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— ¿A qué viene esa pregunta de comadre chismosa si yo sé que tú sabes muy bien lo que me ocurre?

— ¿Y no le inquieta? A mí me inquietaría.

— ¿Por qué crees que no duermo de noche y por el día ando más desplumada que guacamayo en muda?

— Es casi un niсo.

— ¡No friegues!

— Tiene tremenda fachada, pero en el fondo es una criatura, y su única ambición es regresar al mar.

— No seré yo quien se lo impida, y pienso ayudarle en cuanto esté en mi mano. — Hizo una pausa y le miró a los ojos—. Pero dime: Si yo fuera un hombre de cuarenta aсos y él una mujer de veinte, ¿tendrías alguna objeción que hacerme?

— Ninguna.

— ¿Entonces?

— ¿Entonces? — repitió el viejo, encendiendo su pitillo—. Si mi yegua tuviera un gran pico de colores sería un tucán… — Negó con un gesto de la cabeza—. Las cosas son como son y como siempre fueron. Usted lleva mejor los pantalones que la mayoría de los que le echan la pata encima a un potro en estas sabanas, pero no quiere decir que pueda cambiar costumbres, que ya eran viejas cuando yo aún cenaba teta. — Lanzó un resoplido—. Y el problema no es maсana, porque usted todavía es mujer para encandilar al más pintado: el problema vendrá más adelante.

— ¿Y crees que no lo sé?

— Parece como si se esforzara en olvidarlo.

— Hay cosas que no se pueden olvidar por más que se intente… — Hizo una larga pausa y observó con fijeza a su viejo capataz—. Dime… ¿Tú conociste a Facundo Camorra?

— Lo vi un par de veces en la gallera.

— Todo el mundo decía que no era más que un zafio garaсón borracho y pendenciero, pero a mí me demostró que era un hombre soсador, tierno y sensible. ¿Qué derecho tenía mi padre a matarlo?

— Nadie tiene derecho a matar a nadie, pero resulta comprensible que cuando un padre descubre a su hija en manos de un tipo de la fama de Facundo Camorra, pierda los estribos. Y si además se trata de un Báez, todo está dicho.

Celeste tardó en responder; contempló largamente a Asdrúbal Perdomo, que había concluido de cortar un grueso tronco y salía a la lluvia a permitir que el agua le refrescara corriéndole libremente por el cuerpo, y agitó la cabeza con gesto de profundo pesar.

— Llamarse Báez a menudo cuesta muy caro — musitó—. Demasiado caro.

Goyo Galeón era un hombre de estatura media, complexión fuerte, piel aceitunada, ojos de color miel, que cuando refulgían se dirían dorados, lo que le daba el inquietante aspecto de un felino al acecho, y larga y encrespada melena leonina que desde muy joven le había encanecido por completo.

El cuarto de nueve hermanos, ninguno de los cuales destacó jamás por su blandura, Goyo Galeón se impuso sin embargo muy pronto a los restantes miembros de su difícil familia, gracias a su astucia, su sangre fría y una asombrosa e indescriptible crueldad que le había convertido, siendo apenas un muchacho, en el más afamado asesino de uno y otro fado de la frontera.

Cuatrero, salteador, atracador de Bancos, pistolero a sueldo, guerrillero, mercenario y terrorista sin otra ideología que su propio provecho, poco a poco se había ido especializando en la más lucrativa y menos arriesgada de sus actividades: «cazador», ya que los dueсos de «hatos», fundos, caucherías, minas y explotaciones madereras le pagaban muy buen dinero por cada molesto «salvaje» que eliminaba, evitando así que rondasen los campamentos robando, «echando vainas», o reclamando tierras.

Se había establecido por tanto en una isla del río Meta, justamente en la línea divisoria entre los dos países, y allí solían acudir a buscarle quienes necesitaban una labor de «limpieza» en cualquier lugar.

Sobornando a las autoridades de una y otra orilla, que de vez en cuando utilizaban además sus servicios en una época en la que tanto Venezuela como Colombia se hallaban sumidas con más fuerza que nunca en rencillas políticas internas, Goyo Galeón había logrado mantener a lo largo de los últimos aсos un cómodo equilibrio que le permitía vivir sin sobresaltos y sin tener que escapar continuamente a uсa de caballo de quienes se empecinaban en que rindiera cuenta por sus innumerables crímenes.

Compartía la vida y la cama con dos negras; dos hermanas guayanesas de largas — piernas y enormes senos, y no lejos de la isla pululaban media docena de facinerosos que le obedecían ciegamente, porque si había algo que Goyo Galeón supiera hacer, aparte de matar, era imponerse como jefe indiscutido.

Nunca demostró emoción por nada, ni lo hizo tampoco al enterarse del trágico fin de sus hermanos, pero Ramiro, que lo conocía bien, puesto que desde que tenía uso de razón había sido su mentor y su ídolo, comprendió que la noticia le había afectado, porque sus ojos amarilleaban más que nunca y en su boca se dibujó un leve rictus de indignación.

— ¿Quién tuvo la culpa? — quiso saber.

— Los toros. Se «barajustaron» de repente y se los llevaron por delante.

— Cuesta aceptarlo. Ceferino y Sancho me enseсaron a montar y a manejar un lazo. Sabían bien su oficio, y una estampida nunca les hubiera tomado desprevenidos. ¿Qué la provocó?

— Nada.

— Nada, no es respuesta, Ramiro. Te conozco desde el día en que naciste y sé que ocultas algo. ¿Cuál fue tu error?

— ¿Por qué mío?

— Porque tú los mandaste llamar y ahora están muertos. — Goyo clavó los ojos en su hermano pequeсo y consiguió aterrorizarle, como lo aterrorizaba cuando aún era una criatura que no levantaba medio metro del suelo—. Cuéntamelo todo y recuerda que te agarro siempre las mentiras… ¿Qué pasó exactamente?

Había detalles, como el de aquella absurda impresión de que había visto un gigante de la mano de Yaiza, o el error de darle la espalda a Cándido Amado en el peor momento, que Ramiro Galeón hubiese deseado silenciar, pero llegó al convencimiento de que era preferible soltar de una vez cuanto llevaba dentro y no ocultarle absolutamente nada a su hermano, que escuchó sin hacer ni siquiera un gesto y que cuando consideró concluido el relato, se limitó a indicar con la cabeza el cuarto vecino.

— ¡Está bien! — musitó—. Vete a dormir. Maсana hablaremos.

Era su forma de ser y Ramiro lo sabía, por lo que obedeció en silencio y aguardó a que al amanecer le despertara para llevarle a pescar bajo la lluvia en una frágil «curiara» anclada en el centro de un remanso del río.

Mientras preparaban los sedales y cebaban los anzuelos, Goyo comentó como si hablara de algo sin importancia:

— No voy a ayudarte — dijo calmosamente—. La venganza nunca sirvió de nada, y ellos estaban en edad de saber qué caballo ensillaban. Muerto es muerto, aunque la viuda le llore. Quedan los vivos, y la fama de los Galeones se puede hundir si uno de ellos se deja pisotear. Y en esta ocasión tú has sido el más pisoteado, aunque suene a «mamadera de gallo». Te equivocaste, y nunca me gustó corregir tus errores, sino que te obligué a enmendarlos solo. Si no le llevabas a la carajita, no tenías derecho a exigir dinero a tu patrón como pago por unos muertos que no eran suyos, y no me extraсa que te respondiera a balazos. — Tuvo la sensación de que un pez había picado el anzuelo, y dio un fuerte tirón, pero al comprender que no había conseguido engancharlo, continuó —: Tu obligación es atrapar a la muchachita, llevársela a Cándido Amado, hacer que te suelte cincuenta mil bolívares, agarrar a Imelda por el cuello, y encerrarla donde te salga del forro de las bolas. Si lo haces continuaré respetándote y admitiré que no perdí mi tiempo contigo, pero si lo que pretendes es que te saque las castaсas del fuego, olvídalo, porque me habré hecho a la idea de que no fueron cuatro, sino cinco, los hermanos que perdí bajo los toros.