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Todas sus ideas preconcebidas se esfumaron. Bajo la claridad que penetraba por la ventana distinguió perfectamente la flaca silueta de Valente Sharpe estirada en la cama, su huesuda espalda, la blancura del calzoncillo.

Se quedó mirándolo un instante. Luego se dirigió a la última habitación. Aquel bulto acurrucado bajo las sábanas tenía que ser Rosalyn, incluso creyó ver mechas de su cabello castaño.

Sacudió la cabeza y regresó a su cuarto, preguntándose qué había pretendido contemplar. Mirona. Comprendió que el impresionante esfuerzo exigido por su primer trabajo en la isla estaba cobrándose un precio. En su vida normal sabía cómo resolver aquellas situaciones de desgaste: daba paseos, hacía deporte o, si precisaba llegar más lejos, se entregaba a sus fantasías eróticas a solas. Pero en el mundo de Nueva Nelson, con aquella ausencia de intimidad, se sentía un tanto desorientada. Se acostó boca arriba y respiró hondo. Ya no había pasos.,, No había ruidos. Aguzando el oído podía llegar a escuchar el mar, pero no quería. Tras pensarlo un instante, se metió bajo las sábanas pese al calor que sentía. Pero no buscaba abrigarse.

Volvió a tomar aire, cerró los ojos y dejó que la fantasía la llevara por donde quisiera.

Sospechaba por dónde la llevaría.

Valente seguía pareciéndole Valente Sharpe: un chico estúpido, vacuo, una mente brillante en el cuerpo de un niño enfermizo, un hijo de papá. Sin embargo, de manera irremediable, su fantasía (probablemente también enfermiza, supuso) la arrastraba del pelo hacia él. Era la primera vez que le sucedía, estaba sorprendida.

Fisicus calentissimus.

Se lo imaginó entrando en su cuarto en aquel momento. Podía verlo con claridad, ahora que tenía los ojos cerrados. Introdujo las manos bajo las sábanas y se bajó las bragas. Pero a él ese gesto de sumisión le pareció poco. Ella accedió a quitárselas del todo, hizo una bola con ellas y las arrojó al suelo. Imaginó que ni aun así su Valente Sharpe de fantasía quedaría satisfecho. Pero te jodes, porque no pienso apartar la sábana. Se llevó una mano allí abajo, al centro de aquel lugar tórrido y exigente, y comenzó a removerse y jadear. Sospechó lo que él haría: mirarla con absoluto desprecio. Y ella le diría…

En ese instante los pasos sonaron junto a su cama.

El incipiente placer le estalló en el cerebro como una filigrana de cristal pisoteada por un elefante adulto.

Abrió los ojos exhalando un gemido.

No había nadie.

El susto, clavado de aquella forma en mitad de su excitación sexual, había sido de tal naturaleza que casi se alegró de seguir con vida: esa clase de sustos que son como un acceso de fiebres palúdicas y te dejan rígido y helado. En algún sitio había leído, incluso, que podían llegar a matarte de un infarto por joven que fueras y saludables que tuvieras las arterias.

Se incorporó conteniendo el aliento. La puerta de su habitación seguía cerrada. No había oído en ningún momento que se hubiese abierto. Pero los pasos -de eso estaba segura- habían sonado dentro de su habitación. Sin embargo, no había nadie.

– ¿Hola…? -le preguntó a los muertos.

Los muertos respondieron. Con más pasos.

Estaban en el baño.

En aquel momento Elisa pensó que no podía llegar a sentir más miedo del que ya tenía. Que jamás sentiría más miedo que entonces.

Luego comprobó que aquel pensamiento había sido el más erróneo que jamás había tenido hasta entonces.

Pero eso lo supo luego.

– ¿ Sí?

Nadie respondió. Los pasos iban y venían. ¿Se equivocaba? No: sonaban dentro del cuarto de baño. Carecía de lámpara en la mesilla, y de todas formas las luces de las habitaciones recortaban de noche, salvo las de los baños. Tendría que levantarse a oscuras e ir hacia allí para encenderla.

Ahora ya no los oía: habían vuelto a detenerse.

De repente le pareció que era una completa idiota. ¿Quién demonios podía haberse metido en su cuarto de baño? ¿Y quién aguardaría allí sin luz, sin hablar, pero moviéndose? No cabía duda de que los pasos procedían de otro lugar del barracón y reverberaban en las paredes.

Pese a aquella conclusión «tranquilizadora», el proceso de apartar la sábana, levantarse (ni soñar con perder tiempo en ponerte las bragas, además, si se trata de un muerto, ¿qué coño te importa estar en pelotas?) y caminar hasta el baño le pareció poco menos que una misión astronáutica. Descubrió que la puerta del baño, que no podía ver desde la cama, estaba cerrada y la mirilla se hallaba completamente negra. Tendría que abrirla y encender, a su vez, la luz del interior.

Movió el picaporte.

Mientras abría la puerta con terrible lentitud, revelando porciones crecientes de la negrura interior, se escuchaba a sí misma jadear. Jadeaba como si aún siguiera en la cama con su fantasía privada… No, qué más quisiera ella: jadeaba como un tren a vapor. Ríete de como había jadeado antes, mientras se hacía una de sus pajas-de-salir-del-paso. Ríete, fisicus extravagantissimus

Abrió la puerta del todo.

Lo supo incluso antes de encender la luz. Estaba vacío, claro.

Respiró aliviada, sin saber qué había esperado encontrar. Volvió a oír los pasos, pero esa vez claramente remotos, quizá en el ala de los dormitorios de profesores.

Por un instante se quedó allí de pie, desnuda, en el umbral del baño iluminado, preguntándose cómo era posible que hubiesen sonado junto a su cama momentos antes. Sabía que sus sentidos no la habían engañado, y no iba a poder dormir hasta encontrar una solución lógica para aquel enigma, aunque solo fuera por el deseo de no parecer idiota.

Al fin dio con una posible causa: se agachó y apoyó la oreja en el suelo de metal. Creyó escuchar los pasos con más intensidad y dedujo que no se equivocaba.

Existía un lugar en toda la estación donde ella aún no había estado: la despensa. Se hallaba bajo tierra. En Nueva Nelson era muy importante ahorrar energía y espacio, y el almacenamiento de víveres en el subsuelo cumplía aquel doble objetivo, ya que, debido a la fresca temperatura subterránea, los refrigeradores trabajaran a mínima potencia y ciertos alimentos podían conservarse sin necesidad de frío adicional. Cheryl Ross empleaba algunas noches en visitarla (se accedía por una trampilla en la cocina) para hacer una lista de todo lo que era necesario reponer. La cámara de los refrigeradores se hallaba cerca de su habitación, y los pasos de quien allí estuviera debían de transmitirse con facilidad debido al revestimiento metálico de las paredes. Había creído que sonaban dentro, y en realidad sonaban debajo.

Tenía que ser eso: la señora Ross estaría en la despensa.

Cuando se sintió lo bastante tranquila, apagó la luz del baño, cerró la puerta y regresó a la cama. Antes buscó las bragas y se las puso. Estaba extenuada. Tras aquel susto, el tan ansiado sueño se dignaba acercarse a ella.

Pero mientras su vigilia se consumía como una vela agotada, segundos antes de que un torbellino la arrastrara por fin a la negrura, le pareció distinguir algo.

Una sombra deslizándose por la mirilla de su puerta.

16

De: tk32@theor.phys.tlzu.ch

Para: mmorande@piccarda.es

Enviado: viernes, 16 de septiembre de 2005

Asunto: hola

Hola, mamá. Solo unas líneas para decirte que estoy bien. Lamento no poder escribir (ni llamar) más a menudo, pero el trabajo aquí en Zurich es intenso. Lo cual me agrada (ya me conoces), así que no me quejaré. Todo lo que hago y veo es maravilloso. El profesor Blanes es extraordinario, y mis compañeros también. En estos días estamos a punto de obtener ciertos resultados, de modo que, por favor, no te inquietes si tardo en volver a comunicarme contigo.

Cuídate. Un beso. Saluda a Víctor de mi parte, si te llama.

Eli.

Años después pensó que ella, a su modo, también era responsable del horror.

Tendemos a culparnos por las catástrofes sufridas. Cuando la tragedia nos abruma, nos replegamos hacia el pasado y buscamos alguna falta que hayamos podido cometer, y que la explique. Tal reacción podía ser absurda en muchos casos, pero en el suyo le parecía correcta.

Su tragedia era abrumadora, y quizá su falta también.

¿Cuándo se había equivocado, en qué preciso instante?

A veces, en la soledad de su casa, frente al espejo, contando los angustiosos segundos que le quedaban antes de que sus pesadillas regresaran de nuevo, concluía que su gran error había sido, precisamente, su gran acierto.

Aquel jueves 15 de septiembre de 2005, el día de su éxito.

El día de su condena.

Los problemas matemáticos son como cualquier otro: te pasas semanas vagando por un sinfín de vericuetos y de repente te levantas una mañana, bebes café, miras cómo el sol nace y allí, incomparablemente luminosa, está la solución que buscabas.

La mañana del jueves 15 de septiembre, Elisa se quedó inmóvil con el lápiz en la boca mirando la pantalla del ordenador. Imprimió el resultado y se dirigió al despacho de Blanes portando un papel.

Blanes se había hecho instalar un teclado eléctrico en su despacho privado. Interpretaba a Bach, mucho Bach, solo a Bach. El despacho lindaba con el laboratorio de Clissot, y a veces la cristalina criatura de una fuga o el aria de las Variaciones Goldberg se filtraban como fantasmas por las paredes durante las tardes solitarias que Elisa pasaba trabajando. Pero no le molestaba, incluso le agradaba oírle. juzgaba a Blanes, dentro de su profunda ignorancia de la música, como un pianista aceptable. Sin embargo, aquella mañana ella tenía otra «música» que ofrecerle, y pensaba que a él no le parecería mal si se trataba de la melodía correcta.