– Ya sé lo que quiero que me regales para mi cumpleaños -dijo.
Y por unos segundos tuvo la ilusión de que el sentido de su vida estaba resuelto para siempre.)
– ¿Pero qué cosas escribís? -dijo la vecina.
Irene se puso en guardia. Cómo explicarle esto que ahora mismo, aturdida por el canto dorado de la mañana, aún la aureolaba, cómo contarle que ella a veces se sentía capaz de arrancar ciertos acordes secretos del universo, que en mañanas como ésta, a punto de vislumbrarse un sentido -ni más imposible ni más alcanzable que el de la muchacha que en este momento empujaba pensativa el cochecito de su bebé por la cortada Del Signo-, creía posible decirles a otras mujeres y a otros hombres cosas que a ella le parecía conocer de las mujeres y los hombres.
– Cosas, qué sé yo -se rió para que todo volviera a la normalidad.
Porque lo que en el fondo temía, si le confesaba la verdad a la vecina (o lo que en esta mañana azul creía la verdad), era la pérdida de estos remansos o transitorios cielos cotidianos, ya que tal vez entonces la vecina nunca más se atrevería a conversar con ella acerca del dulce de quinotos o de la bosta de vaca.
– Lo que pasa es que me la regalaron ayer, por eso tanto entusiasmo.
Aunque tal vez era todavía peor. Confesarle la verdad a la vecina la ataba a que esta noche de vigilia no fuera algo casual, un mero desprendimiento de su euforia por haber cargado los catorce kilos doscientos de su Remington. O de su necesidad de deslumbrar al hombre que ahora seguramente estaría celebrando a una adolescente implacable, toda futuro y palabras de grandeza. Porque la vecina sin duda creería en ella, en sus palabras de alto vuelo, y eso la ligaría a esta noche azarosa como a un destino. ¿Y qué es un destino?, se preguntó siempre hábil para instalar una fuente de especulaciones cuando las papas quemaban. Como si la dificultad de la respuesta, o la astucia de haber ideado el interrogante oportuno, la eximiera de esta vergüenza de no haber tenido el coraje de picar alto, siquiera, para mentirle a la vecina.
– ¿El hombre rubio?
– ¿Qué?
– Si te la regaló el hombre rubio.
Irene sonrió apenas. La vecina se había desviado por un atajo que sin duda le resultaba más interesante.
– Sí.
– ¿Hace mucho que lo conocés?
Alerta. Este camino también era peligroso. Trece años. Decir la verdad era caerse en la historia de la vecina, cuyos incidentes le venía contando entre tortas fritas de balcón a balcón, porque es tan bueno desahogarse con alguien, ¿no te parece? Con Rodolfo, la vecina no se podía desahogar porque era tan sensible, cualquier cosa lo afectaba. Rodolfo era casado, la visitaba desde hacía ocho años, y era terriblemente sensible: cualquier reproche lo afectaba horrores. Encima venía lleno de problemas: la mujer que no lo comprendía, los viajes intempestivos. Pero el día menos pensado los problemas se acababan; él arreglaba un montón de compromisos, se separaba de la mujer y se venía a vivir con ella. Minga, había pensado Irene; éste no se separa más en la vida, querida. Y qué iba a pensar la vecina de ese hombre rubio que desde hacía trece años. Minga.
– Más o menos -dijo con ambigüedad.
– Es medio raro, ¿no? -dijo la vecina.
A Irene le dio risa. Se vio contándole la opinión de la vecina a Alfredo. Dijo que eras medio raro. Una risa bárbara.
– Tiene sus cosas -dijo-. Pero es amoroso.
– ¿No se piensa casar?
– No sé si se piensa casar -lo dijo con demasiada violencia, pero ya era tarde-. Al menos yo, no tengo intenciones de casarme en mi vida.
Y advirtió con alarma que ahora ya no podría sacarse de la cabeza lo que, con habilidad, había estado eludiendo toda la noche. El sol le daba de frente y se estaba poniendo molesto. Tenía que encontrar un pretexto para entrar de una buena vez, no se iba a quedar en el balcón toda la mañana.
– Hacés bien -dijo la vecina-. Todos los hombres son unos canallas.
Irene sintió una furia helada.
– Son tan canallas como usted y como yo -sabía perfectamente que ésa era una violencia ridícula-. Tan canallas como cualquiera. ¿Se da cuenta de que nadie tiene la culpa de lo que le pasa a usted? ¿No se da cuenta de que se está jodiendo la vida porque se le da la gana?
Vio cómo saltaban las lágrimas en los ojos de la vecina, y se odió. Esa que ahora lloraba en silencio era una mujer apacible y pródiga que preparaba lentos guisos con pimentón y laurel. ¿Cómo podía conocer Irene, con qué derecho podía juzgar su recóndita idea de la felicidad? Entonces la vecina gritó:
– ¡Ahí está!
– Quién -dijo Irene.
Y en el preciso momento en que la otra, jugada al fin, dijo “tu novio”, Irene lo vio a Alfredo, quien se acercaba lo más campante por la vereda del mercado.
– ¡Desgraciada! -le gritó, con tanta fuerza que la otra vecina, la de la izquierda, culta asistente a cursillos sobre historia del arte y también a algunas conferencias de ese profesor rubio tan brillante a quien he visto con usted, Irene, la vecina de la izquierda levantó la vista del geranio cuyas hojas estaba lustrando-. Me hacés ir hasta el culo del mundo y resulta que la máquina te la trajiste al hombro.
Las hilachas de odio desaparecieron como por encanto, el mundo se transformó en un lugar habitable e Irene lo saludó con la mano, momentáneamente olvidada de la vecina, de la adolescente jetona y también de las cúspides doradas a las que se había encaramado la noche anterior.
Abrió la puerta, puro júbilo y deseo. En seguida iba a contarle en detalle -acicateando livianamente, como por mero rito, la conciencia de Alfredo- su aventura con la máquina de escribir, y después iba a escuchar en detalle -y un fantasma se haría humo- la aventura de él con esa chica llamada Cecilia, de quien todo lo que conocía hasta ese momento eran un gesto de fastidio, la acechante paciencia y su aversión al imperativo categórico. Pero no. Lo primero que dijo Alfredo al entrar fue:
– ¿A que no sabés con quién me encontré ayer?
Irene se desconcertó. Su interés apuntaba por anticipado en otra dirección; no estaba en condiciones de sentir curiosidad por un hecho imprevisto. Sólo le prestó atención al singular del verbo: “Encontré”. Con quién me encontré, nada de “nos encontramos”. Pero desechó el dato por inútil. Para Alfredo, la primera persona del plural venía a ser una especie de arcaísmo, como si nunca lo abandonara la sensación de que todo lo que vivía, así estuviese acompañado por una multitud, lo vivía solo.