Выбрать главу

— ¡Desnúdate!

Estaba borracho. Tenía los ojos inyectados en sangre, apestaba a alcohol, hacía equilibrios para mantenerse en pie y probablemente le dolía la cabeza, pero se le advertía más decidido que nunca, y mientras comenzaba a desabrocharse torpemente la camisa, repitió:

— ¡Desnúdate! porque te juro que si en cinco minutos no te la he metido hasta los huevos, te pego un tiro… — Hizo una cruz con los dedos y se los besó—. ¡Por mi madre! Por Feliciana Galeón que en cinco minutos tengo que verte cogida o muerta… — Hipó sin poder contenerse y echó mano a su revólver amenazadoramente—. ¡Venga! ¡Espabila! ¡Fuera esa ropa!

Yaiza obedeció; se despojó primero de las botas y luego de la blusa, y al quedar al aire su portentoso pecho, erguido y desafiante, Goyo Galeón agitó la cabeza tratando quizá de alejar el dolor y encontrarse más lúcido para disfrutar plenamente del momento.

— ¡Vaina! — exclamó—. Eres algo único. ¡Venga! Sigue. Sigue desnudándote y ponte de rodillas… ¡Rápido…! ¡Rápido, caraja de mierda!

Parecía otro hombre. Parecía realmente la bestia humana de la que tantas historias de violencia y muerte se contaban, y Yaiza experimentó un profundo terror porque se dio perfecta cuenta de que en aquellos momentos a Goyo Galeón le daba lo mismo poseerla que pegarle un tiro.

Se desnudó por tanto sin decir una sola palabra, permitió que la abrazara, besara y mordiera hasta casi hacerla gritar de dolor, y sólo en el momento en que pretendió colocarla de rodillas sobre la arena, suplicó:

— ¡Vamos entre esas matas! No quiero que aquel hombre nos vea…

El busca con la mirada en la orilla opuesta del río, y al no ver nada, inquirió agresivo:

— ¿Hombre? ¿Qué hombre?

Ella pareció sorprenderse y alzó el brazo seсalando:

— ¡Aquél! El jinete junto al paraguatán… El que lleva de la rienda otros dos caballos iguales.

Goyo Galeón que aguzaba la vista y trataba de distinguir a alguien, se volvió como si le hubiera mordido una víbora:

— ¿Tres caballos iguales? — exclamó excitado—. ¿De qué color?

— Alazanes… — replicó Yaiza con naturalidad—. Sus tres caballos son alazanes…

— ¿Alazanes tostados? «Tres alazanes tostados, hermanos los tres de padre»… — recitó quedamente Goyo Galeón cuyo rostro parecía haberse transfigurado—. ¿Cómo es…? ¿Cómo es el hombre?

— No lo distingo. Está a la sombra del árbol.

— ¿Es moreno?

— No. Más bien rubio… — Fingió aguzar la vista avanzando unos pasos hacia el agua—. Ahora lo veo: es rubio.

— ¡Rubio! — exclamó Goyo Galeón como en éxtasis—. ¡El Catire! ¡El Catire Rómulo! ¡No podía ser otro! Estaba seguro de que no podía ser otro… ¡El Catire Rómulo!

— ¿Quién? — inquirió ella mostrando ignorancia.

— El Catire Rómulo: El hombre más grande que ha dado el Llano en este siglo… — Se volvió a mirarla como si no la reconociera—. El mejor jinete, el más valiente, el más noble, aquel a quien únicamente la traición pudo vencer… — Movió de un lado a otro la cabeza y sonrió levemente como si fuera la confirmación de algo que siempre había sabido—. Mi padre.

— ¿Su padre? — se asombró ella alzando la mano hacia el supuesto jinete—. ¡No puede ser su padre! ¡Es muy joven…!

— ¡Es que está muerto! ¿No te das cuenta? ¡Está muerto…! Lo mataron hace más de treinta aсos… Está muerto pero al fin ha venido a decírmelo… — Avanzó hasta el agua y se introdujo en ella, gritando hacia el paraguatán de la otra orilla—. ¿Has venido a decírmelo? ¿Verdad? ¿Has venido a decirme que yo, Goyo Galeón, soy tu hijo? ¡Tu hijo…! ¡Dímelo! — suplicó—. ¡Dímelo de una vez!

— Se marcha.

Se volvió a ella y sus ojos parecían querer saltársele de las órbitas.

— ¡No puede marcharse! — aulló—. ¡Dile que no se marche…! — Avanzó aún más dentro del agua hasta que ésta le alcanzó casi la cintura y alzó un brazo hacia la otra orilla—. ¡No te vayas! — rogó—. No puedes irte después de haber estado esperándote toda la vida… ¡Por favor! ¡Por favor, padre…! — sollozó—. ¡Nunca hice otra cosa que esperarte…! ¡Dios mío…! Otra vez vuelve a estallarme la cabeza…

Yaiza sintió pena. Pena y vergьenza por haber empujado a un hombre hasta aquella situación, a la vez ridícula y patética, y pena y vergьenza porque por primera vez en su vida estaba haciendo mal uso del «Don» que le había sido concedido.

— Se ha ido — dijo al fin con un esfuerzo—. Se ha ido.

Goyo Galeón ni siquiera se volvió a mirarla y continuó adentro en el río.

— ¡¡NO!! ¡No puede irse…! ¡No puede irse sin confesar que soy su hijo..! ¡Espera! — llamó hacia el paraguatán—. ¡Espera, padre! ¡Espérame…!

Comenzó a cruzar el río nadando a grandes brazadas, sin escuchar a Yaiza, que desde la orilla suplicaba:

— Vuelva. Vuelva, por favor… ¡Es mentira! Todo es mentira… No hay nadie… ¡Le juro que no hay nadie…!

Pero sordo a todo cuanto no fuera la ilusión infantil de que un hombre como el Catire Rómulo era su padre, Goyo Galeón continuó adentrándose en el río hasta que la corriente lo tomó de pleno y lo arrastró braceando, debatiéndose y aún suplicando, hacia el violento raudal de la angostura.

— …Se lo tragó el remolino y no encontraron su cuerpo. — Yaiza hizo una corta pausa y apretó con fuerza la mano de su madre—. El negro Palomino aceptó llevarme de regreso a Buena Vista, y la Guardia Nacional me acompaсó hasta aquí. Ha sido un viaje muy largo — concluyó.

No habló más porque resultaba evidente que era un tema que deseaba eludir y su interés se centraba ahora en disfrutar de la presencia de los suyos, que con su regreso parecían haber vuelto a la vida tras aquellos interminables días de angustia e inquietud.

— Ahora lo que importa es preparar el viaje — seсaló Sebastián que parecía haber recobrado su calidad de cabeza de familia y no deseaba que la emoción prendiera en el ánimo de los suyos—. Ha dejado de llover y mamá también ha dejado de llorar, por lo que tenemos que darnos prisa o pronto los ríos comenzarán a bajar de nivel. El barco está listo.

Estaba listo en efecto, meciéndose sobre las aguas, en el diminuto remanso que formaba la gran curva, y era un hermoso navío pese a que aún le faltaran los mástiles que no hubieran hecho más que dificultar la navegación por unos ríos flanqueados de copudos árboles.

Disponía, eso sí, de timón, pértigas, toldilla y camaretas, y en proa y popa, cuidadosamente dibujado por la mano de Aurelia Perdomo, lucía orgullosamente su nombre: MARADENTRO. — ¡Es un gran barco! — sentenció Asdrúbal satisfecho de su trabajo mientras atraía hacia sí a su hermana, abrazándola por los hombros—. Aún no hemos podido probarlo, pero lo siento bajo los pies cuando le empuja el agua. Es un gran barco y nos llevará al mar.

Yaiza alzó el rostro hacia él.

— ¿No sientes irte? — inquirió con intención.

— Lo sentiría si no supiera que vamos al mar.

— El mar aún queda lejos — le advirtió suavemente mientras él le besaba la frente con ternura—. Queda muy lejos y pueden ocurrir muchas cosas antes de que lleguemos.

— Lo sé, pequeсa, lo sé. Pero por lejos que esté y muchas cosas que ocurran, siempre, te pongas como te pongas, al final de todo está el mar.

Al día siguiente, mientras Yaiza contemplaba desde la barandilla del porche cómo sus hermanos y el viejo Aquiles se afanaban transportando a bordo el equipaje y provisiones, Celeste Báez acudió a tomar asiento junto a ella y, tras permanecer unos instantes en silencio, comentó: