Выбрать главу

Maldiciendo, gimiendo, aullando o llorando por el recuerdo de sus hermanos pisoteados por mil vacas, avanzó arrastrándose, levantándose de nuevo o gateando, y cubierto de barro de los pies a la cabeza — aquel al que no abatían las balas — daba tumbos como un borracho por un llano azotado por el agua.

Y tenía miedo.

El, que se había enfrentado tantas veces a la muerte viniera disfrazada de sequía, inundación, hombre o bestia, sentía ahora miedo porque comprendía que aquella terrorífica muerte que en cuestión de segundos se había adueсado de sus hermanos, nada tenía en común con cuantas le habían rondado a lo largo de su aguadísima existencia.

¿De dónde había surgido?

Había pasado la noche en vela viendo caer los rayos y la lluvia y escuchando el galopar de las bestias enloquecidas, preguntándose una y otra vez cómo era posible que sus cuatro hermanos — ¡los cuatro! — , acostumbrados desde niсos a robar reses y lidiar con toros cimarrones o vacas resabiadas se hubieran dejado sorprender por la estampida sin que tan sólo uno de ellos consiguiera ponerse a salvo.

Ramiro Galeón sabía por experiencia que cuando una punta de ganado se «barajustaba» sin razón aparente, cada animal emprendía la huida sin rumbo fijo, pero podría creerse que en aquella ocasión un infranqueable muro de cristal había frenado su lógica progresión, y ni tan siquiera un toro o la más inofensiva de las becerras había osado atravesar una línea imaginaria, más allá de la cual Yaiza Perdomo y él mismo se encontraban.

Gracias a ello seguía con vida, y pese a que estaba habituado al hecho de que siempre escapaba ileso de los infinitos problemas en que se había metido, se le antojaba milagroso que, desmontado y a menos de cincuenta metros de la manada, ni una sola de aquellas fieras cornilargas hubiera decidido arremeter contra él.

La escena pasaba una y otra vez por su mente, tan confusa como la más absurda pesadilla — polvo, viento, mugidos, y los gritos de Florencio, que fue el único al que dieron tiempo de comprender que lo mataban—, pero no era la estampida en sí lo que con más insistencia volvía a su memoria, sino la imagen de la muchacha del traje rosa, cuya presencia parecía haber provocado tan terrible tragedia.

¿Estaba sola?

Ramiro Galeón tenía la absoluta seguridad de que sola había salido de la casa y sola había avanzado por la sabana hasta casi donde él se encontraba, y pese a la certeza de que nadie podía habérsele unido surgiendo de la nada en una llanura sin accidentes, como entre sueсos se le aparecía en ocasiones la figura de un hombre alto y fuerte que la tomaba de la mano.

¿Qué explicación tenía?

¿De que rincón perdido de su cerebro nacía aquella imagen, si estaba claro que cuando todo había pasado y se le aproximó hasta casi tocarle no había nadie con ella?

Vio cómo se alejaba de regreso a la casa, y cómo de ésta surgían, angustiados, su madre y sus hermanos, pero estaba convencido de que ningún hombre alto y vestido de dril rondaba por los alrededores, y aquella aparición era fruto tan sólo de su mente trastornada.

¿Ó era aquél un «Espanto de la Sabana» de los que hablaban los viejos llaneros y de los que se aseguraba que hacían acto de presencia precediendo a las desgracias?

Pero nadie tenía noticias de un «Espanto de la Sabana» a plena luz del día, porque ni tan siquiera el «Anima Sola», la «Llorona» o «El Bongó del Diablo», por nombrar a tres de los más afamados, habían tenido nunca la osadía de presentarse ante cristiano alguno mientras brillaba el sol.

— Fue imaginación — se dijo, tratando de calmarse a sí mismo—. Al caer me golpeé la cabeza, y al igual que otros ven las estrellas, yo vi a un hombre que la llevaba de la mano.

Pero estaba asustado.

Reiniciaba su dolorosa peregrinación camino de «Morrocoy», pero no podía evitar volver de tanto en tanto la cabeza a cerciorarse de que un gigante de cuadradas espaldas no surgía de pronto de la tierra empapada a enviarle una nueva desgracia.

Seguía lloviendo.

El agua era como un millón de cortinas que se interpusieran entre él y su destino; los rayos continuaban buscando las copas de «moriches» y «chaguaranos» como objetivo de su furia, y llegó a preguntarse por qué razón uno de ellos no le escogía como víctima, poniendo así colofón a todas sus desgracias.

Pero también los rayos le respetaban, y poco a poco se fueron alejando con su acompaсamiento de truenos y chasquidos, para que al fin el diluvio degenerara en una mansa llovizna sin aspavientos, que le permitió fijar el rumbo y llegar jadeante y destrozado a la vista de la casa.

Cándido Amado le aguardaba en el porche. La tarde anterior había visto llegar el caballo marmoleado y comprendió al instante que algo terrible tenía que haber ocurrido para que un jinete como Ramiro Galeón hubiera sido desmontado. Luego pasaron algunos toros desmandados, a lo lejos distinguió la nube de polvo que alzaban otros muchos en la loca carrera, y cuando cayó la noche y estalló la tormenta, abrigó absoluta certeza de que había perdido a los hombres y al ganado.

Con el día, la llanura sin límites que circundaba la casa se quedó incluso sin horizontes a causa de la lluvia, y ahora que ésta disminuía, todo lo que alcanzaba a contemplar era la doliente y derrotada figura de Ramiro Galeón que se acercaba.

— ¿Qué pasó?

— Murieron todos. Ceferino, Nicolás, Florencio y Sancho. ¡Todos! Los «mautes» se «barajustaron» y no tuvieron tiempo ni de rezar un padrenuestro. ¡Todos, patrón! Mis cuatro hermanos.

— ¿Y ella? ¿Y Yaiza?

— Ella fue la culpable. En cuanto se aproximó, el ganado inició la atropellada como si estuviera venteando al mismísimo demonio.

— ¿La mataron?

— ¿A ésa? A ésa no se atreve a tocarla ni el «bigarro» más arrecho. — Se había dejado caer sobre los escalones, incapaz de dar un paso, y apoyando la espalda en uno de los postes alzó un desencajado y sucio rostro que parecía haber envejecido en horas—. Esa bruja es una «ojeadora» que ha hecho un pacto con las bestias y el Infierno.

— ¡No digas pendejadas!

— ¿Pendejadas? — Con un significado gesto de la mano, el estrábico se indicó a sí mismo de los pies a la cabeza, y por último seсaló hacia la llanura—. ¿Es esto una pendejada? ¿Lo es que a mis hermanos los hayan dejado como mascada de tabaco, o esa sabana esté sembrada de toros destripados? — Negó con un violento gesto de cabeza—. ¡No! No era fácil acabar con los Galeones, y ella acabó de un solo carajazo.

Cándido Amado, cuyas manos temblaban de modo perceptible, tomó una botella de ron, llenó hasta el borde los dos mayores vasos que encontró, y entregando uno a su capataz se bebió el otro de un golpe.

— Cuéntamelo despacio — pidió, tomando asiento frente a él—. Aún no he conseguido enterarme de qué es lo que pasó.

Ramiro Galeón bebió a su vez, se limpió la boca con el antebrazo, alargó el vaso para que se lo llenara de nuevo, y tras un hondo suspiro, con el que pareció serenarse y reencontrar el hilo de sus ideas, replicó:

— Tal como usted ordenó, nos echamos al monte y juntamos el ganado que pastaba entre las matas de totumo donde usted tumbó al indio y el «lambedero» del Noroeste. Casi la mitad de los toros del «Hato». Pasado el mediodía nos presentamos ante la casa y le transmití a Aquiles su recado. Al rato, cuando el plazo se cumplía salió ella. Hasta ese momento todo iba «chévere», porque aunque los «mautes» estaban algo inquietos, mis hermanos conseguían sujetarlos. Pero en llegando ella como de aquí al «caney», fue como si la atómica hubiera estallado entre las patas de los bichos, que se echaron pa'trás, y ésa fue la «rochela» más arrecha que yo haya visto en mi vida. Al primer envite aplastaron los caballos, y cuando quise darme cuenta ya no quedaba más que aquel muertero y la caraja, que me miraba como si yo fuera un pendejo por haber intentado echarle semejante lavativa. — Apuró de un trago su ron—. ¡Lo sabía! Estoy seguro de que lo sabía, porque ni un solo momento tuvo miedo.