— ¡No hables así de mi madre!
— ¿Por qué no? ¿Acaso no es tonta? Si tu padre no la hubiera puesto de rodillas en aquel confesionario prometiéndole que vería bajar del cielo a san Jacinto si se quitaba las bragas, hace ya tiempo que la habrían encerrado en cualquier parte. ¡Tú mismo lo dices!
— Yo puedo decirlo.
— ¿Y yo no? ¿Por qué? Me he ganado ese derecho a golpe de novenas y rosarios. Pero ya me cansé. Si antes de las lluvias no estamos casados y viviendo en «Cunaguaro», te juro que me largo a San Fernando.
— ¿Y qué vas a hacer en San Fernando?
— Han abierto un burdel nuevo. Limpio, precioso y elegante. En dos aсos me hago rica. Y si no lo consigo, al menos me habré divertido más que en este «peladero de monos» en compaсía de un «huevón» al que le asusta su madre.
— No lo harás.
Los negros ojos, inmensos e inquietantes, se clavaron en él con insistente fijeza.
— ¿Estás seguro?
Cándido Amado no estaba en absoluto seguro, y más bien pare — tía convencido de que aquella difícil mujer con la que compartía la vida era muy capaz de regresar a un burdel de donde ya no podría volver a sacarla casi a rastras con la promesa de que se casarían de inmediato.
— Ten un poco de paciencia — suplicó.
— ¿Paciencia? — repitió ella, despectiva—. Paciencia es lo único que me ha sobrado desde que te conozco. ¡Pero se me acabó! Si hubiera seguido trabajando, a estas horas sería la encargada de ese nuevo local, ganaría mucha plata y únicamente me acostaría con quien de verdad me apeteciera.
— O estarías tísica.
— ¿Tísica yo? ¡No me hagas reír!
— O sifilítica.
— Siempre supe cuidarme.
— O hubieran estado a punto otra vez de matarte de una cuchillada.
— ¡Guá! ¡Hombre para decir pendejadas! También podría haberme tocado un «cuadro de caballos», que aquí ni siquiera esa posibilidad me queda. Aquí me siento enterrada en vida, y empiezo a creer que ni casarse por la Iglesia y ser dueсa de un «Hato» merece tanto sacrificio.
— Mucho estás cambiando. Siempre dijiste que darías cualquier cosa por dejar de ser puta.
— Es que esto es peor. Te lo advierto: esperaré hasta la entrada de Lis aguas. No voy a pasarme otro invierno viendo cómo los rayos cien a mi alrededor y esperando a que uno baje por esa chimenea «electrojodiéndome» definitivamente. — Bebió de nuevo, puesto que era de las pocas personas capaces de competir con Cándido Amado a la hora de beber—. Sólo hasta que lleguen las lluvias — repitió—. El día que comience a soplar el «barinés» o brille el primer relámpago, me largaré a San Fernando.
El permaneció en silencio, observándola y preguntándose qué clase de martirio sería el invierno si se veía obligado a continuar en el «Hato Morrocoy» soportando a una vieja imbécil, viendo cómo la lluvia convertía a la llanura en una laguna, y rezando a todos los santos que adoraba su madre para que uno de aquellos terroríficos rayos que lanzaba un cielo enfurecido no lo partiera en mil pedazos.
Por último exhaló un hondo suspiro y suavemente masculló:
— Mataré a Celeste.
— ¡Qué bolas tienes! — exclamó despectiva Imelda Camorra—. Eso no te lo crees ni borracho, y jamás te he visto borracho. — Hizo una larga pausa en la que sujetaba el vaso con las dos manos y, sin apartar la mirada de su interlocutor, aсadió —: Cuando su padre, aquel cabrón de Leónidas Báez, descubrió que mi tío Facundo se cogía a su hija, lo esperó en un «caсo», le puso el revólver ante los ojos, le obligó a enseсarle el carajo, y sacando un «mapanare» hizo que se lo mordiera y lo finiquitó de la forma más cruel que nadie se haya cargado jamás a un ser humano. — Agitó la cabeza negativamente—. Pero eso lo hacen los Báez, que tienen sangre llanera y los cojones como un panal de abejas. Pero a ti, en las venas, tu padre tan sólo te puso agua bendita, y tienes los cojones más finos que mantel de iglesia.
La violenta bofetada hubiera tumbado de espaldas a cualquiera, pero Imelda Camorra ni siquiera se inmutó, porque se diría que la esperaba y que incluso le producía una innegable satisfacción, pese a que un leve hilillo de sangre corrió por la comisura de sus labios bajando hacia la barbilla. Permitió que goteara, manchando la mesa como si aquello fuera algo natural y frecuente, y todo cuanto hizo fue extender el brazo y tomar del aparador otra botella, que colocó ante ambos, permitiendo que esta vez fuera él quien llenara los vasos.
Cuando continuó hablando lo hizo con absoluta naturalidad, como si la bofetada no hubiera existido y la sangre no siguiera manando hacia la mesa.
— Mi viejo pasó aсos jurando que vengaría a su hermano, pero era' tan cobarde como tú. Si no llega a morirse, Leónidas Báez te habría echado a patadas en el culo de estos Llanos y a mi padre le hubiera cosido la boca con esparto. — Bebió una vez más y lanzó un hondo suspiro de resignación—. Hombres agallados como él era lo que yo hubiera necesitado, pero por desgracia se acabaron.
— No tengo ganas de armar otro «mierdero» esta noche — le advirtió Cándido Amado—. No estoy para esas vainas.
— Pues es una lástima, porque yo sí que lo estoy — fue la provocativa respuesta—. Y me muero por partirte la botella en la cabeza.
— ¡Párala ya!
— ¿Por qué? ¿Es que no te gustan las verdades? Tú y yo sabemos que eres malo en la cama, flojo en el trabajo y cagón en la vida. Tu paciencia no es virtud, sino apatía, y el hecho de que el alcohol jamás te nuble la mente no tiene mérito porque, siendo hijo de tu madre, apenas tienes mente que nublar.
Cándido Amado lanzó un largo resoplido, apuró su ron, se puso lentamente en pie, y apartando la silla comenzó a desabrocharse el ancho y pesado cinturón.
Imelda Camorra — cuya familia había hecho desde antiguo justo honor a su apellido — sonrió apenas mientras en sus oscurísimos y por lo general opacos ojos brillaba ahora una leve chispa de alegría, v tras beber a su vez, alzó el rostro, miró a su contrincante, y bruscamente alzó un pie por debajo de la mesa, propinándole una salvaje patada en la entrepierna.
Cándido Amado soltó un alarido y cayó hacia atrás rebotando contra la pared, pero no pudo permitirse el lujo de dejarse escurrir hasta el suelo a concentrarse en su dolor, porque sabía por experiencia lo que se le venía encima con una botella en la mano dispuesto a abrirle la cabeza, y no tuvo más que el tiempo justo de apoderarse de una silla y proyectarla hacia delante para que una de las patas se clavara en el estómago de la mujer.
Fue una lucha brutal, cruel y equilibrada, ya que Imelda era más alta que su rival, y a su imponente masa humana unía un bestial salvajismo y una innegable satisfacción en la contienda, pues resultaba evidente que pocas cosas debían producirle mayor placer que el hecho de golpear y ser golpeada sin compasión ni miramientos, hasta el punto de que a los escasos minutos no quedaba un solo mueble intacto, y hasta los cristales de la única ventana habían sallado hechos aсicos.
Quedaron al fin tumbados, uno a cada lado de la estancia, jadeantes, aturdidos y ensangrentados, y por último, con un sobrehumano esfuerzo, Cándido Amado se puso pesadamente en pie, apoyándose en cuanto encontró a mano, y se encaminó, tambaleante, hacia la puerta, en cuyo umbral se detuvo a mirarla.
— ¡Está bien! — dijo—. Te prometo que antes de que entren las lluvias nos casaremos, aunque se oponga mi madre. — Se pasó el dorso de la mano por el labio inferior, también abierto y ensangrentado—. ¡Y vivirás en «Cunaguaro», aunque para ello tenga que matarlos a iodos! — concluyó.