– Diga qué quiere.
– Quiero su palabra de honor de que se considerará que el comisario Nicolás Hulot murió en el cumplimiento del deber y que su viuda tendrá la pensión que corresponde a la mujer de un héroe.
Tercer silencio. El más largo. El de contar los cojones. Cuando Roncaille respondió, a Frank le alegró que hubiera llegado a dos.
– Está bien, de acuerdo. Tiene usted mi palabra. Ahora hable.
– Reúna a los hombres y dígale al inspector Morelli que me llame al móvil. Y usted, comience a lustrar el uniforme para la conferencia de prensa.
– ¿Dirección?
Por fin Frank dijo lo que Roncaille había pagado para escuchar.
– Beausoleil.
– ¿Beausoleil? -repitió Roncaille, incrédulo.
– Exacto. En todo este tiempo, ese hijo de puta de Jean-Loup Verdier no se ha movido en ningún momento de su casa.
56
Pierrot cogió el vaso de plástico lleno de Coca-Cola que le tendía Barbara y bebió como si le avergonzara que ella lo viera.
– ¿Quieres más?
Pierrot sacudió la cabeza. Le entregó el vaso vacío y se volvió con la cara roja hacia la mesa donde se encontraba ordenando una pila de CD.
Barbara le agradaba y le intimidaba al mismo tiempo. Estaba un poco enamorado de ella, y lo manifestaba con miradas furtivas, bruscos silencios y fugas precipitadas cuando ella aparecía. Bastaba que la muchacha le dirigiera la palabra para que se ruborizara. Barbara lo había notado hacía tiempo. Era un amor -si así se lo podía definir- típicamente infantil, lo mismo que Pierrot; pero, como todos los sentimientos, debía ser respetado. Sabía cuánta capacidad de afecto había en aquel muchacho extraño que parecía siempre asustado del mundo: la clase de candor y sinceridad que solo se encuentra en el cariño de los niños y los perros. Quizá la comparación resultara un poco restrictiva, pero era la expresión de un afecto completo y sincero, un afecto que existe en tanto tal, sin esperar nada a cambio.
Una vez ella había encontrado una margarita en el mezclador. Cuando se dio cuenta de que era Pierrot el individuo misterioso que le había regalado aquella simple flor de campo, se sintió morir de ternura.
– ¿Quieres otro bocadillo? -le preguntó, a espaldas de Pierrot.
De nuevo el muchacho sacudió la cabeza sin darse la vuelta. Era la hora del almuerzo y habían encargado al Stars 'n Bars una bandeja de panecillos y bocadillos. Después de la historia de Jean-Loup, salvo las voces y la música que salían por los micrófonos, las oficinas de Radio Montecarlo parecían haberse vuelto el reino del silencio. Todos merodeaban como si fueran sombras. La sede de la emisora se hallaba bajo el constante asedio de los periodistas, como el fuerte Álamo del ejército mexicano. A todos los integrantes del equipo los habían seguido, perseguido, acosado. Todos se habían encontrado un micrófono bajo la nariz, una cámara apuntada a la cara, un cronista ante la puerta de su casa. Al fin y al cabo, lo sucedido justificaba ampliamente la tenacidad de los medios en lo que a ellos concernía.
Jean-Loup Verdier, la estrella de Radio Montecarlo, había resultado ser un psicópata asesino y todavía se hallaba en libertad. Su presencia flotaba como un espectro por el principado de Monaco. Un día después del descubrimiento de la identidad del culpable de los homicidios en serie, gracias a la curiosidad morbosa de la gente y a la publicidad de los medios, la audiencia había aumentado casi al doble.
Robert Bikjalo, el Robert Bikjalo de otros tiempos, habría dado cualquier cosa por obtener esa cifra. Ahora hacía su trabajo como un autómata, fumaba a más no poder y se expresaba con monosílabos… al igual que los demás, por otra parte. Raquel atendía las llamadas con la voz mecánica de un contestador telefónico. Barbara no lograba contener el impulso irrefrenable de echarse a llorar.
Hasta el propio presidente llamaba solo en caso de extrema necesidad.
Al estado de ánimo general se añadió la noticia de la trágica muerte de Laurent, ocurrida hacía dos días, durante un intento de atraco. Aquello había dado el golpe de gracia definitivo y había ensombrecido aún más la atmósfera lúgubre; las presencias eran más espectrales que nunca.
Aun así, el más afectado en toda aquella historia era Pierrot.
Se había refugiado en un mutismo inquietante y respondía a las preguntas que le dirigían solo con movimientos afirmativos o negativos de la cabeza. Cuando estaba en la radio, era una presencia silenciosa que desarrollaba sus tareas como si no existiera. Permanecía durante horas encerrado en el archivo; más de una vez Barbara había bajado a ver si se encontraba bien. También la madre estaba desesperada. En casa, el muchacho pasaba todo el tiempo escuchando música en el equipo estéreo con los auriculares puestos, como si quisiera aislarse por completo del resto del mundo.
Ya no sonreía. Y no había vuelto a encender la radio.
La madre estaba desesperada por aquella involución del comportamiento de Pierrot. Acudir a Radio Montecarlo, sentirse parte de algo, ganar algún dinero (para enorgullecerle, la madre no cesaba de repetir cuan importante era su aportación a la economía doméstica), le había entreabierto una puerta al mundo.
Una puerta que había abierto por completo su amistad y su admiración por Jean-Loup. Ahora, poco a poco, volvía a cerrarla, y la madre temía que, una vez cerrada del todo, no permitiera entrar a nadie. Nunca más.
Era imposible saber qué le pasaba por la cabeza.
Sin embargo todos, del primero al último, se habrían quedado boquiabiertos de haber podido leer sus pensamientos. Todos creían que su tristeza y su mutismo se debían a haber descubierto que su amigo era en realidad un hombre malvado, como lo definía Pierrot, el asesino que llamaba a la radio y hablaba con la voz del diablo. Quizá el candido muchachito reaccionaba así al darse cuenta de que había depositado su confianza en alguien que no la merecía.
En cambio, los últimos acontecimientos y las revelaciones de toda aquella gente acerca de Jean-Loup no habían menoscabado en absoluto la confianza y el afecto que sentía Pierrot por su ídolo.
Él le conocía bien, había estado en su casa, juntos habían comido crepés de Nutella, y Jean-Loup le había dado a probar una copa de vino italiano muy rico que se llamaba «il Moscato». Un vino dulce y fresco, que le había hecho girar un poco la cabeza. Habían escuchado música, y Jean-Loup le había prestado unos discos, de esos negros de plástico, tan preciosos, para que él pudiera escucharlos en su casa. Le había hecho copias de los CD que prefería, como el de Jefferson Airplane y el de Jeff Beck con la portada de la guitarra en el maletero del coche y los dos últimos de Nirvana.
Cuando habían estado juntos, él nunca había oído a Jean-Loup hablar con la voz de los diablos; al contrario… Con su hermosa voz, igual a la de la radio, le decía cosas para hacerlo reír, y a veces lo llevaba a Niza a comer helados grandes como montañas, o a ver tiendas de animales y mirar los cachorros a través de los escaparates.
Jean-Loup le había dicho que eran amigos del alma, y siempre le había demostrado que era cierto. Entonces, si Jean-Loup siempre le había dicho la verdad, significaba algo muy simple: los que mentían eran los demás. Todos le preguntaban qué le ocurría y trataban de hacerlo hablar. El no quería decirle a nadie, ni siquiera a su madre, que la causa principal de su tristeza era que, desde que había pasado todo aquello, no había vuelto a verlo. Y que no sabía qué hacer para ayudarlo. Quizá en aquel momento estaba escondido en alguna parte y tenía hambre y no había nadie que le llevara algo de comer, ni siquiera un poco de pan con Nutella.
Sabía que los policías lo buscaban y que si lo cogían lo meterían en prisión. Pierrot no tenía una idea muy precisa de lo que era una prisión; solo sabía que allí ponían a la gente que había hecho cosas malas, y que no la dejaban salir. Y si no dejaban salir a la gente que estaba dentro, quería decir que tampoco dejaban entrar a los que estaban fuera y que él no vería nunca más a Jean-Loup.