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Salimos a contemplar las estrellas y a escuchar el bramido del mar. Yo intentaba mantenerme lo más cerca de ella para poder rozarla. Pero ella no lo notó.

– Existe una música que nunca oímos -observó.

– El silencio emite un canto. Y eso sí puede oírse.

– No me refiero a eso. Estaba pensando en una música que nosotros no somos capaces de captar con nuestro oído. Algún día, en un futuro muy lejano, cuando nuestro oído se haya refinado y se hayan creado nuevos instrumentos, tendremos capacidad de oír e interpretar ese tipo de música.

– Es una hermosa idea.

– Pues yo creo que sé cómo sonará. Como las voces humanas, las más nítidas del mundo. Seres humanos cantando sin temor.

Volvimos a entrar. Yo estaba ya tan ebrio que me tambaleaba al andar. De nuevo en la cocina, me serví un coñac. Agnes tapó su copa con la mano y se levantó.

– Necesito dormir -afirmó-. Ha sido una noche extraña. Ya no estoy tan deprimida como cuando llegué.

– Quiero que te quedes aquí -le dije-. Y que duermas conmigo, en mi habitación.

Me levanté y la agarré. Ella no me empujó cuando la atraje hacia mí, pero cuando intenté besarla, empezó a oponer resistencia. Me decía que lo dejase, pero ya no había manera de dejarlo. Allí estábamos, en la cocina, tironeando y empujándonos. Ella me gritaba, pero yo la arrastré hasta ponerla contra el borde de la mesa y ambos nos deslizamos hacia el suelo. Entonces logró liberar su única mano y me arañó en la cara. Me asestó tal patada en el estómago que me quedé sin respiración. No podía ni hablar, buscaba una escapatoria que no existía mientras ella sostenía ante sí uno de mis cuchillos de cocina.

Finalmente, me levanté y me senté en una silla.

– ¿Por qué has hecho eso?

– Lo siento. No era mi intención. Esta soledad me enloquece.

– No te creo. Puede que estés solo, no lo sé. Pero no ha sido ésa la razón de que te lanzaras sobre mí.

– Quisiera que pudieras olvidarlo. Perdóname. No debería beber.

Agnes dejó el cuchillo y se colocó ante mí. Su rostro irradiaba ira y decepción. No había nada que yo pudiese decir para disculparme. De modo que empecé a llorar. Ante mi asombro, sentí que no lloraba para escabullirme. Mi vergüenza era auténtica.

Agnes se sentó en el sofá con el rostro vuelto, mirando a través de la oscura ventana. Me enjugué las lágrimas y me soné la nariz.

– Sé que es imperdonable. Lo lamento, quisiera borrarlo.

– No sé qué haces ni qué te has creído. Si pudiera, me iría ahora mismo. Pero es de noche y no es posible. Así que me quedaré hasta mañana.

Se levantó y salió de la cocina. Oí que colocaba una silla contra el picaporte de la puerta. Salí e intenté mirar por la ventana. Pero ella había apagado la luz. Tal vez sospechaba que yo estaría fuera intentando verla. La perra apareció de entre las sombras, pero la aparté con el pie. En estos momentos no soportaba su presencia.

Aquella noche me quedé despierto en la cama. A las seis, bajé a la cocina y apliqué el oído a la puerta, pero no pude saber si estaba despierta o si seguía dormida. Me senté a esperar. A las siete menos cuarto, abrió la puerta y apareció en la cocina, ya con la mochila en la mano.

– ¿Cómo puedo salir de aquí?

– Hay calma chicha. Si esperas a que se haga de día, puedo llevarte yo mismo.

Agnes empezó a ponerse las botas.

– Quisiera decirte algo de lo que pasó anoche.

Ella levantó la mano con un gesto enérgico.

– No hay nada que decir. No eres la persona que yo creía. Quiero marcharme de aquí lo antes posible. Esperaré a que claree sentada en el embarcadero.

– Por lo menos, podrías escuchar lo que quería decirte.

Ella no se molestó en contestar. Simplemente, se colgó la mochila al hombro, tomó la maleta y la espada de Sima en la mano y se perdió en la oscuridad.

No tardaría en amanecer. Comprendí que ella no me prestaría atención si bajaba a hablar con ella en el embarcadero. Así que me senté a la mesa de la cocina y escribí una carta:

«Las chicas podrían trasladarse aquí. Deja que las hermanas y la gente del pueblo se queden la casa como ellos quieren. Tengo licencia para construir una casa sobre los cimientos de piedra del viejo establo. En el cobertizo hay una habitación que podría aislarse bien y acondicionarse. Y dos de las habitaciones de la casa nunca se usan. Además, si ya tengo una caravana, podría traer otra más. Aquí no falta el espacio».

Bajé al embarcadero. Ella se puso de pie y subió al barco. Le di la carta sin decirle nada. Ella vacilaba, sin saber si aceptarla o no. Finalmente, se la guardó en la mochila.

El mar relucía como un espejo. El ruido del motor rasgaba la calma y espantaba a los patos que, a nuestro paso, iban huyendo hacia mar abierto. Agnes iba sentada en la cubierta de proa, dándome la espalda.

Fondeé en la parte más baja del muelle y apagué el motor.

– Aquí para un autobús -le dije-. En aquella pared tienes los horarios.

Ella trepó hasta el muelle sin decir una palabra.

Yo volví a casa y me acosté a dormir. A mediodía, saqué mi viejo rompecabezas de Rembrandt y esparcí las piezas sobre la mesa. Volví a empezarlo desde el principio, aun sabiendo que jamás lo terminaría.

Al día siguiente de la partida de Agnes se desató un vendaval de componente nordeste. Me despertó el golpeteo de una de las ventanas. El viento era casi huracanado. Me vestí y bajé para comprobar las amarras del barco. Había marea alta. El oleaje se estrellaba contra la cumbre de los acantilados, salpicando la pared del cobertizo. Aseguré el ancla con un anclaje extra. El viento aullaba contra las paredes. Cuando yo era niño y el viento soplaba con tal intensidad, me asustaba. Del cobertizo, cuando había tormenta, emanaban sonidos semejantes a gritos de personas que estuviesen atacándose. Ahora, en cambio, aquel viento me contagiaba una sensación de seguridad. En aquel momento, en medio del vendaval, me sentía inaccesible.

La tormenta se prolongó dos días más. Uno de esos días, Jansson vino con el correo. En contra de lo habitual, llegaba con retraso. Cuando se aproximó al embarcadero, me contó que se le había parado el motor entre Röholmen y Höga Skärsnäset.

– Nunca había tenido problemas antes -se lamentó-. Claro que es normal que el motor falle con este tiempo.

Tuve que soltar un ancla de arrastre y, aun así, estuve a punto de encallar en las escolleras de Röholmen. Si no hubiera conseguido arrancarlo otra vez, habría naufragado por ahí.

Jamás lo había visto tan conmocionado. Sin que él me lo pidiera, le sugerí que se sentara en el banco, para tomarle la tensión. La tenía un poco alta, pero no más de lo esperable tras una situación como la que acababa de vivir.

Volvió a subir al barco, que se mecía chocando contra el embarcadero.

– Hoy no tengo correo -me dijo-. Pero Hans Lundman me encargó que te trajera un periódico.

– ¿Por qué?

– No lo sé. Es de ayer.

Jansson me entregó un ejemplar de uno de los grandes diarios.

– ¿No te comentó nada?

– Sólo que te lo diera. Hans no habla a menos que sea absolutamente necesario, ya lo sabes.

Cuando Jansson empezó a retroceder en contra del fuerte viento, le empujé por la proa para que pudiera salir del embarcadero. Poco faltó para que encallase al virar. En el último momento logró que la fuerza del motor lo sacase de la bahía.

Al alejarme del embarcadero descubrí un objeto blanco flotando en la orilla, en el lugar donde estaba la caravana. Me acerqué y comprobé que se trataba de un cisne muerto. Su largo cuello se enroscaba como una serpiente por entre las algas. Volví al cobertizo, dejé el periódico sobre la estantería de las herramientas y me enfundé un par de guantes de trabajo. Después, saqué el cuerpo del cisne. Un cordel de nailon se le había enrollado en las plumas y le había causado un profundo corte en el cuerpo. Se había muerto de hambre, al no poder buscar alimento. Coloqué el cuerpo sobre una de las rocas. Los cuervos y las gaviotas no tardarían en devorarlo. Carra me seguía, olisqueando el ave.

– No es para ti -le dije-. Es para otros.

De repente, el rompecabezas empezó a aburrirme. Bajé al cobertizo, rebusqué hasta encontrar una de las viejas redes de platija y me senté con ella en la cocina, dispuesto a remendarla. Mi abuelo se había armado de paciencia y me había enseñado a empalmar cabos y a remendar redes. Mis dedos aún conservaban la técnica. De modo que estuve allí sentado, remendando carreras, hasta que cayó la tarde. En mi mente mantuve una conversación con Agnes a propósito de lo que había sucedido. En el mundo imaginario, podíamos hacer las paces.

Por la noche, cené los restos del pollo. Después de comer, me tumbé en el sofá de la cocina a escuchar el aullido del viento. Estaba a punto de poner la radio para oír las noticias cuando recordé el periódico que Jansson me había traído. Cogí la linterna y bajé de nuevo al cobertizo.

Hans Lundman no solía hacer nada sin una intención concreta. Me senté, pues, a la mesa y empecé a revisar a conciencia las páginas del diario. En alguna de ellas había una noticia que él quería que yo viese.

Lo encontré en la página número cuatro, en la sección internacional. Era una fotografía de una cumbre de dirigentes europeos, presidentes y primeros ministros. Se habían puesto de pie para la foto. En el fondo, se veía a una mujer desnuda que sostenía una pancarta. El texto al pie de la imagen aludía con pocas palabras a la vergonzosa interrupción. Una mujer vestida con una gabardina negra había accedido a la sala de la conferencia de prensa con una identificación falsa. Una vez allí, se quitó la gabardina y alzó la pancarta. Varios guardias de seguridad acudieron diligentes a sacarla de la sala. Observé bien la fotografía y sentí una punzada en el estómago. En uno de los cajones de la cocina tenía una lupa. Con ella, volví a inspeccionar la instantánea. Mi desasosiego crecía a medida que se confirmaban mis sospechas. Aquella mujer era Louise. Reconocí su rostro, aunque estaba parcialmente girado. No cabía la menor duda de que era Louise, con la pancarta por encima de la cabeza y un gesto triunfante y retador.