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— Volverás a sentirlo.

— ¿Cuándo? A menudo tengo la impresión de que nos hemos enterrado para siempre aquí y jamás sabremos encontrar el camino de regreso.

Sebastián rió divertido.

— ¡Mira ese río que corre a espaldas de la casa! — dijo—. En cuanto empiece a llover se llenará de agua y te bastará subirte a un tronco para que te arrastre hasta el mar.

Asdrúbal Perdomo fue a decir algo pero de improviso se ir — guió dando un portentoso salto y quedó de pie en el centro de la estancia con los ojos casi desorbitados.

— ¿Te das cuenta de lo que has dicho? — casi gritó—. Cuando ese río crezca puede llevarnos hasta el mar. — Avanzó un metro y se arrodilló junto a la cama de su hermano—. ¡Piénsalo! — exclamó—. Si en lugar de ir en un tronco, lo hacemos en muchos, ¡muchos! troncos, llegaremos al mar en nuestro propio barco.

Sebastián tomó asiento, y en su mente comenzó a abrirse paso la idea que intentaban transmitirle.

— ¡Nuestro propio barco! — repitió—. ¿Me estás proponiendo que construyamos un barco al igual que hizo el abuelo?

— ¡Mejor! — fue la entusiasmada respuesta—. Mucho mejor, porque él tuvo que aprovechar los «jallos» que traía el mar, mientras que aquí disponemos de las mejores maderas del mundo. Por todas partes, en las márgenes de los ríos, o abandonados en medio de la llanura, aparecen troncos de roble, caoba, paraguatán, ceiba o samán… ¡Toneladas y toneladas de magnífica madera seca y lista para ser aprovechada…!

— ¡Pero nosotros nunca hemos construido un barco! No sabemos cómo se hace.

— Tampoco el abuelo sabía y el Isla de Lobos navegó treinta aсos — le hizo notar Asdrúbal—. Recuerdo el barco palmo a palmo y cuaderna a cuaderna. Sería capaz de dibujarlo con los ojos cerrados y no tenemos más que copiarlo.

— ¿Un velero? — se asombró su hermano—. Pretendes que construyamos un velero.

— ¿Por qué no? Para adaptarle un motor siempre estaremos a tiempo. El abuelo decía que si el Isla de Lobos no fuera tan viejo le acoplaría un motor — asintió convencido—. El nuestro lo tendrá.

— Pero muy pronto entrarán las aguas.

— ¡Mejor aún! Ya oíste a Aquiles: Tendremos meses para aburrirnos. ¡Bien! No nos aburriremos; construiremos un barco. — Había ido a tomar asiento en su propia cama y su mente trabajaba con rapidez—. Antes de que empiece a llover iremos a buscar la madera y la pondremos a cubierto. Luego alzaremos un cobertizo a la orilla del río y trabajaremos en él. Cuando suba la corriente no tendremos más que empujar el barco y ponerlo a flote.

Sebastián, cabeza de familia de los Perdomo Maradentro, meditó unos instantes. Había tanto entusiasmo en las palabras de su hermano que comprendió que sería capaz de nevar adelante aquel proyecto aunque tuviera que arrastrar él solo los troncos a través de la sabana. Al fin afirmó muy despacio:

— De acuerdo. Le pediremos permiso a Celeste, y si no se opone, maсana mismo salaremos a buscar esa madera aunque tengamos que llenarnos de piedras los bolsillos para que el maldito viento no nos lleve. — Golpeó con afecto la rodilla de Asdrúbal y sonrió—. ¡Bueno! — dijo—. ¿Cómo se va a llamar?

— Yaiza.

Pero Yaiza se opuso.

Le fascinó la idea de construir un barco, puesto que su mayor ilusión era que sus hermanos volvieran al mar y tal vez algún día pudieran regresar juntos a Lanzarote, pero se negó en redondo a que llevara su nombre alegando que eso tan sólo atraería la desgracia sobre él.

— No quiero que se nos llene de difuntos — concluyó con un levísimo deje de humor—. Yo creo que el nombre que mejor le cuadra es el de la familia: Maradentro.

— Está bien — aceptó Asdrúbal—. Me gusta el nombre. Se llamará Maradentro — Se volvió a su hermano—. ¿De acuerdo?

— De acuerdo — replicó Sebastián—. Aunque teniendo en cuenta que lo vamos a construir a mil kilómetros del mar, tal vez debiera amarse Tierradentro. Ahora tan sólo nos falta el permiso de Celeste… — Hizo una pausa—. Y construirlo.

Celeste Báez les dio permiso y puso a su disposición las cuadras, las herramientas y toda la madera aprovechable que pudieran encontrar dentro de los límites del «Hato», aunque lo primero que hizo fue advertirles que si la necesitaban muy seca tendrían que apresurarse a resguardarla antes de que comenzara a diluviar.

— Les ayudaré con la camioneta — concluyó—. Pronto tendré que regresar a la «Hacienda Madre» si no quiero arriesgarme a quedar empantanada, pero antes les echaré una mano.

— Junto al «morichal» que linda con «Morrocoy» hay un tronco inmenso en lo que debió ser tiempo atrás una laguna — seсaló Sebastián—. Estuve sentado en él un día en que me tiró el caballo. Sería una quilla perfecta.

— Al amanecer iremos a buscarlo.

— No creo que la camioneta pueda arrastrarlo.

— Inventaremos algo.

Lo inventaron, y fue un larguísimo y agotador día de trabajo bajo un viento que casi les lanzaba al suelo, un calor de horno, y un polvo amarillo y pegajoso que se agarraba a las gargantas, hacía llorar los ojos y se introducía en los oídos y las fosas nasales.

Resultó imprescindible el esfuerzo de todos, la colaboración de ocho caballos y la máxima potencia de la camioneta, para conseguir despegar el gigantesco tronco de casi veinte metros de su trampa de tierra y transportarlo a paso de procesión hasta el punto elegido para alzar, el cobertizo.

En especial a Asdrúbal se le diría atacado por el virus de una enfebrecida actividad, y desde el momento mismo en que puso manos a la obra pareció transformarse como si su infinita capacidad de trabajo aflorase de pronto ante el hecho de que trataba de construir un barco con el que lanzarse río abajo hacia el mar.

Se despojó de la camisa y su inmenso tórax y sus brazos que semejaban muslos impresionaron nuevamente a Celeste Báez, que en más de una ocasión quedó absorta y como idiotizada al observar cómo se contraía cada músculo de aquel cuerpo que parecía hecho de acero, y cómo con una sola mano era capaz aquel mocetón de cuadrada mandíbula de dominar al más rebelde y cerrero de los potros.

Nada parecía importarle; ni el viento huracanado y estruendoso, ni la pegajosa y cegadora polvareda, ni un sol que amenazaba chamuscarle los pensamientos, y el sudor corría por su velludo torso y su cuello de toro sin que reparara en ello, obsesionado por la certeza de que se estaba adueсando de la quilla de su nuevo navío.

El espíritu del abuelo Ezequiel, tan alejado últimamente «porque perdía el rumbo en aquellas sabanas», parecía haber regresado de improviso como si quisiera supervisar hasta el menor detalle del nacimiento de una goleta que sería gemela de la que él mismo diseсara tantísimos aсos antes, y Yaiza podía distinguirlo recostado en un merey observando con gesto aprobatorio el magnífico tronco de jabillo que habría de surcar las olas con tanta valentía como lo hiciera aquel que él encontrara un día en Roque del Este y toda una flotilla de chalanas tuvo que trasladar a las arenas de Playa Blanca.

Se repetía la historia y los Maradentro, pescadores desde el nacimiento de su estirpe volvían a sus orígenes al plantar los cimientos de su nuevo barco que algún día los llevaría al mar del que jamás debieron salir.

Era empezar de nuevo, renacer de sus propias cenizas, bucear en sus más puras raíces, y encontrar el punto de apoyo que les faltó desde el momento mismo en que el Isla de Lobos se fue al fondo arrastrando a Abel Perdomo que había sido hasta entonces el indiscutible cabeza de familia.

Al atardecer, cuando por unos instantes cambió el viento y el sol se dio una noche de descanso en su tarea de abrasar la llanura, Asdrúbal tomó asiento en uno de los escalones del porche no lejos de donde lo hacía el abuelo aunque él no pudiera verlo, y acarició la mano de su madre que permanecía en pie a su lado.