– Yo creo que hay individuos que tienen la virtud de hacer algo excepcional con la tara que Dios les dio -dice Irene, con su mejor aire de inocencia.
– ¿Excepcional? -el psicoanalista está indignado-. ¿Producir en diversas mujeres la ilusión de amor es algo excepcional? Yo creo que es más bien una farsa, y lo único que indica es una vanidad patológica.
Y esto de tratar a toda costa de que yo lo vea a Alfredo como a un enfermo, cosa de reconocer en él, por contraste, la imagen de la estabilidad y la salud, ¿qué indica?, piensa Irene, decidida a hacer pedacitos al psicoanalista. Y dice que, a su juicio, en ciertos seductores, “y por supuesto no estoy hablando de meros mujeriegos”, aclara, “ni de esos fifadores de liquidación que ven a una mujer sola o en posible conflicto con su pareja y en seguida se dicen: qué presa fácil, a ésta me la puedo llevar sin vueltas a la catrera”, y mira incisiva al psicoanalista que se frota las manitos con frenesí; en ciertos seductores existe una exacerbación de la idea del amor, o casi diría (dice Irene, que se siente anormalmente locuaz) que existe en ellos la imposición ética de hacer que el amor emerja como una flor insólita. Y esta capacidad de conseguir que alguien se atreva a hacer lo que un momento antes creyó imposible, este poder de lograr que otro viva en ese momentáneo estado de gracia en que todos los sentidos y todos los sentimientos parecen tensarse y exaltarse, ¿no es acaso una forma de humanismo?
Claro que a veces el amor mata, se le atraviesa a Irene, quien ya empieza a alarmarse por la corriente de entendimiento que advierte en el silloncito. Se sacude el pelo con energía. Pero quién me quita lo bailado.
– ¿Humanismo? -dice el pelirrojo fuera de sí; en apariencia ya se ha olvidado de que estaba tratando de seducir a Irene; por el momento sólo quiere defenderse de una concepción que lo desconcierta-. No me parece muy humanista eso de utilizar ardides para conseguir sólo satisfacciones sexuales transitorias.
Irene dice que no le parece muy ecuánime eso de reducir la seducción, y sobre todo en esta época, al afán de conseguir una satisfacción sexual. Que a lo mejor también entra en el juego una casi permanente exaltación estética.
Una especie de estado poético, escribiría. Ya que hay mensajes secretos, códigos de belleza que están ahí, en suspenso, para que alguien los descubra. ¿Acaso no puede extrapolar? Adivinar en Alfredo lo que ella misma siente a veces: el desesperado impulso de atrapar, de apoderarse de algo que fatalmente estará siempre fuera de ella. Claro que no se confunde. Esto en principio tiene muy poco que ver con lo que suele llamarse “atracción sexual”. Aunque tal vez se lo pueda considerar dentro de una zona fronteriza, ¿dentro de un intervalo de indeterminación? Cerebral y razonadora, está sin embargo condenada a que su cuerpo de continuo traicione a su cabeza. Siente -y lo siente tácticamente- en la piel y también en zonas más privadas de su cuerpo todas las posibilidades del amor, desde las más sutiles hasta las más abyectas. Puede detectar la sensualidad de un hombre con sólo mirarlo, con sólo observar la manera en que tira la ceniza del cigarrillo o se afloja el nudo de la corbata. De ahí que no le cueste extrapolar, adivinar lo que un hombre puede ver en ciertas mujeres, o aun en ciertas nínfulas, una fuerza similar, el sexo como una fuerza, como una animalidad agazapada, más peligrosa cuanto más encubierta. Pero ciertas mujeres, escribiría, y sobre todo ciertas adolescentes, son algo así como la manifestación abstracta de la belleza. Y tal vez es un modo de la desesperación, la misma desesperación que yo siento ante todo lo bello que se escurre, lo que lleva a hombres como Alfredo a seducirlas, a acostarse finalmente con ellas, compelidos por una fugaz ilusión de pertenencia. ¿Creen poseerlas? Qué engañosas a veces ciertas palabras. Y otra vez puede extrapolar, imaginar el supremo esfuerzo mental por transformar una injerencia puramente física en la definitiva posesión de lo que es bello. Y la decepción después, cuando por fin la muchacha queda tendida a su costado, otra vez perfecta en sí misma, inalterable como una estatua, otra vez toda ella -cuerpo y alma- dentro de su propia piel, otra vez inexorablemente ajena.
Y tal vez ahí hay que buscar la razón (le explica al psicoanalista con una elocuencia que no está del todo desconectada de lo que ocurre en el silloncito) por la que ciertos hombres se lanzan con dedicación de artistas a algo mucho más complejo que “eso que vos, sin duda (le dice), debes considerar un vulgar levante”. Ya que no se resignan, escribiría, a ese final en que la muchacha, inquebrantable y bella, vuelve a ser el otro. Es necesario que ella participe, que cada partícula de su cuerpo y de su cerebro sepa lo que está haciendo, que se sienta pecadora y culpable y, al mismo tiempo, ame su pecado y su culpa. Sólo entonces, en el conocimiento supremo está el supremo placer, la materialización del espejismo.
– Permiso -dice intempestiva en mitad de su discurso, y se pone de pie porque acaba de advertir que Alfredo, parado a pocos metros, le está haciendo una seña desde atrás del psicoanalista. El psicoanalista se ha dado vuelta y ha lanzado sobre Alfredo una rápida mirada de repulsión. Irene siente en la espalda que también a ella la debe estar mirando ahora. Como si la transformara en otro caso, como si inapelablemente la ubicara del lado de los enfermos. Y quién te dice. Tal vez esto sea el resultado de las secretas ensoñaciones del viajante o de los delirios de grandeza de Guirnalda o de algún gen sedicioso que le desbarató el prolijo futuro augurado por las hadas, serás sagaz, alegre, sana, de pensamiento ordenado e imaginación despierta, pero. ¿Pero quién me quita lo bailado?, vuelve a pensar mientras, lo más campante, se acerca a su destino.
– Te aviso que este colorado no me gusta nada -le larga de sopetón Alfredo.
Y a mí esta futura actriz tampoco, se le cruza a Irene, pero no lo dice porque este tipo de simetrías no entra en las reglas del juego.
– A mí tampoco -dice en cambio-, pero no me cortes la inspiración porque estamos manteniendo una charla de lo más apasionante sobre el donjuanismo y esas cosas.
– ¿Donjuanismo? -Alfredo se ha puesto en guardia-. Ese hijo de puta lo que quiere es…
– Ya sé lo que quiere -lo interrumpe Irene-, pero le va a resultar bastante difícil conseguirlo. ¿Y a vos cómo te va con Sarah Bernhardt?
– No me vas a creer -dice Alfredo-, cuando habla en serio no es lo que parece. Vieras todo lo que sabe sobre las brujas de Macbeth.
Irene se ríe. Piensa que él tiene un sentido demasiado estético de la vida, lo que más de una vez lo lleva a ensartarse, a olvidar que no toda mujer es seducible. O a ignorar que, como ella un día iba a pensar en un colectivo, las mujeres a veces no pueden con su genio.
Y que nadie (escribiría), que nadie, hombre o mujer, sea tan imbécil como para creer que esa convergencia de los sentidos y de los sentimientos que consigue un gran amor, que esa elevación o descenso a todas las posibilidades del placer, a todas las transgresiones del cuerpo y del alma, impiden pensar o, para usar una palabra más osada, impiden la irrupción del genio. Sólo sumergiéndose hasta el fondo en su propia condición de pecadora, solitaria, abandonada, puta, soberbia, sometida, perversa, manejadora, esclava del hombre, esclava de sí misma, rebelde sin causa, sólo hundiéndose hasta el fondo en su propia condición para hacerla florecer como a una especie deslumbrante y desconocida, sólo dándole forma a esta nueva especie con pasión, con odio, con infinito amor e infinita paciencia, una mujer hará surgir esa libertad extrema, esa locura de la imaginación y del pensamiento que tal vez un día será su propio genio. Y bien. A veces pienso que entre tanta cama y tanta palabra alada la verdadera misión que quijotescamente se ha encomendado Alfredo es la de despertar esa rara avis, eso que aún duerme o se despereza debajo de tanto sueño adolescente. No sólo es posible con las mujeres, claro.