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Quizá la policía podía entrar a ver a los que estaban presos. Una vez también él había sido policía, un policía «en horario». Se lo había dicho el comisario, ese de cara simpática al que no había visto más y que alguien había dicho que estaba muerto. Pero, después de los líos que había provocado, quizá él ya no era más un policía «en horario», y quizá debía quedarse fuera de la prisión, como todos los demás, sin poder ir a ver a Jean-Loup.

Pierrot volvió la cabeza y vio que Barbara se alejaba rumbo a la sala de control. Miró su pelo rojo oscuro, que bailaba sobre el vestido negro al caminar. El quería a Barbara. No como a Jean-Loup, sino de una manera distinta: cuando su amigo le hablaba o le ponía una mano en el hombro, él no sentía ese calor que le subía del estómago, como si hubiera bebido de un solo trago una taza de té caliente.

Con Barbara era otra cosa; no sabía qué, pero sabía que la quería. Un día le había dejado una flor en el mezclador para decírselo una margarita recogida de un tiesto de la calle; la había apoyado en la superficie del aparato cuando nadie lo veía. Durante un tiempo había esperado que Jean-Loup y ella se casaran, así, cuando él fuera a visitarle, podría ver a los dos.

Pierrot recogió la pila de CD y fue hasta la puerta. Raquel le abrió, como solía hacer cuando le veía con las manos ocupadas. Pierrot salió al rellano y llamó el ascensor pulsando el botón con la nariz. Nunca había permitido que nadie se enterara de cómo llamaba el ascensor; seguro que se reirían si le veían. Pero, ya que la nariz estaba allí, en medio de la cara, bien podía usarla cuando tenía ambas manos ocupadas.

Empujó la puerta corredera con el codo y del mismo modo volvió a cerrarla. Dentro no se podía usar la nariz, porque los botones eran distintos. Se vio obligado a realizar una auténtica acrobacia; sujetó los CD con el mentón para poder pulsar el botón de la planta baja con un dedo.

El ascensor se había puesto en movimiento de arriba hacia abajo. La mente de Pierrot ya lo había hecho hacía tiempo, a su manera un poco casual, con una lógica que de algún modo, a su modo, seguía un recorrido enteramente lineal.

Había tomado una decisión, según un razonamiento irrebatible.

¿Jean-Loup no podía ir a él? Entonces él iría a Jean-Loup.

Había estado muchas veces en su casa, y su amigo le había dicho que, en un lugar secreto que solo conocían ellos dos, tenía una llave de repuesto para entrar. Estaba pegada con silicona bajo el buzón, del lado interior de la verja. Pierrot no sabía qué era la silicona, pero sabía muy bien qué era un buzón. También él y su madre tenían uno, en la casa de Mentón, y no era una casa bonita como la de Jean-Loup.

Cuando llegó al archivo, dejó la pila de discos sobre una mesa. Por primera vez desde que trabajaba en Radio Montecarlo, no los guardó de inmediato en su lugar.

Allí, en el salón, tenía su mochila Invicta, que le había regalado precisamente Jean-Loup. Dentro había puesto un poco de pan y un tarro de Nutella que aquella mañana había cogido de la cocina de su casa. No tenía vino «il Moscato», pero había cogido en cambio una lata de Coca-Cola y una de Schweppes; pensaba que quizá servirían igual. Si su amigo estaba escondido en alguna parte de la casa, cuando oyera que era él quien le llamaba sin duda saldría. Por otra parte, ¿quién más podía ser? Solo ellos dos sabían dónde estaba la llave secreta. Pasarían un rato juntos, comerían el chocolate, beberían la Coca-Cola y, si podía, esta vez él le diría a Jean-Loup cosas para hacerle reír, aunque no pudiera llevarle a Niza a ver los cachorros que jugaban tras los escaparates.

Si Jean-Loup no se hallaba allí, en su casa, tendría que cuidar sus discos, esos negros, de vinilo. Debía limpiarlos, impedir que las cubiertas cogieran humedad, ponerlos en fila de la manera correcta para evitar que se doblaran; de lo contrario, cuando él volviera, estarían todos estropeados. Debía ser él quien se ocupara de las cosas de su amigo; de lo contrario, ¿qué clase de amigo era?

Cuando el ascensor volvió a la planta baja, Pierrot sonreía.

Besson -un mecánico del representante de motores de barco que ocupaba la planta de abajo del edificio de la radio-, que estaba esperando, abrió la puerta. Se lo encontró de golpe ante él, de pie en el ascensor, con el pelo despeinado que sobresalía por encima de la pila de CD que llevaba en los brazos.

Al ver su sonrisa, sonrió también él.

– Hola, Pierrot, pareces la persona más atareada de todo Montecarlo. Si fuera tú, pediría un aumento de sueldo.

El muchacho no tenía la menor idea de cómo se hacía para pedir un aumento de sueldo. En todo caso, en aquel momento eso se encontraba a miles de kilómetros de sus intereses.

– Sí, mañana lo hago… -respondió, evasivo.

Besson, antes de subir al ascensor, le abrió la puerta de la izquierda, que llevaba al archivo.

– Cuidado con la escalera -dijo mientras le encendía la luz.

Pierrot hizo una de sus habituales señas con la cabeza y comenzó a bajar los escalones. Cuando llegó delante de la puerta del archivo, empujó con el pie la hoja que había dejado abierta. Dejó su carga sobre la mesa apoyada en la pared, frente a la fila de estantes llenos de discos y CD. Por primera vez desde que trabajaba en Radio Montecarlo, no puso inmediatamente en su lugar los CD que había traído.

Cogió su mochila y se la puso en los hombros, con el movimiento fácil que le había enseñado su amigo Jean-Loup. Apagó la luz y cerró la puerta con llave, como hacía todas las tardes antes de volver a su casa.

Solo que ahora no iba a su casa. Subió la escalera y se encontró en la entrada del edificio, el largo pasillo que terminaba en una puerta de cristal. Allí, del otro lado de la puerta, estaba el puerto, la ciudad, el mundo. Y, escondido en alguna parte, estaba su amigo, que lo necesitaba.

Por primera vez en su vida, Pierrot hizo algo que nunca había hecho.

Empujó las hojas de la puerta de cristal, dio un paso y salió a enfrentarse al mundo él solo.

57

Frank, sentado en el Mégane, en la explanada frente a la casa de Jean-Loup Verdier, esperaba. Como hacía bastante calor, había dejado el motor encendido para mantener en funcionamiento el aire acondicionado del coche. Mientras aguardaba a que llegaran Morelli y los hombres enviados por Roncaille, no podía dejar de mirar continuamente el reloj.

La imagen de Nathan Parker y su grupo disponiéndose a partir en el aeropuerto de Niza no abandonaba su cabeza, veía al general, impaciente, sentado en un sillón con Helena y Stuart, y a Ryan Mosse encargándose de los trámites del embarque. Luego, la figura maciza de Froben, o alguien en su nombre, que se acercaba a anunciar al viejo militar que había algunos obstáculos y que de momento debía postergar su viaje. No conseguía imaginar qué excusa habría inventado Froben para obtener ese resultado, pero sí imaginaba, y muy bien, la reacción del viejo. No habría querido encontrarse en el pellejo de su amigo comisario.

El absurdo de aquel pensamiento totalmente involuntario, fruto de una frase corriente, le hizo sonreír.

En realidad eso era exactamente lo que habría querido.

Le habría gustado estar en el aeropuerto de Niza en aquel momento, y hacer en persona lo que había pedido como favor a Froben. Habría deseado llevar aparte al general Nathan Parker y decirle al fin lo que quería decirle. Mejor dicho: lo que deseaba ardientemente decirle. Y sin necesidad de inventar nada; se limitaría solo a aclarar algunas cosas…

En cambio, se encontraba allí, viendo pasar el tiempo, mirando el reloj cada treinta segundos con la impresión de que hubieran transcurrido treinta minutos.

Se esforzó por apartar aquellos pensamientos de la cabeza. Acudió a su mente Roncaille. Ese era otro asunto. Era otro obstáculo. Con comprensibles dudas, el valiente director debía de haber movilizado a sus hombres. Frank le había hablado con tono categórico durante la llamada, pero había expresado una certeza que estaba muy lejos de poseer. No tenía el coraje de confesarse, ni siquiera a sí mismo, que, más que una especie de farol, la suya había sido una apuesta, y muy arriesgada, además. Cualquier apostador le habría dado treinta a uno sin pensarlo demasiado. En realidad, no tenía la absoluta seguridad de conocer el escondite de Ninguno; no era más que una razonable suposición. El porcentaje del noventa y nueve por ciento que había declarado al jefe de la policía era una considerable sobre valoración. Si su hipótesis no era acertada, las consecuencias no serían demasiado terribles, aparte del enésimo fracaso. Nada cambiaría respecto de la posición en que se encontraban ahora. Ninguno seguiría oculto, nada más. Ocurriría, simplemente, que el poco prestigio de que aún gozaba Frank Ottobre se reduciría de forma considerable, y las consecuencias podían ser deplorables. Roncaille y Durand tendrían entonces en la mano un arma cargada por él mismo, para hacer ver al representante del gobierno estadounidense que el hombre del FBI no era digno de confianza ni de continuar al frente de la investigación, a pesar del indudable mérito de haber descubierto la identidad del asesino. Además, su declaración pública acerca de los méritos del comisario Nicolás Hulot podía tener un efecto bumerán. Le parecía oír la voz y el tono indiferente de Durand mientras le decía a Dwight Stone que, en el fondo, si Frank Ottobre había llegado a aquel resultado, no era del todo mérito suyo…