Derribado por su caballo, que se perdía en la distancia, desbocado y sin rumbo, Ramiro Galeón asistió incrédulo y horrorizado al espantoso fin de sus hermanos y a la salvaje masacre que las bestias estaban provocando entre las que tenían la mala fortuna de tropezar, y tan sólo cuando los cuartos traseros del último animal se perdieron de vista en el pajonal y el viento arrastró lejos la polvareda, reunió fuerzas suficientes como para arrodillarse sobre la menos lastimada de sus piernas y alzar los estrábicos ojos hacia la niсa — mujer que se había detenido frente a él y le observaba con fijeza:
— ¿Cómo has podido hacerlo? — musitó Ramiro roncamente—. ¿Cómo?
Yaiza Perdomo no dijo una palabra. Se limitó a mirar largamente a aquel hombre que era la más pura estampa de la desesperación, el temor y el desconcierto, y paseando luego muy despacio la vista por la multitud de ensangrentados guiсapos que cubrían la llanura y habían sido hasta minutos antes seres vivos, agitó tristemente la cabeza, giró sobre sí misma y emprendió muy despacio el regreso hacia la casa.
Bandadas de negros «zamuros» acudían desde los cuatro puntos cardinales a disputarse la carroсa.
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Yaiza se encerró en su habitación, y su madre y sus hermanos parecieron comprender que en aquellos momentos prefería quedarse sola.
Desde la ventana distinguía las bandadas de aves carroсeras que se cebaban en los destrozados cuerpos que la masacre había desparramado por la llanura, y le constaba que entre aquel revoltijo de carne desgarrada se encontraban los cadáveres de cuatro hombres; cuatro hermanos que habían encontrado la muerte por su causa.
No quería tener en cuenta que aquellos hombres fueran los temidos Galeones, cuatreros, ladrones y asesinos de los que la Humanidad necesitaba librarse, ni se detenía tampoco a meditar en el hecho de que estaban decididos a lanzarle encima una manada de toros cimarrones. Para Yaiza lo único que importaba era la certeza de que una vez más había sido la causante del trágico fin de unos seres humanos, y aquélla venía siendo una constante que se repetía en su vida con obsesiva insistencia.
Cualquier razonamiento que tratara de hacer resultaba por tanto inoperante, pues concluía por estrellarse contra el hecho innegable de que allí, a setecientos metros de la casa, Asdrúbal, Sebastián y Aquiles Anaya se afanaban en depositar sobre la camioneta que conducía Celeste Báez los restos de cuatro difuntos que habrían de enterrar en confuso revoltijo en una polvorienta fosa común.
Tuvo que escuchar luego durante casi toda la noche cómo arrastraban llano adentro cadáveres de toros y caballos, mientras los faros iluminaban fantasmagóricamente la sabana tapizada de ensangrentados bultos que a menudo aún se agitaban, y eso le producía un insoportable dolor avivado por el hecho de que abrigaba la seguridad de que aquella escena habría de perdurar en su memoria hasta el fin de sus días.
Buscó en la imagen que le devolvía el espejo razones válidas para el cúmulo de desgracias que la seguían de continuo, y no acertó a distinguir más que un rostro triste y fatigado, unos ojos enrojecidos por el llanto, y unos hombros que empezaban a sentir el tremendo peso de la absurda carga de muertos que el destino estaba arrojando sobre ellos.
Se fue estirando la noche, no disminuyó el calor, pero sí aumentó la tensión de un ambiente excesivamente cargado de electricidad, y advirtió cómo chorros de un sudor que manaba lentamente de cada poro se deslizaban a lo largo de su cuerpo mientras un silencio angustioso heredaba el lugar que hasta poco antes había ocupado el tétrico runrunear del motor que alejaba los restos de las reses.
La casa estaba muy quieta; el viento debía haberse alejado arrastrando muy lejos las almas de los cuatro jinetes, y ni siquiera los «yacabó» cantaban en el pajonal, como si a ellos también les hubiera impresionado la magnitud de la tragedia que había tenido lugar en la sabana.
El primer resplandor arrastró de un manotazo las tinieblas, y a su deslumbrante fulgor pudo distinguir a Abel Perdomo que la observaba sentado en la afta silla del rincón.
El rayo partió en dos una palmera a un tiro de piedra de su ventana, y el horrísono estruendo estremeció la casa que por una décima parte de segundo pareció haber sido desgajada de sus cimientos y lanzada a Tos aires por una fuerza irresistible.
Entraba el agua.
Entraba el agua y entraba anunciando su llegada con la más espectacular de las tormentas, pues al primer resplandor siguieron cientos y el primer rayo precedió a un ejército furioso que asaeteó la sabana rompiendo a su vez el cielo en mil pedazos, de modo que durante casi tres horas hubo más luz que sombras en la noche, más ruido que silencio, y más temor a un final apocalíptico que alegría por el término de la larga sequía.
Cansadas de correr las bestias reiniciaron sin embargo la estampida, pero desparramadas como se encontraban por la llanura, cada una se lanzó locamente en una dirección distinta y a los toros y vacas se unieron los caballos salvajes, los ágiles venados, los temibles jaguares e incluso los asustadizos «chigьires», mientras rayos asesinos iban eligiendo aquí y allá a sus víctimas y todo a lo largo y ancho del cajón del Arauca quedaba sembrado de calcinados cadáveres humeantes.
Llovía.
Llovía, pero nadie se atrevería a afirmar que era lluvia lo que caía del cielo, porque aquel cielo cuarteado por los rayos derramaba sobre la tierra todo el inmenso mar que había estado atesorando durante largos meses.
Lluvia eran gotas, pero lo que se precipitaba sobre la gran llanura no eran gotas, sino un ininterrumpido chorro de agua semejante a una cascada de mil metros de altura, a través de la cual el fulgor de los relámpagos cobraba a veces fantasmagóricas tonalidades, y sentados uno en la cama y otro en la silla, Yaiza y su padre contemplaban en silencio el portentoso espectáculo de aquella Naturaleza desmelenada.
No hablaban porque entre ellos no eran necesarias las palabras, y a Yaiza le bastaba con verle y saber que estaba haciéndole compaсía y protegiéndola, mientras con los ojos se decían todo cuanto hubieran deseado decirse durante los largos meses que permanecieron separados.
Abel Perdomo no se quejaba y no era un muerto desorientado como solían serlo los que a menudo la visitaban, pues había sido un hombre que eligió el fin que tuvo, consciente de que con su desaparición salvaba a los seres que amaba.
Abel Perdomo estaba bien donde estaba, a la espera paciente del día en que Aurelia quisiera reunírsele, y si no había venido antes a decírselo fue porque no quiso ser un muerto más de los que de continuo inquietaban a su hija.
Abel Perdomo volvió cuando se le necesitó y, ahora, en aquella terrible noche interminable, brindaba su apoyo y se mantenía a la espera tal vez para evitar que otros muertos más recientes pretendieran hacer acto de presencia.
Y siguió lloviendo.
Llovió y llovió incluso cuando una lechosa claridad había vencido ya el resplandor de las centellas, y sobre la llanura ahora empapada de la que el viento había huido destacaban los hinchados cadáveres de las bestias muertas por la estampida, los rayos, o el invencible miedo que las había nevado a caer reventadas más allá de los lejanos araguaneys en los que comenzaban las tierras de «Morrocoy».
Y seguía lloviendo cuando entrado el día Ramiro Galeón se aventuró a abandonar el minúsculo refugio en el que había pasado la noche más alucinante de su existencia, para buscar, renqueante y empapado, el camino de regreso a su «caney».
Jamás hubiera imaginado que una distancia que tantas veces recorriera a caballo pudiera alargarse de aquel modo, porque una pierna le dolía cediendo de improviso y obligándole a caer de tanto en tanto, y el barro que comenzaba a formarse en la sabana se aferraba a sus botas como si intentara clavarle al suelo para siempre.