potencia. Es cierto, Odie. Te lo juro. O empapan harapos en las cosas más asquerosas que puedas imaginar, desechos humanos, ya me entiendes, y se los meten en la boca.
—Es horrible —repuso mamá inexpresivamente.
Me pregunté si estaría empezando a cansarse de Madaline. El torrente de ampulosas opiniones políticas, la crónica de las fiestas a las que había acudido con su esposo, los poetas e intelectuales y músicos con los que había brindado, copa de champán en mano, la lista de viajes insensatos e innecesarios que había hecho al extranjero. Sus peroratas sobre la amenaza nuclear, la sobrepoblación y la contaminación. Mamá le seguía la corriente, escuchaba aquellas parrafadas con un gesto entre irónico y desconcertado, pero yo sabía que para sus adentros la juzgaba con dureza. Seguramente creía que Madaline sólo buscaba exhibirse. Seguramente sentía vergüenza ajena.
Eso es lo que empaña, lo que contamina la bondad de mamá, así como sus rescates y actos de valentía: el endeudamiento que los acompaña y ensombrece. Las contrapartidas, las obligaciones que impone a los demás. Su forma de usar esos actos como moneda de cambio para obtener lealtad y aprobación. Ahora entiendo por qué se marchó Madaline, tantos años atrás. La misma cuerda que te salva de la inundación puede convertirse en la soga que te ciñe el cuello. Al final, todo el mundo acaba defraudando a mamá, empezando por mí. Nadie puede saldar su deuda con ella, no como ella espera que se haga. Su premio de consolación es la triste satisfacción de sentirse superior, libre de dictar sentencia desde el pedestal de la ventaja estratégica, puesto que siempre es ella la que ha dado más de lo que ha recibido.
Es algo que me apena, por cuanto revela las propias carencias de mamá, la angustia, el temor a la soledad, el pánico a sentirse apartada, abandonada. ¿Y qué no dirá de mí, el hecho de poseer esta información sobre mi madre, de saber exactamente lo que necesita y sin embargo habérselo negado de forma sistemática y deliberada, asegurándome de poner entre ambos un océano, un continente, a ser posible las dos cosas, desde hace casi tres décadas?
—Los de la junta no tienen el menor sentido de la ironía —iba diciendo Madaline—. Aplastar al pueblo de ese modo, ¡nada menos que en Grecia, la cuna de la democracia! ¡Ah, aquí estáis! ¿Qué tal ha ido? ¿Qué habéis estado tramando?
—Hemos jugado en la playa —contestó Thalia.
—¿Y ha sido divertido? ¿Os lo habéis pasado bien?
—Nos lo hemos pasado en grande —repuso ella.
Mamá posaba su mirada escéptica alternadamente en Thalia y en mí, pero Madaline sonreía encantada y aplaudía en silencio.
—¡Estupendo! Ahora que ya no tengo que preocuparme por que os llevéis bien, Odie y yo podemos pasar algún rato juntas. ¿Qué me dices, Odie? ¡Aún tenemos mucho de lo que ponernos al día!