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— Sí. Lo sé. Dos chicarrones y una muchachita por la que Cándido está dispuesto a mandarme de vuelta al burdel. — El tono de su voz se hizo desafiante, casi altivo—. Porque yo era puta, ¿sabe? A mi tío Fa—.] cundo le asesinaron, mi padre era un inútil, y a mí no me quedó otro camino que lanzarme a la vida. ¡Siete mil bolívares! — masculló con rencor—. Siete mil bolívares me ofrece ese cerdo a cambio de los mejores aсos de mi vida y la promesa de casarme y vivir en esta casa. — Abrió las manos en un amplio ademán significativo—. ¿Qué les parece?

— Que mi hija no tiene nada que ver — replicó Aurelia con naturalidad—. Ignoro lo que Cándido Amado pueda haberle dicho, pero Yaiza no lo ha visto más que dos veces en su vida, y me parece ridículo que un hombre pueda hacerse semejantes ilusiones.

— ¡Usted no le conoce! — seсaló Imelda Camorra tras beber largamente su ron con limonada—. Es casi tan tarado como su madre y siempre actúa por impulsos. A mí me sacó a rastras del prostíbulo la noche en que me conoció, y si la vieja no se hubiera opuesto amenazándole con no volver a firmar un solo papel, esa misma semana nos habríamos casado. Pero él teme a la vieja. La odia y la desprecia, pero la teme. — Se volvió a Celeste Báez—. Su abuelo hizo bien las cosas — aсadió—. Si no hubiera sabido amarrarlas tanto, a estas horas su tía estaría en un manicomio y yo casada.

— Lo siento por usted y me alegro por mi tía.

— No. No lo siente. No tiene por qué sentirlo, pese a que yo sea sobrina de Facundo Camorra. — Hizo una pausa—. Ustedes, los Báez, siempre fueron la desgracia de los Camorra, pero es lógico tratándose del Llano, donde los patronos joden constantemente a sus peones. Así ha sido desde que el mundo es mundo, y así seguirá siendo mientras exista la sabana. Siempre habrá «blancos» y «oscuros».

— ¿Qué quiere de mí?

La miró con sorpresa:

— ¿De usted? Nada. ¿Qué puedo querer de quien ni siquiera sabía que estaba aquí? — Observó a Aurelia—. Tampoco quiero nada de usted. Ni de su hija. Pero me gustaría conocerla.

— ¿Por qué?

— Simple curiosidad. — Trató de sonreír—. ¿No le parece lógico que una mujer que ve cómo sus sueсos se esfuman, tenga curiosidad por conocer a su rival?

— Yaiza no es su rival y nunca lo ha sido, diga lo que diga Cándido Amado.

— Pues él piensa de otro modo — le hizo notar—. Está como loco, y lo mismo manda llamar a sus peones ordenándoles que se armen para venir a rescatar a «su novia», como se encierra en «El Cuarto de los Santos» y se bebe todo lo que encuentra, y le aseguro que en «Morrocoy» alcohol es lo que sobra. Le repito que está loco — concluyó—. Y menos de casarse conmigo, le creo muy capaz de cualquier tontería.

— Se le pasará. Esas chifladuras se les pasan a todos.

Era Celeste quien lo había dicho, pero Imelda se volvió a ella, y al hablar lo hizo con parsimonia, segura de sí misma.

— Su primo no es como todos — puntualizó—. Su primo nació tarado, creció despreciado, y vivió siempre a caballo entre la vergьenza que siente por sus padres y el entusiasmo que siente por sí mismo. Pasa de la risa a la furia sin transición, y lo mismo se muestra tierno que comienza a golpearme o busca que yo le pegue hasta cansarme. — Bebió como para animarse a sí misma—. ¡Nos pegamos a muerte! — aсadió—. A punto hemos estado varias veces de matarnos, pero él lo disfruta. ¡Dios! No sé por qué he venido hasta aquí a contarles miserias, pero lo único que pretendía era conocer a esa chica antes de decidir si regreso al prostíbulo, me caso con Ramiro o me quedo a esperar. — Hizo una pausa—. Me entienden, ¿verdad? Sí, supongo que me entienden.

— La entiendo — admitió Aurelia y luego llamó hacia dentro—. ¡Yaiza! Yaiza…: ¿Puedes venir un momento, por favor? Aquí hay alguien que quiere conocerte.

A los pocos instantes Yaiza Perdomo hizo su aparición en la puerta. Vestía unos viejos pantalones de su hermano y una camiseta cubierta de lamparones de pintura que ensuciaban igualmente sus manos y su cara. Se detuvo en el umbral y observó a Imelda Camorra, que la observó a su vez detenidamente y musitó:

— Es injusto.

— ¿Cómo dice?

— Que es injusto — repitió Imelda Camorra—. Empiezo a comprender a Cándido, pero es injusto que existan personas como tú.

«El Cuarto de los Santos» era la única estancia de la casa que los «zancudos» respetaban.

«El Cuarto de los Santos», siempre cerrado e impregnado de olor a flores marchitas, incienso y humo de lamparillas de aceite, repelía incluso a los voraces mosquitos, y en aquellas ardientes noches en las que ejércitos de ellos llegaban desde los últimos charcos de lo que fuera el estero, Cándido Amado aguardaba a que su madre se durmiera, y armado de una botella de fuerte «caсa», y un mazo de cigarros de marihuana, se acomodaba en el viejo sillón de Doсa Esmeralda y dejaba pasar las largas horas de su insomnio bebiendo, aturdiéndose, y pensando en Yaiza.

Aunque más que pensar, Cándido Amado rumiaba, porque todo en él se limitaba a girar y girar en torno a una sola y obsesiva idea: la forma de conseguir que aquella criatura se casara con él.

¡Se casará! No quería apoderarse de ella, poseerla, acariciarla, besarla o violarla; quería casarse, porque influido por la beatería de su madre, y la santurrona hipocresía de su difunto padre, el matrimonio bendecido por la Iglesia constituía la forma de posesión más completa y definitiva que pudiese existir bajo la capa del cielo o la superficie de la tierra.

Y si de algo estaba seguro Cándido Amado en esta vida, era de que lo único que deseaba ya era ser dueсo de la menor de los Perdomo Maradentro hasta el fin de los siglos.

Por ello rumiaba.

Y rumiaba rodeado de imágenes, altares y estampas que le observaban desde cada pared y cada rincón, preguntándose cómo podría distinguir su madre a san Pancracio de san Antonio o san Jenaro, si todos se le antojaban el mismo muсeco recubierto con distintos ropajes.

Durante más de una semana el olor dulzón de la marihuna vino por tanto a unirse a los pegajosos olores que impregnaban «El Cuarto de los Santos» pero al alba del décimo día Doсa Esmeralda se vio en la necesidad de tomar cartas en el asunto, pues se le antojó un sacrilegio que su hijo roncara sonoramente espatarrado en el sillón mientras la mitad de una botella de ron aparecía volcada sobre la raída alfombra y docenas de colillas se desparramaban por los amados altares de santa Águeda y san Agustín.

— ¡Lárgate de esta habitación! — fue lo primero que dijo al despertarle agitándole con violencia—. De todo cuanto tenía no me hacéis dejado más que este rincón, y ahora también lo invades… ¡No hay derecho!

Cándido Amado le dirigió una larga mirada somnolienta mientras se pasaba el dorso de la mano por la boca reseca.

— ¿Y a dónde quieres que vaya? — inquirió malhumorado—. La «plaga» está imposible.

— ¿Y a mí qué me cuentas? Vete a tu cama y tápate con el mosquitero… Aunque dudo que ningún «zancudo» se decida a picarte; en las venas debes tener más ron que sangre.

Había comenzado a limpiarlo todo con sumo cuidado, colocando de nuevo cada lamparilla y cada flor con maniática meticulosidad, y su hijo la observó sin moverse, preguntándose por enésima vez si aquel ser que tan profundamente le repelía era en verdad su madre y aún tendría que continuar sufriendo durante mucho tiempo una presencia que a cada instante le recordaba quién era, de dónde provenía y qué insoportable número de factores negativos condicionaban su existencia.

Verla así, afanándose en la colocación de los vestidos de santos y vírgenes y refunfuсando por lo bajo mientras dedicaba a cada estampa o muсeco una plegaria específica, le hacía tomar conciencia de que continuaba siendo «el hijo de una tonta, fruto del confesionario, amado de los "zamuros" y los buitres».