— ¿Y qué es, según tú, lo que yo necesito?
La miró largamente y ella advirtió que la mano temblaba de nuevo, y si el vaso hubiese estado tan sólo medianamente lleno, el líquido se le habría derramado encima. Transcurrió un largo minuto que a Celeste Báez se le antojó inacabable, y por último Asdrúbal inquirió con un susurro:
— ¿Realmente quiere que se lo explique?
Ella asintió en silencio porque la garganta se le había secado y se consideraba incapaz de emitir tan siquiera un sonido, y tampoco fue capaz de protestar o fingir resistencia cuando él la tomó de la mano y la obligó a levantarse para conducirla hacia el cobertizo bajo el que se alzaba el casco de la goleta.
Una hora más tarde yacían desnudos, agotados y satisfechos en el fondo del barco.
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Cándido Amado agonizaba de terror.
La promesa que le trajera su madre de que ni Celeste Báez ni los Perdomo Maradentro iban a denunciarle por su complicidad en un intento de rapto no había bastado para tranquilizarle, porque en el fondo, a quien en realidad Cándido Amado temía, era a Ramiro Galeón, y encerrado en el «Cuarto de los Santos» bebiendo hasta que al fin conseguía aturdirse, en cuanto recobraba nuevamente la razón se golpeaba la frente contra un muro maldiciéndose por la estúpida ocurrencia que había tenido de intentar matar a su capataz con el único fin de ahorrarse cincuenta mil cochinos bolívares.
Aunque de lo que en verdad Cándido Amado se arrepentía no era de su intento de matar a Ramiro Galeón, sino del hecho de no haber sido capaz de conseguirlo, fallando incomprensiblemente sus disparos a menos de diez metros de distancia.
Era como si una mano invisible hubiera elevado el caсón del arma en el último momento; la misma mano que había desviado luego el pesado rifle con el que acostumbraba abatir venados a la carrera, y cuando cesaba de golpearse histéricamente la cabeza, se mordía los nudillos odiándose por aquella vergonzosa cobardía que le había hecho temblar como una niсa, permitiendo que el asqueroso bizco se perdiera de vista en la llanura.
¡Y volvería!
Estaba convencido de que regresaría, y aquél sí que era un hombre al que jamás le temblaría el pulso a la hora de meterle una bala entre los ojos.
Y si no era él, sería Goyo.
¡Goyo Galeón!
«Goyo Galeón no tiene enemigos, porque uno por uno los fue enterrando a todos.» Aquélla era una frase acuсada al sur del Apure; una frase eminentemente llanera que le martilleaba constantemente los oídos, porque estaba convencido de que se había convertido de la noche a la maсana en el próximo enemigo que Goyo Galeón trataría de enterrar.
Contaba con una docena de peones armados, pero, ¿qué significaban frente al terror que producía el solo nombre de Goyo Galeón? En cuanto supieran que era al hermano de su antiguo capataz a quien tenían que enfrentarse, aquellos doce pobres vaqueros perderían el culo, sabana adelante, dejándole sin más ayuda que una retrasada mental y un montón de imágenes de santos frente al asesino más peligroso que había galopado por aquellas llanuras desde los tiempos de Boves.
Tenía que huir. Tenía que marcharse para siempre a donde los Galeones no supieran encontrarle, pero la idea de aventurarse solo por aquella infinita extensión de tierra empantanada, bajo una lluvia obsesiva y unos rayos que apenas permitían unas horas de descanso, le producía tanto terror como quedarse a la espera del milagro de que Ramiro Galeón decidiera renunciar a la venganza.
Sin decir nada a nadie había ido reuniendo todo el dinero que escondía en la casa o tenía enterrado en un rincón de la quesera, y cada maсana se encerraba a recontar los ciento setenta y cuatro mil bolívares que constituían aquella pequeсa fortuna con la que tal vez pudiera recomenzar su vida lejos de los Llanos.
Pero, ¿y si le robaban…? Y si en su largo viaje a través de la salvaje sabana de la que el agua había borrado ya todos los senderos tropezaba con merodeadores de los que en aquella época aprovechaban para levantar ganado, y le despojaban de su dinero e incluso de la vida?
Cándido Amado había nacido en el Llano y había pasado en él toda su existencia, pero le temía de igual modo que le hubiera temido a la selva, las montaсas, el mar o las ciudades si hubiera habitado en ellas, porque un miedo visceral le había sido transmitido por su propia madre en el momento mismo de la gestación, ya que a primera reacción de Esmeralda Báez al saber que esperaba un hijo había sido aterrorizarse ante la idea de que pudiera nacer tan tarado como ella.
Hora tras hora, durante nueve meses, la pobre mujer había experimentado aquel pánico invencible, y treinta y tantos aсos después su hijo continuaba padeciéndolo, porque la raíz de todos sus problemas estribaba en el temor de ser tan anormal como ella, y atrapado ahora entre el miedo a escapar y el miedo a quedarse, dejaba pasar las horas con los ojos clavados en el punto del horizonte por el que había desaparecido el gran caballo de Ramiro Galeón.
— Te quedarás ciego de tanto mirar la sabana.
— ¿Es que hay alguna otra cosa que mirar?
— No lo sé, pero se me antoja que más que un hijo tuve un búho — replicó con un deje de irónica amargura—. Hasta las lechuzas se aburrirían de hacerte compaсía, porque ellas, de tanto en tanto parpadean.
— ¡Déjame en paz!
— «Dejarte» puedo, pero «en paz» lo veo peludo, porque tú no vas a encontrar la paz mientras un Galeón monte a caballo. — Esmeralda Báez había tomado asiento a su lado, y sin mirarle, aсadió —; ¿Cuándo piensas marcharte?
— ¿Marcharme? — fingió asombrarse su hijo—. ¿Quién ha dicho que pienso marcharme?
— Nadie, pero andas como urraca en invierno desenterrando hasta nuestra última «locha» y ante eso, incluso yo puedo deducir que quieres marcharte. ¿Adónde vas?
— No he dicho que me vaya. Recojo el dinero porque prefiero tenerlo todo junto.
— ¿Para que Ramiro Galeón te lo robe más fácilmente, o para ofrecérselo a cambio de que te perdone? — Negó con firmeza—. No es ésa la solución — aсadió—. La única solución es Dios. ¡Si rezaras…! — Extendió las manos y tomó una de él, apretándosela con fuerza—. ¿Por qué no le ofrecemos una novena a san Jenaro para que nos libre de los Galeones? Es tan hermoso. ¡Y cumple tan bien cuando se le pide algo!
Su hijo dejó de mirar el horizonte y se volvió a ella, contemplándola anonadado, puesto que a pesar de los aсos transcurridos, con frecuencia le sorprendía aún con la profundidad de su simpleza.
— A veces me pregunto si en verdad eres tan tonta como aparentas, o lo exageras a propósito — replicó con manifiesto desprecio—. ¡Te arrodillas ante unos mamarrachos y te pasas horas pidiendo gracias que nunca, ninguno, te concedió jamás. ¡Estás loca!;Eres tonta, retrasada mental y loca! Después de más de medio siglo de rezarles no han sido capaces de proporcionarte ni tan siquiera una pizca de cerebro, y aún insistes.
Esmeralda soltó la mano de su hijo, se puso trabajosamente en pie, descendió los escalones y salió a la lluvia y el barro de la llanura. Desde allí se volvió a mirarle.
— Tienes razón, y es muy posible que no me hayan proporcionado ni tan siquiera un poco de cerebro. Pero me han concedido corazón, y paz, y una gran resignación a la hora de soportarte. — Se pasó el dedo por la nariz lo que concluyó de enervar a su hijo—. Y también me concedieron valor para enfrentarme a la vida, y eso es algo que tú nunca conseguirás aunque reces mil aсos.
Se alejó llanura adelante sin importarle que la lluvia la empapara y los zapatos se le hubieran quedado clavados en el fango y él la observó mientras iba empequeсeciéndose en la distancia, menuda y encorvada; contrahecha y repelente; odiosa y tambaleante.