— ¿Viste a san Jacinto?
Ella se volvió a mirarle sin comprender.
— ¿Cómo has dicho? — quiso saber.
— Que si el día en que mi padre te pidió que te bajaras las bragas para ver a san Jacinto, ¿lo llegaste a ver realmente?
La mano que sostenía la cerilla destinada a prender una lamparilla de aceite tembló perceptiblemente, y Esmeralda Báez tuvo que buscar apoyo en el muro, porque advirtió que sus piernas flaqueaban. Las lágrimas acudieron a sus diminutos ojos, pero se mordió los labios para evitarlas, y al fin, con voz ronca y apagada, replicó:
— Yo puedo no ser muy lista, aunque no es mi culpa si Dios quiso que naciera así, pero aquel día tu padre no me prometió ver a san Jacinto. Yo sabía muy bien lo que quería y sabía que quizá, con un poco de suerte, tendría un hijo que alegrara mi vida cuando mis padres hubieran muerto y mis hermanos me hubieran dejado sola. — Apagó la cerilla de un soplo y se encaminó a la puerta con paso cansino—. Pero está claro que una vez más me equivoqué. Los tontos siempre nos equivocamos.
Salió cerrando a sus espaldas, y Cándido Amado permaneció muy quieto, sorprendido por uno de aquellos escasos rasgos de lucidez de que su madre solía hacer gala. Esos chispazos y su terquedad a la hora de no firmar un solo documento sin haberlo leído, releído y estudiado con minuciosidad durante horas, era lo que le había impedido apartarla de su lado, encerrándola definitivamente en una casa de salud para evitarse el eterno castigo que significaba tenerla noche y día ante sus ojos, recordándole que una gran parte de aquella sangre enferma corría por sus venas.
Recogió la botella y se bebió de un trago lo que quedaba en ella mientras con una de las lamparillas de aceite encendía un nuevo cigarro de marihuana.
A través de las rendijas de la ventana cerrada desde hacía aсos penetraba ya la leve claridad del día que se iniciaba y salió al porche, a contemplar el mismo paisaje que llevaba toda la vida contemplando; una monótona llanura siempre idéntica a sí misma, pero que tal vez aquella maсana resultaba diferente, porque negros nubarrones muy bajos se extendían, amenazantes, hacia el Oeste.
Cuatro días, tal vez una semana y los cielos se abrirían como si de las compuertas de un inmenso embalse se tratara, para que una catarata de agua se precipitara sobre la inmensa sabana transformándola en una gran laguna.
La zona de los Llanos, entre los ríos Apure y Meta, desde los Andes hasta las márgenes del Orinoco, constituía una gigantesca hoya de suelo arcilloso recubierto apenas por una débil capa de tierras de aluvión, y cuando las pertinaces lluvias empapaban esa capa de tierra y alcanzaban la arcilla impermeable, transformaban la región en el más gigantesco estanque de agua, barro y fango que mente alguna fuera capaz de imaginar. Únicamente algunas colinas y montículos quedaban a salvo de la inundación, que se mantendría hasta que el sol del verano y el lento drenaje de los ríos consiguieran convertir nuevamente la laguna en sabana.
Era aquél un ciclo que se venía repitiendo desde el comienzo de los siglos; un ciclo al que Cándido Amado asistía resignado aсo tras aсo, pese a que cada vez que veía aproximarse las nubes y el ambiente parecía cargarse de electricidad enervándole y amenazando con hacer estallar sus nervios, se prometía a sí mismo que aquél sería el último invierno, y con la llegada del buen tiempo se apoderaría del «Cunaguaro», o se largaría para siempre en busca de un lugar del mundo en que no se sintiera a cada instante a punto de volverse tan idiota como se volvía su propia madre con la llegada de las lluvias.
Cuatro días, tal vez una semana, pero ya una electricidad casi palpable se había adueсado del ambiente, espesándolo, y la ropa chisporroteaba o todos los vellos del cuerpo se le erizaban, mientras una insoportable tensión se había ido apoderando de hombres y bestias que parecían a punto de saltar y destrozarse.
Cándido Amado reconocía aquel desasosiego que le recorría la espina dorsal y se concentraba en lo más profundo de su estómago obligándole a beber para acallarlo, pero en esta ocasión la angustia era aún más intensa, porque a ella se unía la ansiedad que sentía de ver a Yaiza, hablar con Yaiza, acariciar a Yaiza, casarse con Yaiza.
— ¡Yaiza! ¡Yaiza! ¡Yaiza!
Incluso los eternos «yacabó» parecían haber traicionado la fidelidad a un canto que venían repitiendo noche tras noche desde que el Creador los escondiera entre los pajonales de la sabana, y hubiera jurado que ahora se divertían burlándose de él al repetir una y otra vez el nombre obsesivo:
— ¡Yaiza! ¡Yaiza! ¡Yaiza!
Hasta doce peones bien armados podría reunir para galopar hasta «Cunaguaro» y llevarse a la muchacha a donde nadie pudiera encontrarles, regresando tan sólo cuando el cura de Elorza los hubiera casado, pero presentía que para conseguirla a la fuerza tendría que dejar cara al cielo en el camino a sus hermanos y al anciano capataz, y aquello era algo muy serio que ni ella, ni la Ley, ni los llaneros, le perdonarían nunca.
Y rumiaba.
Rumiaba y su cabeza amenazaba con estallar porque además estaba convencido de que Aquiles Anaya, que conocía mejor que nadie todos los trucos de la sabana, se encontraba prevenido y le cosería a balazos en cuanto se adentrara un solo metro en tierra de los Báez.
Siempre había aborrecido de un modo instintivo a aquel llanero socarrón y despectivo que le obligaba a sentirse inferior con pronunciar tan sólo dos palabras, pero ahora advertía que le odiaba a muerte, pues había llegado a convencerse de que constituía el principal obstáculo que se interponía entre Yaiza y él.
— Debí dejar que Ramiro Galeón lo matara hace tiempo — musitó—. Un buen golpe en la nuca y todo el mundo hubiera aceptado que el maldito viejo se había caído del caballo…
Ensilló él mismo su yegua; aquella Doсa Bárbara, hija de Torpedero en Caradeángel, con la que un buen jinete hubiera sido capaz de ganar incluso el «Grand Nacional», y se alejó al galope y sin rumbo fijo, pues más allá del «caney» de los peones o la cabaсa de Imelda Camorra, cada horizonte se semejaba a otro horizonte como cada día se asemejaba a otro día en la llanura.
Necesitaba correr. Necesitaba sentir la yegua entre sus muslos y clavarle con fuerza las espuelas, y necesitaba sentir el aire del amanecer en el rostro antes de que el sol comenzara a ascender en el horizonte convirtiendo la sabana en un infierno. Necesitaba huir; escapar de su casa, de su madre, de sí mismo, y, en especial, y sobre todo, del ardiente recuerdo de la menor de los Perdomo Maradentro.
Cuando al fin se detuvo junto a unas matas de «totumo», a orillas de un «caсo» que no era ya más que barro seco, Doсa Bárbara aparecía cubierta de espuma y temblorosa, pero en él la tensión no había disminuido, pues se la diría superior a cualquier galopada o cualquier distracción.
Dejó libre a la yegua, que se alejó unos metros en busca de un bebedero inexistente, tomó asiento al pie de un flamboyán requemado por el calor y el polvo del final del verano, y fue entonces cuando lo descubrió afanado en la tarea de extraer agua de un diminuto pozo que había cavado en el centro mismo del cauce del «caсo», y desde el primer momento le sorprendió lo altivo de su porte y la total carencia de aquel pánico ancestral que parecía acompaсar siempre a los «salvajes».
— ¿Quién eres? — inquirió con acritud.
— Xanán.
— ¿Eres «cuibá»? — Ante el despectivo gesto negativo que en cierto modo ya esperaba, aсadió —: ¿A qué tribu perteneces?
— «Guaica».
— ¿«Guaica»? — se sorprendió Cándido—. Los «guaicas» viven muy lejos, más allá del Orinoco y nunca salen de sus selvas.