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Toda la noche mi padre putativo se ha pasado narrando sus trabajos en el Paraguay, desde su llegada en la caravana brasilera para el beneficio del tabaco negro. Ascensos. Aventuras. Fanfarronadas. Ha contado su incorporación a las milicias del rey. Ha fabricado pólvora. Ha reparado arcabuces. Ha revistado los fuertes, presidios y antemurales de la provincia, Costa Abajo y Costa Arriba. Ha fundado el fuerte de San Carlos. Ha comandado los de Remolinos y Borbón. Ha levantado nuevos fuertes y bastiones. Ha colaborado con Félix de Azara y Francisco de Aguirre en la demarcación de los linderos entre los imperios español y lusitano. Refiere interminablemente sus servicios a la corona. Monótona entonación de boca que no piensa en lo que dice. Don Engracia repite por mil veces y una más el viejo cuento. Por ahora no le interesa sino distraer a los bogadores mientras reman por turnos. Los que descansan duermen al arrullo de la voz capruna.

Por momentos la voz tutorial se desdibuja entre el sordo rumor de los remos, el chapoteo del agua contra los costados de la embarcación, el crepitar de los fardos, la explosión de algún barril de sebo. De modo que estas interrupciones a su modo cuentan otras historias, que tampoco nadie escucha por su sentido sino por su sonido. Salvo yo, que las escucho y oigo por ambas cosas.

(La voz tutorial)

En 1774 me ascendieron a capitán. Veinte años de duro bregar. Entera fidelidad a nuestro Soberano. Tres años más tarde presté a la Corona el más importante servicio de mi carrera. Fui comisionado para inspeccionar secretamente la situación en que se hallaban establecidos los vasallos del Rey Fidelísimo en las márgenes del río Igatimí, y fortificados en la plaza de este nombre. Por caminos fragosos, invadidos de infieles, los salvajes indios mbayás, azuzados por los bandeiros, me interné en territorio enemigo con sólo un desertor de dicha nación como baqueano. Me infiltré a todo riesgo en el silencio da noite, y por dos ocasiones, en el mencionado bastión ocupado artera y traidoramente en aquellos días por los portugueses-brasileiros. Observé con toda exactitud sus fortificaciones y situación. Traje de todo noticia individual por planos, siendo este plano, según dixo después el propio Gobernador Pinedo, muy útil y favoravel cuando pasamos al ataque y reconquista de dicha plaza.

La batalla del asedio se libró durante tres noches y tres días, en lo más crudo del invierno. Animales y hombres a tremer con frío resbalábamos sobre espesas capas de yelo. Quebrábanse bajo nuestro peso, hundiéndonos en los profundos zanjones y fosos de las defensas, mientras llovían sobre nosotros las descargas cerradas de los sitiados y las flechas de los indios.

Las piezas de artillería se atascaron sobre ese campo de yelo que alumbraba la oscuridad. Por tres veces la caballería se desbandó. Desnudos, sin ningún alimento, los hombres nos habíamos convertido en verdaderos carámbanos.

Nuestro jefesinho, el Oficial Dn. Joseph Antonio Yegros, padre del actual capitán don Fulgencio Yegros, medio pariente mío, dio orden de simular una retirada. Intentarem un último ataque en la madrugada. Isso era querer engañar ao macaco com banana pintada. Encender vela sem pabilo.

Sentado sobre los cueros, recostado contra el palo mayor, en medio de la fetidez, aumentada ahora con la putrefacción de los cadáveres de Igatimí, el narrador calló un momento. El farol de cabotaje asentado sobre sus rodillas le excavaba las facciones de macho-cabrío, mitad hombre, mitad bestia. Concentrado por entero en sus recuerdos, sólo está allí en hueso presente. Alma antihumana vagando por regiones de yelo, de viento, donde zumban millares de flechas, donde resuenan estampidos de cañones, de fusiles. Salvajes gritos en portugués, en dialectos indígenas. Endemoniada algarabía. Fragor.

Notoriamente la voz tutorial ya no tiene en cuenta a los remeros, al piloto, al contramaestre, a los balseros mulatos, a los bogadores indios. Menos aún, de seguro, a mí. Nunca me tomó en consideración sino como a un ser ridículo, monstruoso. Yo no existía para mi padre putativo sino como objeto de su inquina, de sus vociferaciones, de sus castigos. El portugués tira bofetones capaces de desquijarar a un león. El viento del papirotazo que me lanzó al pillarme con el cráneo aquella tarde, me ha quedado dando vueltas bajo el cuero cabelludo. Otro más, por la noche, porque me he demorado en cumplir su orden de arrojar el cráneo al río. Mas esa noche la fuerza de mi puño también se hace sentir con la velocidad del rayo. La mano-garra pega su zarpazo sobre el amo tutorial. Se cierra sobre el cuello. La aprieta. No lo suelta hasta que lágrimas de rabia e impotencia brotan de sus ojos mortecinos. ¿Pueden llorar dos desiertos? Clavo mis ojos en los suyos, y ahora los desiertos son cuatro. El portugués cede al fin. Con el penúltimo estertor: ¡Suelta, rapaisinho! ¡Vamos, suelta, que me ahogo! ¡Tira el cráneo al río, y en paz! Retiré la mano lentamente de la nuez de Adán. Los dedos caínes continuaban crispados. Durante toda la noche tuve que hundirlos en el agua hedionda, que los fue aflojando de a poco hasta volverlos a su natural.

(La voz tutorial)

… Aquella noche no morí tremando de frío, desnudo en la zanja, a escasa distancia de las empalizadas enemigas. Entre los matorrales duros de escarcha me arrastré en un esfuerzo más que humano hacia dos cadáveres algo tibios todavía. Me cubrí con ellos a modo de cubija. Me abracé fortemente a uno de ellos, afe-rrándome a la flecha que tenía clavada en la espalda. Pegué mi boca a la del cadáver en busca del resto de calor que todavía hubiera en él. ¡Perdóname!, murmuré entre los espumarajos sanguinolentos, tan duros ya también como los pelos de su bigote. ¡Ayúdame, miliciano momo! ¡No me dexes morir si voté ya está momo! El cadáver no decía nada, como dándome a entender: Aproveche no más, cumpai, de lo que pueda, que a mí ya poca falta me hace todo lo que me sobra. Por el tono de la voz reconocí en la obscuridad al cumpai Brígido Barroso. Un hombre, el más ahorrativo y cicatero que hubo en toda la Tierra Firme por los tiempos de los tiempos. Ya me extrañó que se hubiese vuelto de repente tan desprendido. Me arropé bien con su cuerpo. Si ya llegaste a los Infiernos, dime cumpai Barroso, qué es lo que hay por ahí, y si es verdade que estáis en el País do Fogo, entrégame por tu boca aunque sea una brasinha de ese fuego. Mas la boca del Barroso se iba quedando helada, fadigando, regateando, misereando hasta después de muerto lo que no era de él…

Se me escapó un grito que retumbó en la noche. El Capricornio se levantó. Estuvo a punto de abalanzarse sobre mí. Levanté la tercerola encañonándolo. Se contuvo. Me llenó de improperios en su bárbaro dialecto bandeirante. La sumaca orzó y encalló en la tosca de la ribera. ¡Por Dios, Excelencia, qué le ha ocurrido! ¡Le acabo de oír un grito terrible! Nada, Patiño. Tal vez soñaba que iba por el río. Llevaba la mano metida en el agua. Me mordió una piraña tal vez. Nada grave. Vete. No me molestes cuando estoy escribiendo a solas. No entres cuando no te mando llamar. Pero… ¡Excelencia! ¡Sus dedos están goteando sangre! ¡Voy a llamar al médico, inmediatamente! Deja. No sangrarán mucho. No vale la pena molestar a ese viejo zonzo por esta vieja herida. Vete.

En esta parte del cuaderno, la letra aparece, en efecto, algo borroneada, cubierta de un verdín rojizo donde las polillas han pastado a gusto dejando grandes agujeros.

Amanecimos con la sumaca varada en un recodo semejante a un embudo de altas barrancas. Dormían todos un sueño más pesado que el de la muerte. El patrón, los tripulantes desparramados sobre la carga, más muertos que los cadáveres de Igatimí. Saltó el sol desde la otra orilla y se instaló en su sitio fijo. Clavado en el mediodía. El hedor arreció. Lo reconocerás como una fetidez, dijo la Voz a mis espaldas. En ese momento vi al tigre, agazapado entre la maleza de la barranca. Podía adelantarme a lo que iba a suceder. A la sombra de las velas, improvisadas como toldos, la tripulación seguía durmiendo en el bochorno del atardecer. Acompasé mi voluntad a la de la fiera que se arqueaba ya para el salto de ocho metros de altura. Una milésima de segundo antes de lanzarse el manchado y rugiente meteoro sobre la sumaca, me arrojé yo al agua. Caí sobre un islote de plantas. Desde allí, flotando mansamente, vi al tigre destrozar a zarpazos a don Engracia cuando éste se quiso incorporar para hacerle frente con el fusil. El arma describió una parábola y vino a caer en mis manos. Apunté con cuidado, ceremoniosamente, sin apuro. Cierto deleite me demoró en el espectáculo de la sumaca convertida en ara de sacrificio. Apreté el gatillo. El fogonazo recortó la figura del tigre en un anillo de humo y azufre. Rugidos de dolor hicieron retemblar las aguas, estremecer los islotes, retumbar las orillas. La ensangrentada cabeza del tigre se volvió resoplando. Furioso. Sus ojos se clavaron en los míos. Mirada de incontables edades. Algún mensaje quería transmitirme. Apunté despacio otra vez a la amarillenta pupila. El tiro apagó su incandescencia. Cerré los ojos y sentí que nacía. Mecido en el cesto del maíz-del-agua, sentí que nacía del agua barrosa, del limo maloliente. Salía al hedor del mundo. Despertaba a la fetidez del universo. Pimpollo de seda negra flotando en la balsa-corona, armado de un fusil humeante, emergiendo al alba de un tiempo distinto. ¿Nacía? Nacía. Para siempre extraviado del verdadero lugar, se quejaron mis primeros vagidos. ¿Lo encontraré alguna vez? Lo encontrarás, sí, en el mismo lugar de la pérdida, dijo la carrasposa voz del río. A mi lado flotaba una botella. Del otro lado reinaba una densa tiniebla. La levanté. Vi el embudo de la barranca boscosa ardiendo en el resplandor cenital. Empiné la botella. Bebí un sorbo de mis propias preguntas. Jugo de lechetrezna. Mamé mi propia leche, ordeñada de mis senos frontales. Me incorporé lentamente empuñando el fusil.

Miré en torno. Vi la sumaca desierta, escorada en la orilla, manando el tufo de su carga. La cabeza del tigre ensartada en la pica de la botavara. Hacia el fondo, entre el follaje obscuro de la barranca, vi dos filas de destellos alrededor de lo que parecía ser un ataúd. Bajó corriendo el talud el contramaestre. Su silueta obscura y transparente a la vez, se detuvo ante mí vacilando, sin saber cómo comenzar: ¡Señor… el padre de S. Md. lo manda llamar!… Déjese de tales zonceras, contramaestre. En primer lugar, no tengo padre. En segundo, si se trata del que usted llama mi padre, ¿no lo están velando allá arriba? Sí, Señor; don Engracia acaba de morir. Pues bien, yo acabo de nacer. Como ve, en este momento nuestros negocios son distintos. Su señor padre continúa insistiendo en que suba S. Md. a verlo. Ya le he dicho que no me liga a ese hombre vivo o muerto ningún parentesco. Demás de eso, si insiste en verme a toda costa, que se apee un rato de la caja y baje él a verme. Yo no me muevo de aquí por ningún motivo. Señor, S. Md. sabe que únicamente los cojos bajan las cuestas fácilmente, pero el patrón ya está completamente inválido y no sabría dar un paso por má.s esfuerzos que haga. Quería despedirse de S. Md., reconciliarse, recibir su perdón antes de ser enterrado. Mi perdón no le protegerá del trabajo de las moscas primero, de los gusanos después. Señor, se trata del alma del anciano. El crápula de ese anciano no tiene alma, y si la tiene es por un descuido del despensero de almas. Por mí que se vaya al infierno.