Mano de bronce, mayólicas, crochet. La entrada a la casa de Celia Argüello le resulta decepcionante. Alfredo le ha dicho que los cuadros de la Argüello parecen desprendimientos del infierno pero todas estas cortinitas, en fin, ya le preguntará cuando se vayan; ahora están entrando en una sala llena de gente. Algunos invitados que Irene no conoce parecen mirarlos, ¿quién será esta jovencita que acompaña a Etchart?, ¿no se los ha visto juntos con demasiada frecuencia en el último año? ¿No la trata él con desusado afecto? ¿No le estará haciendo pisar el palito? Vapores de oro y de luz entran con ella.
Una sonrisa de dientes blanquísimos la enfoca con burlona cortesía. Enrique Ram, a ése sí que lo conoce. Un cínico insoportable que fue el maestro de Alfredo, o el hombre a quien más admira, o algo por el estilo. Ahora cada vez más reaccionario (le ha explicado Alfredo) pero sabe un vagón de literatura, ya en el cuarenta y ocho daba cátedra sobre Finnegan’s Wake, imaginate. Irene se ha imaginado, algo espantosamente difícil, inconcebible saberlo en el cuarenta y ocho, con el tiempo averiguará qué es. ¿Acaso no es ése su modo de aprendizaje? Datos como piezas de un inacabable rompecabezas. Aprender es saber llenar huecos, no cualquiera. Un mes atrás, apenas Irene lo descubrió en el bar del Claridge, los dientes blanquísimos también le habían sonreído, el lobo con ganas de comerse a Caperucita se le cruzó a Irene, ¿quién era ella? Ella venía de parte de Alfredo Etchart que no había podido. La mirada de Ram la recorrió de arriba abajo, cara de nena, más carne de lo que parece con ese pullovercito, pensó Irene que el degenerado pensaba, seguro que ese hijo de puta de Etchart se la coje. Ella enloqueció de placer. Él hurgaba el libro que Irene llevaba bajo el brazo. Con tanto impudor como si me tocara una teta, le explicó más tarde a Alfredo. Pero, ¿qué encontró? El Doktor Faustus, ah, te sorprendiste, viejito, ella lo miraba muerta de risa y se sintió tan comestible que, sentada ante un pomelo con vodka, habló a sus anchas de Thomas Mann, de las zonas de clivaje, del fantasma que recorre Europa, de la voluntad ibseniana, y de otros tópicos interesantes del mundo contemporáneo (le dijo, divertidísima, a Alfredo), mientras verificaba gozosa que el lobo la seguía mirando con hambre.
Ahora también la mira; ya está junto a ellos, estrecha la mano de Alfredo. Irene, sonriente y mundana, inicia el gesto de extender su mano. Pero Ram hace algo inesperado. Toma esa mano y, con ademán lento y gentil, la lleva a los labios y la besa. Después, sin soltarla ni atenuar la sonrisa, dice:
– Dígame, Irene, usted que estudia física y parece tan marxista, ¿cómo concilia la dialéctica de la naturaleza con el Principio de Incertidumbre de Heisemberg?
La inteligencia trabaja con residuos y opera simultáneamente con varios sistemas de datos, escribiría después Irene. Pura sonrisa ante Ram, ella va rastreando con rapidez en su memoria informaciones apenas entrevistas mientras socarrona calcula que un literato como Ram debe haberse quedado entrampado en la palabra “incertidumbre” pero es fija que tiene un concepto vago y ligeramente erróneo de lo que es el Principio de Heisemberg -¡papita pa’ el loro!- y al mismo tiempo detecta la mala fe que hay en esa pregunta y en el tono. Con cierta insidia dice que si el electrón es un móvil, ¿no será justamente poco dialéctico fijarlo en un punto y en un instante dados? Con más insidia agrega que, de cualquier manera, no hay que preocuparse: la imposibilidad de determinar a la vez la velocidad y la posición de una partícula ¿niega acaso la lucha de clases? Y ahora una flor para el hombre que seguramente la admira a su costado.
– Y, por favor, suélteme la mano. Para hablar conmigo sobre estas cosas no hace falta que me toque.