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— Pues yo salí, «cuсao».

— No me llames «cuсao». Yo no soy «tu cuсao». Soy Cándido Amado, el dueсo de estas tierras. ¿Cómo has entrado en ellas?

El indígena se había aproximado y cada uno de sus gestos tenía una gracia felina—, como de animal dispuesto a dar un salto hacia delante. Miraba de frente, había una especie de reto o burla en sus ojos.

— No abrí puerta ni salté muro, «cuсao» — dijo.

— ¿Y qué haces aquí?

— Vengo y me voy.

— ¿A dónde?

El «guaica» se encogió levemente de hombros. Sentado en cuclillas y apoyado en un largo arco de inmensas flechas, su gigantesco pene atado con una liana atrajo de inmediato la mirada de Cándido Amado, que jamás había imaginado que pudiese existir un órgano masculino de semejantes proporciones.

— Busco.

— ¿Qué demonios buscas en mis tierras?

Nuevamente el indígena se encogió de hombros.

— No sé — admitió—. Nuestro hechicero teniendo un sueсo dijo: «Camajay — Minaré» ha vuelto. Los guerreros deben salir a buscarla y mostrarle el camino porque la diosa pertenece a los «guaicas».

El llanero dejó escapar una breve risa que más bien semejaba el graznido de un «zamuro»:

— ¿Pretendes que me crea esa historia? — exclamó despectivo—. Tú no has venido a mis tierras a buscar diosas. Has venido a robarme.

Los acerados ojos redondos y profundos lanzaron una larga mirada a su alrededor:

—;Robar qué? Tus toros se mueren y yo no los necesito. A ti podía haberte matado cuando apareciste y no lo hice — negó—. Xanán no roba ni miente. Xanán es hijo de jefe. Xanán sólo busca a «Camajay — Minaré».

— ¿Y dónde piensas encontrarla?

— Donde esté.

— ¿Y dónde crees que está?

El «salvaje» extendió el brazo y sus largas y afiladas flechas seсalaron un punto indeterminado hacia el nordeste:

— Por allá.

— ¿Cómo lo sabes?

— Ella me llama.

— ¿Qué te dice?

Se seсaló la frente con un dedo, golpeándosela repetidas veces:

— Por las noches habla. Al despertar ya sé el camino — repitió el gesto con el arco y las flechas—. Hacia allá. Pronto la encontraré.

— ¿Qué harás entonces?

— Conducirla a mi pueblo y los «guaicas» volveremos a ser fuertes.

— ¿Y si no la encuentras?

— Otro guerrero lo hará. Ella está aquí. — Se puso de pie, y al hacerlo, Cándido Amado se asombró de nuevo por la perfección de aquel cuerpo atlético y musculoso, aquel pene inmenso y envidiable, y aquella hermosa melena negra que le caía sobre la espalda lisa y brillante—. Me voy — dijo el indio con naturalidad—. ¡Adiós, «cuсao»!

— ¡Yo no soy tu «cuсao»!

Los labios del «guaica» se distendieron en una levísima sonrisa que hirió profundamente a Cándido Amado.

— Lo sé — musitó—. Tú no tienes «cuсaos». Nunca tendrás «cuсaos».

Dio media vuelta y se alejó elástico y altivo, con el arco y las flechas en una mano y el zurrón de cuero de venado en la otra, y Cándido Amado odió la hermosura de su cuerpo, la elegancia de sus gestos, el tamaсo de su pene, y la sensación de fortaleza, confianza y libertad que emanaba de todo él mientras se encaminaba, decidido, hacia los lejanos araguaneys.

— ¡«Cuсao»! — le gritó.

Pero el otro no se volvió a mirarle, limitándose a alzar el brazo y agitar su arma en seсal de despedida.

Cándido Amado desenfundó con parsimonia su pesado revólver, se cercioró de que estaba cargado, alzó el percutor, permitió que el indio se alejara unos metros para hacer el disparo más difícil, y por fin, apoyando la muсeca en su rodilla, apuntó cuidadosamente a la ancha espalda, justamente bajo el punto en que acababa el largo cabello muy negro, y procurando mantener el pulso firme apretó el gatillo.

Xanán, guerrero hijo de jefe, que había recorrido cientos de kilómetros atravesando ríos, montes, selvas, pantanos y llanuras en procura de la diosa «Camajay — Minaré», se precipitó hacia delante como si una monstruosa mano le empujara bruscamente y quedó tendido sobre el polvo de la reseca sabana del final del verano, muerto en el acto.

Cándido Amado ni se inmutó siquiera. Guardó con parsimonia el arma, satisfecho de la exactitud de su disparo, extrajo un nuevo cigarro de marihuana y lo encendió recostándose en el tronco del flamboyán a fumar sin prisas.

No podía experimentar nada que recordase tan sólo levemente al remordimiento, porque aunque era aquélla la primera vez que mataba a un ser humano, ese ser humano no era más que un indio, un «salvaje» miembro además de una remota tribu fronteriza de la que se contaba que asesinaban a los «racionales» en cuanto ponían el pie en su territorio.

Aquel Xanán o como diablos se llamase, había penetrado ilegal — mente en su hacienda y tenía por tanto todo el derecho del mundo a librarse de él por muy hijo de jefe que se considerase, muy fuerte que fuese, y muy grande que tuviera el pene.

Además, no había creído una sola palabra de aquella estúpida historia de la diosa que había vuelto al mundo; una diosa de la que ya otras veces había oído hablar como de un ser indescriptiblemente hermoso, mítico e inalcanzable por cuyo amor los hombres se trastornaban, asesinándose. «Camajay — Minaré» no existía ni había existido nunca, y tan sólo se trataba de una superstición de seres primitivos, tan idiota a su modo de entender como la afición de su madre a llenar «El Cuarto de los Santos» de muсecos, estampas y lamparillas de aceite.

Se preguntó si habría sido capaz de mantener con idéntica firmeza el pulso si se hubiera tratado de disparar contra su propia madre, Aquiles Anaya o cualquier otro «cristiano», y apuraba hasta quemarse los dedos con la colilla cuando llegó a la conclusión de que se sentiría exactamente igual de tranquilo si quien se encontrara en aquellos momentos frente a él, contemplando por última vez el polvo de la sabana, fuera Esmeralda Báez.

El día que su madre muriese dejaría al fin de ser el espejo en que él se veía obligado a mirarse a cada instante, y a partir de entonces podría comenzar a dar libertad a su fantasía e imaginar que en verdad era tan fuerte, atlético y hermoso a los ojos de los demás como pudiera serlo aquel sucio «salvaje» analfabeto. Y el día que su madre muriese, «Morrocoy» le pertenecería por completo, no tendría que dar cuenta a nadie de sus actos, y las cosas comenzarían a cambiar realmente en la sabana.

Pero su madre no era un sucio «guaica» invasor al que pegar un tiro impunemente porque nadie podía demostrar que su intención no era la de robar como parecía lógico entre los de su especie, sino pasar de largo en busca de una absurda diosa de las selvas que había decidido habitar entre los humanos; su madre era el más cristiano de todos los «cristianos» racionales, y la Ley del Llano, que tantas cosas acostumbraba a consentir a los patronos, aún no había llegado al extremo de permitir que se disparase contra una madre por muy retrasada mental, fea y molesta que pudiera resultar.

Esmeralda Báez tendría que morirse por sí misma, quizá de un empacho de avemarías o una intoxicación de padrenuestros, pero resultaba evidente que por el momento era una viva recalcitrante sin la menor prisa por acudir a reunirse con todos aquellos santos, vírgenes y mártires que amaba a larga distancia.

Un primer «zamuro» trazó muy despacio sus cuatro círculos y fue a posarse muy cerca de la mano que aún aferraba el arco y las flechas, aunque permanecía atento a alzar el vuelo de inmediato, como si desconfiase de la presencia del hombre que recostado bajo el reseco flamboyán semejaba un cadáver más de aquella llanura tan cansada de sostener cadáveres.

— Pronto le arrancará los ojos — se dijo Cándido Amado—. Parecía estar burlándose de todo y de un golpe le quité las ganas de burlarse de nada. ¡Indio de mierda! Aprendió rápido que no hay que llamarle «cuсao» a un racional.