– Te imaginás lo que puede ser eso -dijo él.
Irene echó un poco el cuerpo hacia atrás.
– Mi Dios, no va a faltar ninguna -dijo-. El despelote que se va a armar.
– Van a despedazar mi cadáver -dijo Alfredo.
– Quedate tranquilo -dijo ella-. Yo te voy a hacer quedar como un rey.
Y pensó que sí, que seguramente iba a hacer eso como una última prueba de fidelidad, y que él lo sabía. Y ahora mismo estaría imaginándola, afanosa y atenta, tratando de mantener por última vez el delicado equilibrio que había sido la vida de él, con la misma pasión -¿y con el mismo sentimiento de inutilidad?- con que él lo habría hecho.
¿Pero quién me va a ver?, se le cruzó con temor.
Con quién compartiría los pequeños equívocos, los indecibles absurdos de este velorio. A quién iba a buscar para reírse juntos cuando la representación terminase y todas las viudas inconsolables se hubiesen ido y ella se quedara sola con su alma. No hay peor tristeza que la de reírse solo, escribiría, y pensó que ahí estaba el secreto de este matrimonio, más sagrado que los que se consumaban en altares o a la luz del día, y pensó dónde voy a buscar refugio cuando vos no estés, y pensó por favor, Alfredo, no te mueras nunca.
– Si serás pava -dijo él-. Pero no te compliques la vida -agregó, mientras parecía buscar algo a su alrededor-. Por ahí no viene nadie. Ya te veo, solita tu alma, al lado del cajón.
– No, eso no -dijo Irene; no podía permitir ni por un segundo esta especie de derrota final y ya le estaba preparando un funeral precioso, lleno de esbeltas enlutadas.
Pero sin muerto, por Dios, sin muerto, rogó. Sólo un momento, porque él ya le estaba preguntando si no sentía un perfume, muy cercano, a jazmines. Y ella sentía, cómo no, ahí nomás, a un paso de ellos. Así que buscaron en la noche, abrazados y vivos, espiando en cada verja y detrás de cada tapia, porque los jazmines estaban allí aunque ellos no los vieran, fragantes y blancos, acechándolos.
– Entrá vos. Yo voy a comprar cigarrillos. Fue un primer aviso, el sacudón de una brevísima oleada de pánico, pero Irene no le prestó atención. Caminó lo que faltaba hasta la casa de Alfredo como si todavía estuviese embriagada por la felicidad del regreso. Va a llamarla, dijo con brutalidad una voz interior. “Cómo le va, tanto tiempo, señorita Irene.” ¿No había en la pregunta cierto tonito de burla? Devolvió el saludo con efusividad exagerada. Alegría fingida, pensó que debía pensar la portera. Basta. Ya estaba hilando demasiado fino. El lentísimo ascensor jaula se detuvo en el quinto piso. Irene sacó la llave y entró en el departamento.
Tiró la cartera en el sillón y encendió una lámpara. Todo está como era entonces. Algo dentro de ella se apaciguó. Eso estaba ahí, como siempre. Un ámbito impenetrable, tirando a sombrío, en el que cada detalle era un indicio del hombre que lo habitaba. Pero siempre se las arreglan para dejar rastros. Asquerosamente, el pensamiento atravesó la calma y la obligó a echar una mirada inquisidora a su alrededor. Estaba segura de encontrarlo: algo cambiado de lugar que Alfredo aún no había notado o no había tenido tiempo de poner en su sitio, un pequeño objeto olvidado o premeditadamente dejado allí para que lo viera ¿ella?, la cama tendida de manera inusual, la yerba puesta en otro estante. Había habido casos de señales más burdas, claro. Mujeres que se habían empeñado en dejar su propio y cariñoso sello, una agarradera a cuadritos para la pava, un pescado colgante que, si se le tiraba de una cuerda, dejaba oír el Sueño del Amor, de Liszt, un lechoncito de loza, objetos que pretendían instalar cierto tono retozón en la adustez habitual y que invariablemente iban a parar a la casa de Irene, constituyendo lo que ella llamaba sus trofeos de guerra. Pero eso no contaba. En cambio bastaban otras pequeñas certezas -una marca distinta de cigarrillos, un orden inusual en la alacena- para que una mujer que hasta el momento había sido un mero tema de conversación para Irene -él solía contarle hasta ciertos incidentes mínimos, como si algunos hechos sólo adquirieran para él su sentido completo cuando ella los conocía-, esa mujer hecha de palabras se transformara en un ser real que pugnaba por existir a su manera, por instalarse a su manera en el mundo de él.
Pero ésta no. Irene ya había inspeccionado las alacenas y ahora, rastreramente, estaba revisando los ceniceros: la mirona no parecía dejar indicios de su presencia. Y, sin embargo, tenía que haber estado en esta casa, la habría alumbrado con su particular modo de ser. Y algo peor: la seguía alumbrando todavía con un brillo fantasmal y evasivo. O la alumbraría apenas Alfredo abriera esa puerta. La concavidad de un almohadón, un libro preciso en la biblioteca, algo que ya estaba ahí, latente, pero que Irene no podía ver, desencadenaría en Alfredo un recuerdo intacto. Y ahí estaba -descubrió de golpe cuando salía del dormitorio-, ahí estaba la falla de esta noche casi perfecta: todos los huecos habían estado llenos con la ausencia de Cecilia. ¿Cuándo, en qué momento exacto de este mes había dejado Alfredo de mencionarla? O ella de preguntarle. ¿Sí? Estaba tratando de volver atrás, de reconstruir el hecho o serie de hechos que los había llevado a esta omisión -¿y habría pasado el tiempo suficiente como para que se lo considerara una omisión?-, cuando lo vio. En el escritorio de Alfredo, entre pilas de papeles donde él trataba de expresar un orden en el que cabrían la revocación del hambre y el soneto de Ronsard, en medio de un caos en el que tal vez era posible leer el amor por los hombres que sus gestos retaceaban -caos que Irene no indagó porque presuntuosamente creía conocerlo-, semioculto por los papeles estaba el cuaderno. A Irene le bastó observarlo, con sus tapas rojas y un intento de barquito en el ángulo inferior izquierdo, para saber que era un cuerpo extraño. Un sacrilegio. La marca de una adolescente entrometida que adora los cuadernos de tapas rojas y, arrogante e impúdica, los instala donde no debe. Cómo lo había permitido Alfredo. Se está poniendo gagá, se dijo con una saña que la sobresaltó. Cuando sea viejo lo van a hacer caminar en cuatro patas. Y abrió el cuaderno. “Mi cuerpo inmundo”, leyó al azar. “Mi hermana vestida de novia, el órgano de la iglesia emprendiendo con virulencia la Marcha Nupcial, todos a mi alrededor con repugnantes lágrimas de emoción en los ojos, y yo en medio de las buenas conciencias, sabiendo que esa misma noche, por primera vez sola en mi dormitorio, iba a consumar mi matrimonio conmigo misma.” Acá estaba ella entonces, llena de sí. Existía. Irene escuchó el sonido de la llave. Tuvo el impulso abyecto de ocultar el cuaderno en el mismo lugar en que lo había descubierto. No. Con lentitud, obligándose detenidamente a no ser puerca, apoyó el cuaderno de tapas rojas, bien visible, sobre los papeles de Alfredo. Él entró.
– No fuiste a comprar cigarrillos -dijo ella.
No era su estilo: arriesgar una acusación tan sin preámbulos ni pruebas.
Él, con su mejor aire de inocencia, mostró el paquete. Elemental, Watson.
– Sí -dijo ella-, pero sobre todo fuiste a hablarle a Cecilia.
Él, con extrema minuciosidad, como si estuviese conteniendo algo que al menor descuido podía estallar, sacó la tirita de celofán.
– Y qué -dijo, apenas amenazante.
– Y qué, y qué -repitió Irene, desarmada. ¿Qué podía reprocharle? Vos me engañás con esa chica. Vos te acostás con. No encontraba nada sensato que argumentar, nada que resistiera el análisis. Pero no. No detenerse a pensar lo que diría-. No podés estar un momento sin llamarla, eso es lo que pasa. Y para peor tenías que ocultarte. Todo el tiempo te estás ocultando con esa Cecilia, no sé si te habrás dado cuenta.