Se sentía bien, tranquilo, relajado y satisfecho, sin apartar la vista del ave carroсera que se encontraba a punto ya de iniciar su festín de carne humana, e incluso le guiсó un ojo.
— ¡Los huevos! — musitó como dándole una orden—. ¡Cháscale la pinga y los huevos para que no ande por ahí haciendo exhibiciones!
Pero el negro pajarraco no obedeció, sino que alzó el vuelo para ir a desaparecer más allá de las matas de «totumo», asustado sin duda por la presencia del gran caballo marmoleado de Ramiro Galeón, que caracoleó nervioso cuando su dueсo le obligó a detenerse junto al cuerpo aplastado contra la tierra de la sabana.
— Escuché el disparo — seсaló el estrábico sin desmontar—. Y temí que le hubiera ocurrido algo. ¿Quién es?
— Un merodeador.
— ¿«Yaruro» o «Cuiba»?
— «Guaica»
— ¿«Guaica»? — Se asombró el capataz del «Hato Morrocoy» desmontando y haciendo girar con el pie el cuerpo del indio para observarlo a gusto—. Nunca había visto ninguno. ¿Qué diantres hacía tan lejos de sus tierras?
— Robar.
— ¿Robar qué? No creo que pretendiera llevarse un toro en brazos hasta el Alto Orinoco. — Acudió a tomar asiento junto a su patrón, y juntos observaron el cadáver que ahora parecía contemplar fijamente los lejanos nubarrones del Oeste—. No debió matarlo — dijo—. Si su gente está cerca querrá vengarse. Puede que fuera explorador de una partida armada.
— Tranquilo — fue la respuesta—. Estaba solo.
— ¿Cómo lo sabe?
— El me lo dijo y esos salvajes no saben mentir. — Hizo una corta pausa y por último, casi burlonamente, aсadió —: Buscaba a «Camajay — Minaré» que ha vuelto a la Tierra.
— Sí. Ya lo sé.
Cándido Amado se volvió sorprendido a su capataz, que no se dignó mirarle a su vez, con la vista fija en el muerto.
— ¿Lo sabes? — inquirió—. ¿Qué mierda quieres decir con eso de que lo sabes? ¡No me envaines! ¿Quién lo dice?
— Todo el Llano lo dice. Los peones en el «caney», los indios en sus chozas, los «baqueanos» en los «botiquines», y las putas en el burdel. El Cielo y la Tierra se han inundado de presagios que lo anuncian: «La diosa ha vuelto y los hombres se matarán por ella.»
— ¡Pendejadas!
— ¿Pendejadas? — repitió el bizco indicando con el mentón hacia el zamuro que había ocupado su sitio junto a la cabeza del difunto—. Puede que tan sólo sea un sucio indio, pero usted se lo ha echado al pico por culpa de «Camajay — Minaré».
— ¡No fue por ella!
— ¿Por qué entonces?
— Era un ladrón.
— ¡Guá, patrón! No me eche a mí ese cuento. Los dos sabemos que no lo mató por eso. ¿Por qué fue?
— Se me antojó.
— Ya eso lo entiendo mejor, aunque usted nunca tuvo esos «antojos», y no me irá a decir que está preсado.
— Es la lluvia que no acaba de llegar. El que no entre el agua me altera los nervios.
— Y la carajita… La «guaricha» de «Cunaguaro».
— ¡Un respeto!
— Todos los respetos, pero andar por ahí ventilándose indios no es forma de resolver problemas de cono. — Ramiro Galeón se puso en pie, se aproximó a su inmenso caballo marmoleado que no se había alejado más de cinco metros y extrajo del «porsiacaso» una botella de ron que le alcanzó a su jefe—. Si tanto le interesa esa cuca, reúno a mis hermanos y se la traigo.
— ¿Tus hermanos? ¿Para qué necesitas a tus hermanos?
— Porque los peones del «Hato» no le «echan pichón» a nada. No tienen bolas. Hace falta gente arrecha a la que no le importe enfrentarse a la posibilidad de que Aquiles Anaya le pegue un tiro. Ese viejo del demonio no «masca» y para quitarle a la niсa necesito a mis hermanos.
— Si Goyo la ve, se la queda.
— ¡Seguro! Pero ni de vaina molestaría yo a Goyo por una pendejada semejante. ¡Me arrancaría las orejas!
Cándido Amado guardó silencio — o tal vez como siempre «rumiando» y resultaba evidente que la sola mención de Goyo Galeón había tenido la virtud de inquietarle—. Al fin comentó:
— Está bien. Si no llamas a Goyo lo pensaré.
— Como quiera. ¡Piénselo! Pero si no toma pronto una decisión, el agua la tomará por usted. No me lo imagino encerrado viendo caer los rayos, chupando ron y pensando en esa niсa. Ya está madura, y para el fin del invierno algún otro se la habrá enculado.
— ¿Quién?
— ¡Cualquiera! La presencia de una mujer así no pasa desapercibida. Unos peones la vieron cruzar a caballo; otros comentan que a usted lo ha «vajeado» la carajita del «Cunaguaro», y que lo tiene talmente «nefato» de lo buenísima que está. Eso despierta curiosidad, y ya algún calentón habla de irse a ofrecer como vaquero al «Hato» para estar cerquita de una «cuva» tan sabrosa. Los meses del invierno son largos y sobra tiempo para enredar a un virgo.
— ¡Mataré a quien lo intente!
— ¿Con qué derecho? No son indios ladrones de ganado. Estamos en la sabana, patrón, y aquí la mujer es del primero que se la coge y la sabe defender. Si usted no le «echa pichón», otro lo hará.
— ¿Por qué me «achuchas»? ¿Qué ganas con eso?
— No le «achucho». Sólo le advierto. Usted es el patrón y si no está contento todos pagamos las consecuencias. — Se puso en pie como si diera por concluida la charla—. ¿Quiere que mande a los hombres a enterrar al «salvaje», o se lo brindamos de almuerzo a los «zamuros»?
— ¡Déjale así! Los pobres bichos tienen derecho a cambiar de menú de tanto en tanto. No todo va a ser carne de toro… — Alzó el rostro hacia el otro que ya había subido a su caballo—. ¿Cuánto tardarías en hacer venir a tus hermanos? — quiso saber.
— Dos días. Tal vez, tres.
Cándido Amado consultó una vez mes el amenazante cielo.
— ¡Malditas lluvias! — exclamó.
— ¡No las maldiga! Si no entran, pronto no le quedará una vaca ni para la leche del desayuno… — Hizo una significativa pausa, le contempló desde lo alto de su cabalgadura y aсadió con marcadísima intención —: Pero si no lo hace antes de cuatro días, ni siquiera los Galeones seremos capaces de adentrarnos en ese barrizal en busca de su «novia». — Fustigó al animal, al que ya se le advertía con ganas de lanzarse a galopar llano adelante—. Me acerco hasta el «morichal» y luego sigo hasta el «caney», pero recuerde: si esta noche no ha tomado una decisión será demasiado tarde.
El gran caballo blanco y negro se lanzó hacia delante, pero antes de que se alejara una docena de metros, Cándido Amado alzó el brazo y gritó:
— ¡Espera! Ya he tomado la decisión. ¡Llama a tus hermanos! A todos menos a Goyo.
— ¡Usted manda, patrón!
La figura de Ramiro Galeón desapareció al instante oculta por la espesa columna de polvo que las patas de su caballo levantaban, y Cándido Amado quedó de nuevo a solas con el muerto y el «zamuro», aferrado a la botella de ron que el otro le había dejado, y tan ligero de ánimo como si la última orden que había dado a su capataz hubiera tenido la virtud de resolver toaos sus problemas. Estaba claro: los Galeones le traerían a Yaiza y él se la llevaría a Elorza, donde el cura los casaría sin protestas porque si se atrevía a rechistar Ramiro le volaría la cabeza. Luego, ya casados, se irían a pasar la luna de miel a algún rincón tranquilo, a orillas del Capanaparo, y dejarían pasar las grandes lluvias amándose a todas horas. A finales de octubre, con Yaiza embarazada, la familia se habría calmado y se pondría de su parte a la hora de exigir a Celeste Báez que le vendiera «Cunaguaro». Entonces él, Cándido, «el hijo de la tonta, fruto del confesionario, amado de los "zamuros" y los buitres», tendría la más bella esposa, la mejor casa y la más extensa hacienda entre el Apure y el Meta, y todos le mirarían con envidia y respeto cuando se levantara a dar su opinión sobre los precios del ganado, las disputas de límites o las nuevas Leyes del Llano.