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Irene sintió un odio instintivo y feroz por esa chica.

– Esa es una tarada -dijo-. Si ésa se parece a mí, yo soy Matusalén.

– Por qué, Matusalén. Por qué una tarada.

– Eso es desmerecer la luna, es reducirla a un queso. No tiene nada que ver con lo que yo… Yo quiero la luna, entiende. Así como es.

– Demasiado, ¿no?

Irene se encogió de hombros.

– Pero es así.

Él se quedó mirándola, en silencio. Por fin dijo:

– ¿Y qué va a pasar ahora? -sonrió apenas-. Si no salís corriendo.

– Eso es cosa suya -dijo Irene con decisión-. Pero yo no salgo corriendo.

Él levantó el dedo, profesoral.

– Después no digas que no te advertí.

– Nunca voy a decir eso. Se lo juro.

– Por lo menos decime “te lo juro”. Me siento una especie de degenerado.

– Te lo juro -dijo Irene haciéndose violencia.

– Así está mejor -dijo él; tiró el cigarrillo que estaba fumando y lo aplastó con la suela, despaciosamente-. Y qué más pasa con vos, aparte de que no te gusta salir corriendo y que sos muy comilona.

– ¿Comilona? -Irene miró a su alrededor con un vago aire de terror; las cosas se estaban deslizando con suavidad hacia un terreno que no dominaba-. Ah, por lo de la luna. Pero no. Es decir, sí. Ahora me gusta con locura comer. Pero de chica no me gustaba nada. Era una tortura.

Vanamente trataba de volver a su territorio familiar.

– ¿Cómo, no te gustaba? -dijo él, como si estuviera diciendo esto y al mismo tiempo otra cosa cuyo sentido Irene no alcanzaba (o no se animaba) a captar.

– No sé, me repugnaba. La leche, sobre todo -ahora radiante-: hasta los cinco años, mi mamá me daba la leche con una cuchara de sopa.

Pero duró poco esa seguridad, esa sensación de volver a pisar el suelo familiar. Porque él acababa de hacer una pregunta, y no fue la dificultad que encerraba su respuesta -al contrario, ya que la respuesta iba a ser tan tonta que Irene tendría que deponer toda arrogancia para responderla-, no fue la pregunta en sí lo que la perturbó, sino el tono, demasiado íntimo tal vez, brutalmente desconectado de la pregunta. Ya que él apenas ha preguntado, como si no hubiera comprendido bien:

– ¿Con qué te daban la leche?

E Irene, dócilmente, ha repetido:

– Con una cuchara de sopa.

Pero más que una respuesta, ha sido un rito de tránsito. O todavía no un rito. Hará falta mucho tiempo para que los actos pequeños se transformen en ritos, para que un roce leve, una inflexión de la voz, desencadenen alegres cataclismos en su cuerpo. Habrá un día en que él pregunte: “¿Con qué te daban la leche?”, y será como si un ángel lujurioso revoloteara bajo su piel. Una puerta que se abre, una embozada invitación al juego del amor. Entonces su cuerpo será una caja de resonancias y ella contestará “con una cuchara de sopa” como quien entra en una región festiva. Pero ahora no. Ahora lo ha dicho sólo por timidez, porque no sabe qué otra cosa puede hacer. Ya que apenas ha empezado a pronunciar la respuesta ha sido conducida -la ingobernable- hacia atrás por unas manos livianamente apoyadas sobre sus hombros. De modo que si empezó a pronunciar la frase en una situación normal, la terminó apoyada contra la pared, con el cuerpo de Alfredo Etchart a muy pocos centímetros de su cuerpo. Ahora que los ojos de él, tan cerca de su cara, la observan turbiamente en la oscuridad, el final de su propia frase -con una cuchara de sopa- le suena tan infantil que otra vez vuelve a ser la Irene que antes fue, aterrada ante el mundo de los adultos. Ya no están más los dos niños perdidos en el bosque. Él es el profesor y ella, la alumna ignorante. Si todo se detuviera ahí, si este hombre le diera tiempo para asimilar el nuevo fenómeno, otros gallos cantarían. La expresión de él la paraliza. Cosa extraña la transformación de su cara. Hay algo animal ahora en su expresión, algo tan irreconciliable con el profesor cínico que le habló de las hénides que Irene, como si estuviera contemplando algo prohibido, debe cerrar los ojos, de modo que la boca de él sobre su boca la toma por sorpresa. Instintivamente aprieta los labios. Si le dieran tiempo para verlos a los dos contra la pared, las manos de él tanteando como un delicado cristal el cuerpo de ella, la boca de él tratando de quebrar la resistencia, la mano de él manipulando ahora su mentón hasta que ella dócilmente abra la boca, entonces tal vez los pecaminosos sueños de su infancia acudirían a su cuerpo y ella despertaría como un pájaro que se despereza esponjando las plumas. Pero no tiene tiempo para verse. La astuta pensadora con colmillos la ha dejado sola con su cuerpo. Y ella lo siente tan torpe, tan indigno de estas manos extrañas, que no entiende por qué persiste él en tantearla. Ha leído aladas palabras acerca de cuerpos núbiles, caderas que se ensanchaban desafiantes, pechos que despuntaban como un amanecer, y siempre ha tenido la angustiosa sensación de que hablaban de otra cosa. Su cuerpo, real e incontrolable, era otra cosa, más incómoda, menos merecedora de palabras áureas. Y es esto indigno e inmanejable lo que él está conociendo ahora. ¿Qué busca? ¿Por qué insiste en este juego insípido? Por qué no se va en busca de las otras, de las que saben besar, de las que no se preguntan, desgarradas y solitarias, qué es el amor. El amor es terrible porque se da en la oscuridad y sin explicaciones. ¿Sin explicaciones? ¿Es que también el amor hay que explicárselo a Irene? Todo. Hay que explicarle todo. Ella querría saber qué tiene que hacer ahora. Pero sólo puede quedarse allí, contra la pared, y soportar con estoicismo. Ya ha aprendido al menos que debe dejar la boca abierta y que él haga lo que quiera. ¿Lo que quiera? Pero cómo puede querer un hombre así estos contactos tan carentes de gracia. ¿Por qué lo hace? ¿Qué es este cuerpo para él? No puede decirle nada todavía, nada de las agitadas noches en que ella se ha apretado ferozmente contra sí misma, incapaz de tolerar las lujuriosas divagaciones de su cabeza. Cómo armonizar ahora su cerebro pervertido y audaz con este cuerpo que se le rebela y se le eriza. Tal vez él ha advertido algo porque intempestivamente ríe en la oscuridad. Ha separado apenas su cara de la cara de Irene, y la mira. Ah, esto sí que es familiar y reconocible. Una mirada.

– ¿Tenés frío? -le pregunta.

Y éste es el abrigado territorio de las palabras.

Algo parecido a la dicha empieza a aletear en el cuerpo de Irene.

– No, no tengo frío -y la asombra su propia voz, el tono de su voz, baja y un poco ronca. Esto que impremeditadamente ella ha aprendido.

– Tenés que aprender muchas cosas -dice él, y le saca el pelo de la cara.

– Tiempo al tiempo -dice Irene.

¿Acaso su voz no ha empezado a ser sabia? Piano, piano, professore, nadie le había dicho a Irene que también el amor es un aprendizaje.

– Claro que sí -dice él-. Nos queda toda la vida por delante.

La noche se ilumina y estalla. Las palabras son incorpóreas y no le dan miedo. Ahora, mientras caminan muy juntos por la calle, el beso de él es sólo un recuerdo, algo que ya está para siempre instalado en su pasado, y que la transforma. Atención, caminantes, que ven pasar como si tal cosa al treintañero y la doncella. No los miren tan frescos. Vuelvan la cabeza, tápense los ojos, ruborícense, escandalícense, envídienlos. Esto que ahora empieza es una historia de amor.

Coda

Lo cual constituye una prueba de que el maestro tenía razón en el fondo y de que la naturaleza la había destinado a la pasión de la inteligencia y no a otras pasiones, más personales.

HENRY JAMES

La regla de tres es lo más difícil que hay en el mundo. Esta certeza y el nombre, austero, indescifrable, opaco a todo razonamiento, me dan pavor. Paso noches en blanco imaginando cómo será esa valla que me espera en tercer grado, la ciénaga en que fatalmente voy a hundirme. No concibo pesadilla más oscura que la de no comprender algo. Tengo seis años y todo proyecto de vida se me trunca en el día aciago. Tengo ocho años y ocurre. Sólo que no me doy cuenta. La señorita Julia ha escrito un problema en el pizarrón y está explicando algo. A mí la explicación me parece superflua (toda explicación me parece superflua, como si en el momento de recibirla supiera que el conocimiento ya estaba dentro de mí: la realidad me resulta una fuente de perpetuo aburrimiento) así que me distraigo. Después no me acordaré si he estado inventando una historia o concibiendo una teoría pero es casi lo mismo. A través de su trama casi perfecta se abre paso una expresión que destella con luz propia y me reinstala con brusquedad en el mundo real. Me basta un segundo para comprender lo que pasa. Eso que penumbrosamente he olfateado en la letanía de la señorita Julia y que mi cerebro utilizó mil veces como la forma más grosera y chata de razonamiento, eso tan trivial que hasta parece innecesario llamarlo de alguna manera, es lo que responde al augusto nombre de Regla de Tres. Todavía no he decidido que el verdadero misterio de las cosas lo encontraré en las palabras; lo que siento es una irremediable decepción. El mundo real no sólo es aburridísimo: decididamente no ofrece riesgos. Por fortuna me salvan las historias. Llenan casi todo mi pensamiento, no tienen fisuras y son complicadísimas, bien definidas hasta en sus mínimos detalles, siempre tramándose con otras y otras y otras sin que pueda quedar un solo cabo suelto, imperativo de alto riesgo porque puede suceder que alguna pieza no encaje y haya que modificar argumentos, trocar personajes, desplazar tiempos, tarea que me obliga a un esfuerzo terrible ya que debo pensar simultáneamente en el todo y en las partes. Es así que en un sentido estricto las historias nunca transcurren sino que son modificadas hasta la perfección. O ése es su verdadero transcurrir y entonces no se diferencian en casi nada de las teorías con que satisfactoria y exhaustivamente me explico el universo y sus componentes. Cuando todo encaja, cuando la trama o teoría es perfecta y yo -pieza infaltable y también en cierto modo perfecta: siempre un poco más alta, más huesuda, siempre un poco más rubia o más morena que el modelo original, siempre menos torpe y huraña- puedo desplazarme con entera libertad por una intriga o universo sin grietas (sensación que dura apenas unos segundos porque en seguida voy a ver una posibilidad más absoluta y tendré que efectuar nuevas modificaciones en cadena), entonces, en ese vulnerable instante de plenitud, arrastrada por el formidable empuje de mi imaginación, debo correr desenfrenada por el comedor de la casa de la calle Bulnes hasta que mis manos chocan con violencia contra la pared. Y acá estoy llegando a la raíz, escribiría. Como si mi energía cinética y el poder de mi cabeza marcharan por caminos alabeados. Un cerebro poderoso que me compelía a correr poderosamente. Algo que no correspondía. Algo que por fin se iba a parecer a la parálisis. ¿Qué esperaba en ese tiempo de mí? No puedo recordarme proyectándome en el mundo real, salvo por la negativa. Eso sí lo recuerdo, certero como una luz. Una imagen me provoca aún hoy repulsión. Señoras que hablan con Guirnalda en el camino al mercado. Yo, la nena de flequillo, colgada de su mano. Mejillas redondas y deseables que ellas pellizcan encantadas. Es esa redondez lo que detesto. Algo totalmente ajeno al mundo abrupto en que a cada paso corro peligro. En ese mundo soy angulosa y siento un profundo desprecio por estas fofedades que arrastran con resignación a sus hijos. Las observo con espanto. ¿Y yo voy a ser así?, me pregunto. Supongo un destino irrevocable que une a cada niña con su madre. Mi infierno personal es pegajoso y chirle. Entonces fulgura en mi cabeza la imagen de una mujer en deshabillé. Viene de los trasfondos de mi vida consciente. Borrosamente recuerdo que una tarde la fui a visitar con Guirnalda. ¿A qué fuimos?, ¿quién era esa mujer? No me importa. La imagen se me asocia con una palabra clandestina cuyo significado no entiendo del todo pero que me tienta. Amante. Las amantes reciben en deshabillé y escandalizan a las señoras como mi madre. Yo quiero ser esa mujer.