— ¿Y mi prima Celeste?
— La vi de lejos. — Chascó la lengua, incrédulo—. Y me sorprendió que ni ella ni Aquiles vinieran a retarme cuando me supieron desmontado y cojeando.
— ¿Estás seguro de que te vieron?
— ¡Guá! ¿Pues no iban a verme? ¡Ni ciegos que fueran! Yo estaba como de aquí a la cabaсa de Imelda, y salieron a comprobar que de mis hermanos no quedaba ni envoltura. Me fui alejando y me miraban. Les hubiera bastado con echar mano a un rifle y ahí mismo fe me tumban como a tigre renco. ¡Menudo «tiro — fijo» es Aquiles Anaya!
— Si saben que estás vivo, mandarán a la Justicia a por ti.
— ¡Y a por usted, patrón! ¡Y a por usted! Al fin y al cabo es siempre el patrón quien da las órdenes. — Agitó la cabeza con gesto de incredulidad—. ¡Vaina de carajita! — exclamó—. Hay que ver cómo nos embromó la vida.
— Tienes que irte.
Ramiro Galeón contempló incrédulo a Cándido Amado.
— ¡Menuda noticia! Ya sé que me tengo que ir porque la Guardia Nacional vendrá dispuesta a enchironarme, así que en cuanto usted me suelte la plata, agarro mis «macundos» y me va a faltar sabana hasta llegar a Colombia.
— ¿Plata? ¿Qué plata?
— La que me va a dar para que yo me eche encima toítos los muertos y no lo encierren en mi misma celda. Y la que me va a dar por mis hermanos. Diez mil «bolos» por cada Galeón atropellado, y otros diez mil por éste, que sigue vivo. En redondo, cincuenta mil bolívares con los que podré fundar mi propio «Hato» allá en Colombia.
— ¿Cincuenta mil bolívares? — se espantó Cándido Amado—. ¿Te has vuelto loco?
— ¿Loco? — fue la asombrada respuesta—. ¿Es que valen menos las vidas de mis hermanos? ¿Es que no lo valen veinte aсos de cárcel o tener que abandonar mi patria para siempre? Fue usted quien se enconó con esa «cuca» sin haberla olido siquiera, y quien organizó este «zaperoco». Fue usted quien ordenó que la trajera o los matara a todos, y era usted quien se beneficiaba si las cosas salían bien. Pero salieron mal, y lo lógico es que también pague las consecuencias. — Se encogió de hombros, como dando por concluida la conversación—. Ha sido un mal día — admitió—. Yo he perdido cuatro hermanos y mi trabajo, y usted ha perdido a esa carajita y cincuenta mil bolívares…
— ¡Pero no dispongo de tanto dinero! — protestó Cándido Amado.
El bizco le miró de medio lado, entre molesto y burlón.
— ¡Vamos, patrón! ¡No me venga con vainas! Yo sé cuántas veces hemos vendido — ganado suyo o de «Cunaguaro»—, y cuántas veces ha vuelto a casa con un saco repleto de billetes, «fuertes» de plata, e incluso «morocotas» de oro puro. Y también sé que jamás le vi ir con ellas a parte alguna, de modo que ahí dentro debe tener más de cien mil bolívares, si la memoria no me falla. — Se puso en pie apoyándose en el poste, y dejó a un lado su vaso vacío—. Voy a lavarme un poco, recoger mis «corotos» y ensillar.
Si cuando vuelva el dinero está sobre esa mesa, no tendremos problemas.
— ¿Me firmarás un documento declarando que actuaste por tu cuenta y eres el único responsable de lo ocurrido?
— Le firmaré incluso que tuve un hijo natural con Juan Vicente Gómez, pero tenga esa plata dentro de una hora o se va a enterar de quién es Ramiro Galeón.
Dio media vuelta y se encaminó renqueante hacia el «caney» de los peones, pero apenas había dado una docena de pasos cuando Cándido Amado extrajo muy lentamente su pesado revólver, se apoyó en la baranda, le apuntó con sumo cuidado a la espalda, justamente por debajo de la nuca, y apretó muy despacio el gatillo.
El estampido acalló el rumor de la lluvia.
Pero Ramiro Galeón no cayó muerto como hubiera sido su obligación, sino que se volvió con rapidez, se lanzó al suelo y buscó su arma para responder al asombrado Cándido Amado, que no podía entender cómo era posible que hubiera fallado semejante disparo a tan corta distancia.
El miedo fue en esta ocasión más veloz que la sorpresa, pues al advertir que su capataz se aprestaba a matarle, Cándido Amado se precipitó al interior de la casa al tiempo que una bala levantaba astillas de la puerta.
Ya desde dentro, sacando apenas la mano armada y siempre protegido, disparó una y otra vez sobre el estrábico tendido al descubierto en medio de la sabana, pero bien porque el pánico le impedía hacer blanco, o bien porque un extraсo sortilegio protegía a su enemigo, lo cierto fue que únicamente el barro de la llanura recibió los impactos, aunque hubo un par de ellos que se perdieron silbando en la distancia.
Ramiro Galeón pareció comprender que su posición resultaba insostenible, calculó que su pierna herida no le permitía correr hacia la casa para buscar también refugio en ella, y optó por retroceder arrastrándose como buenamente podía, atento siempre a no permitir que el otro tuviera la oportunidad de asomar la cabeza y afirmar su pésima puntería.
No fue al «caney» en busca de sus cosas, sino que se encaminó directamente a las cuadras, ensilló su caballo, montó de un salto y partió al galope.
Cándido Amado, que había cambiado el inútil revólver por un pesado rifle de cazar tigres, le disparó seis veces más, pero fue como dispararle a la luna, a una nube, o a la mismísima lluvia que de nuevo caía con violencia.
Ramiro Galeón, aquel al que evidentemente nunca abatirían las balas, se perdió pronto de vista, abriéndose camino entre cortinas de agua rumbo a Colombia.
•
El cochecito tirado por dos caballejos trotones hizo su aparición a media tarde del día siguiente, y tras abrazar con innegable afecto a su sobrina, a la que no veía hacía más de veinte aсos, doсa Esmeralda Báez, viuda cíe Amado, le suplicó, casi de rodillas, que no denunciara a su hijo.
— ¡Pero intentó matarnos!
— Eso no es cierto — protestó la pobre vieja—. Cándido le ordenó expresamente a Ramiro que no os hiciera daсo… ¡Me lo ha jurado! Lo único que quería era casarse.
— ¿Y dónde está ahora Ramiro?
— Ha huido. Quiso robar a Cándido y escapó. — Aferró con fuerza las manos de Celeste—. ¡Créeme! — insistió—. Conozco a mi hijo y es incapaz de hacer mal a nadie. Está enamorado, y los jóvenes pierden la cabeza cuando se enamoran…
Se diría que el esfuerzo por hilvanar correctamente aquellas frases que traía aprendidas había sido excesivo para Esmeralda Báez, que súbitamente pareció hundirse en el sillón, y tras cerrar unos instantes los ojos y pasarse el dedo bajo la nariz en aquel gesto que su hijo tanto odiaba, seсaló un espacio vacío sobre la vieja chimenea del salón.
— Ahí estaba san Jenaro — afirmó—. Un san Jenaro enorme y precioso.
— Cándido no ha hecho otra cosa que robarme ganado todo este tiempo.
— No lo hará más. — Se diría que ya tan sólo una cosa le obsesionaba—. ¿Qué fue del san Jenaro?
— No tengo ni idea. — Celeste seguía atenta a lo que en verdad le importaba—. Tu hijo imagina que puede hacer lo que le da la gana, y éste es el momento de pararle los pies. O le freno ahora, o se creerá dueсo de estas sabanas para siempre.
— Cándido es inofensivo. Era Ramiro Galeón el que lo maleaba. ¿No lo tendrás guardado?
— ¿A quién?
— A san Jenaro. — Se pasó la gorda legua por los labios, como si estuviera regodeándose ante la posibilidad de probar un manjar exquisito—. ¡Quedaría tan bonito en mi «Cuarto de los Santos»!