No era eso lo que quería decir. En realidad, aún no sabía qué quería decir, o si quería algo.
Él había encendido un cigarrillo. Le dio una pitada.
– La verdad, no -dijo con sequedad-. No me di cuenta.
– Me encanta eso. Me encanta que nunca te des cuenta de nada. Actuás como si fueras un arcángel. Como si tus actos no tuvieran consecuencias.
Él habló como se acerca un tigre.
– Conozco bastante bien las consecuencias de mis actos -dijo-. Lo que no conozco, lo que no tengo por qué conocer, son las consecuencias de tus actos. No puedo prever, digamos, qué te puede pasar mientras voy a comprar cigarrillos.
– ¡No fuiste a comprar cigarrillos! ¡Fuiste a llamar a Cecilia!
– No trates, por favor, de descubrirme en algo que yo mismo acabo de decirte. No está a tu altura.
– Dejame de joder con mi altura. Yo fui feliz esta noche -sorpresivamente se encontró diciendo-. ¿Entendés eso? Feliz. Ya sé que suena estúpido pero no sé. No sé cómo decirlo con otras palabras.
– No hacen falta otras palabras -dijo él, cortante-. Fuiste feliz, ¿y entonces?
– Que fue hermoso. Que todo lo que pasó desde que nos encontramos hoy me parecía que fue hermoso. Y resulta que no; que todo el tiempo venías pensando que tenías que llamarla a la Cecilia ésa.
– Supongo que eso es reducir un tanto la naturaleza de mis pensamientos -dijo él como hablaría una piedra.
– Aunque sea por un minuto. Aunque durante un solo minuto hayas pensado que tenías que llamarla. Es lo mismo. Porque yo hoy sentía que estabas conmigo. Que estábamos juntos vos y yo.
– Estábamos juntos -dijo él sin énfasis-. Estábamos todo lo juntos que dos personas pueden estar.
Como una ráfaga Irene creyó vislumbrar el sentido de esas palabras, algo que peligrosamente la iba a calmar. Tal vez todo consistía en eso, escribiría, en que ella estuviera bebiéndose las resonancias de esta calurosa noche de octubre, y él atisbando de reojo esta alegría, inventando para ella tranvías y jazmines y buscando ¿en cuál rincón de sí mismo? algo que lo ayudara a vivir, tal vez esta inesperada felicidad de la que caminaba junto a él o el llamado que un rato después haría a una adolescente sólo porque le había prometido que esa noche iba a llamarla. Pequeños remansos que él se armaba, alegrías prestadas, raras felicidades que era capaz de hacer nacer en los otros como se inventa una fugaz estrella. ¿O Irene no conocía, tan bien como él mismo, el significado que esta llamada nocturna podía tener para Cecilia, algo que pasajeramente la haría salirse de sí misma, de la angustia de ser ella misma, como a Irene un rato antes, cuando venían caminando? Lástima que en algún momento, con la misma habilidad, te instala en el centro mismo de esa angustia, pensó llena de furia.
– Pero después te fuiste corriendo, y a escondidas, a llamar a tu amiguita -dijo, y se sintió repulsiva, ya que podía detectar en esa frase más de un intento de dañarlo.
Tres intentos, que él, implacable, le estaba puntualizando ahora. Primero: no se había ido corriendo (en efecto, no era su estilo, e Irene lo sabía bien; más bien se distanciaba con parsimonia de los peligros, como si de alguna manera se quedara, o como si, hasta último momento, les estuviera dando la oportunidad de alcanzarlo). Segundo: no había hecho nada a escondidas (asunto mucho más complejo de determinar, escribiría; ya que si técnicamente era cierto y él no hacía nada a escondidas de Irene, también era cierto que a veces eludía ciertos detalles con la secreta esperanza de que Irene no se diera por enterada, de que no manifestase que había puesto a trabajar una compleja cualidad de análisis que fatalmente, a partir de dos o tres datos dispersos que él, por respeto, no se esforzaba en ocultarle, la hacían arribar a la cristalina verdad. Alfredo solía hacerlo por discreción, o por fatiga. Pero Irene, temerosa de que él pudiera considerar que a ella se le había pasado por alto un dato contradictorio y que por lo tanto había conseguido engañarla, acababa haciéndole notar las inconsistencias de su historia, con lo cual en los hechos actuaba -ahora mismo lo estaba haciendo- como una mujer engañada).
– Y en cuanto a mi “amiguita” -siguió diciendo él-, podrías, al menos, usar un estilo no tan repugnante. Es una adolescente, no sé si te pusiste a pensarlo.
– No me conmueve.
– A vos nada te conmueve, Irene, salvo vos misma.
Sintió el sacudón. Estaba muy cansada.
– Y qué le pasa -preguntó con hostilidad.
Él se encogió de hombros.
– Nada original. Se siente patética e injustificada.
– Sí, ya vi cuánto sufre -dijo Irene, y con la mirada le señaló el cuaderno.
Él miró hacia el escritorio, casi con expresión de maravilla.
– Así que era eso -dijo; parecía realmente aliviado-. Cómo no se me ocurrió que tenía que haberse producido alguna catástrofe durante mi ausencia.
– Es así -dijo Irene-. Nunca se termina de conocer a las mujeres.
Y no sabía de quién de los dos se estaba burlando.
Él miraba hacia la ventana y parecía reflexionar.
– Son asombrosas, sí -dijo al fin; ahora la miró a Irene con cierto aire familiar-. ¿Y qué te pareció? Yo creo que tiene talento.
Si estábamos hablando de mí, gritó algo dentro de Irene. Si soy yo, pedazo de estúpido, si soy yo la que se siente injustificada y patética, cómo fuimos a parar así al sufrimiento de otra. Y al talento de otra, dijo una voz insidiosa. Pero Irene la espantó porque era ella, sí (pensó sin pudor), era ella la que todavía necesitaba que alguien tranquilizador y macizo -¿la absolviera?- le asegurara que estaba bien, que esto que estaba haciendo estaba bien, y un estremecimiento de repulsión la obligó a verse a sí misma tal como había sido la noche de exactamente un mes atrás, un manantial de vida, un ánfora, una fuente de palabras desbocadas a las que ella febril iba dando forma sin esperar nada de nadie, sola y espléndida y omnipotente. No hay adolescencia como la mía, de golpe se le ocurrió, ya que todo en ella era movilidad y padecimiento y no quería, decidió ahí mismo, no quería ser racional ni adulta ni juzgar como fuera del juego el naciente talento de otra porque era en ella, todavía, que todo estaba por nacer. Y tal vez, en cualquier momento, en este monacal departamento de Flores se iban a oír trompetas y timbales. Pero cierta zonita, ay, cierta zonita imperturbable que Irene ya se veía venir, ya se veía venir, había empezado a procesar con cierta lógica y a todo vapor la pregunta de él. ¿Acaso ella podía dejar de responder (aunque no de la mejor manera posible ya que todavía estaba de mal humor) a la apelación que él, subrepticiamente, había hecho a su inteligencia? Con docilidad se colocó en su pedestal y contestó como correspondía.
– A esa edad -dijo-, todas tienen talento. Todas se sienten únicas.
Y su corazón se puso a llorar. A esa edad. Una Irene implacable la observaba desde sus diecisiete años.
– Gracias por la lección -dijo él con sequedad-. Lo único que te estaba pidiendo, siempre que no fuera una molestia excesiva para vos, es que me dieses tu opinión. Yo estoy un poco contaminado por todo lo que me dice que, como te podrás imaginar, es bastante más de lo que escribe. Cosa que también suele ocurrir. A cualquier edad.
La estaba invadiendo una sensación de horror por sí misma. Me estoy volviendo resentida, pensó. Lo único que me faltaba.
– Todavía no sé qué me parece -dijo con ecuanimidad: aún estaba a tiempo-. No alcancé a leer más que un parrafito -se rió-. Me pescaste justo -todo en orden-. Parecía bastante intenso, qué sé yo, un poco tremendista. Tendría que leer más para saber.