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Un muchachito frágil, aún sin forma, también puede ser moldeado, impulsado a hacer estallar la singular fuerza oculta que atesora, pero ¿en todas sus posibilidades? Queda una zona en la que a Alfredo sólo le resta la transmisión oral, aséptica, y el consuelo de conformar su… ¿cerebro? Tal vez un hombre habría elegido sin empacho la palabra “alma” pero yo, cuando traté de despojar a esa vagarosa entidad de eso moldeable, de eso susceptible de resplandecer o heder que es mi cuerpo, me di cuenta de que no me quedaba nada. O apenas una abstracción, algo aprendido en los libros y en las palabras de los hombres sabios, pero que no alcanzaba a expresar esto que soy yo, esto que es mi incomunicable experiencia personal cuando pronuncio la palabra “alma”.

Y bien: en los muchachitos una parte de ese yo es indómita, opaca a la educación, destinada a librarse al azar. Sin contar con lo efímera que es en los hombres su condición de educables. En seguida crecen, se vuelven definitivos, cristalinos. En cambio ciertas mujeres, las eternas educandas, son susceptibles de cambio a cualquier edad. El tiempo les deja rastros, sutilmente las modifica, pero algo en ellas permanece en perpetua conformación, algo que les permite renacer. ¿Cierta capacidad de deslumbramiento, tal vez? ¿Cierta avidez de aventura, de libertad, cierto atávico presentimiento de que hay una posibilidad de vivir nunca realizada? Algo que aún espera al hacedor, al dueño de los relámpagos, para brillar en todo su esplendor. ¿Ignoraban sus alegres hermanas que el relámpago tal vez está latente dentro de ellas? Lo cierto es que ahí es donde entraba a tallar nuestro quijotesco, el persistente despertador de relámpagos ajenos. Aunque hay que reconocer que él a veces se llevaba ciertos chascos por razones que no estaba dispuesto a reconocer hasta que se daba de boca con la más prosaica realidad pero que Irene conocía desde el vamos: no toda mujer pertenece a la especie de las educandas. De algunas, ni siquiera se puede afirmar que envejecen. Más bien se van corrompiendo, pierden la forma y el perfume, como una fruta que se pudre. Y con ésas no hay nada que hacer.

De ahí la risa de Irene, quien lo mira ligeramente sobradora, y dice:

– Así que nos ha llegado el tiempo de las brujas.

Alfredo sacude la cabeza, dubitativo.

– Para bruja le falta bastante -dice-, aunque ella piense lo contrario. Como opinaría la inefable Guirnalda, esta chica está creída.

– Supongo, sí. Y supongo que vos ya estarás decidido a sacarle questo vizio.

– Por esa parte ando -dice Alfredo-. Eso es lo que te quería avisar. Como te podrás imaginar, a esta altura de los acontecimientos la voy a tener que acompañar a su casa.

– ¿Y me venís a pedir permiso? -dice Irene. Su tono ha virado apenas hacia el mar humor.

– No. Lo que te quería decir es que, cuando tengas ganas de irte, me avises así bajo con vos para que tomes un taxi.

– Gracias por la gentileza -dice Irene, llena de indignación-. Sé tomarme un taxi por mis propios medios, si no te parece mal.

– No seas tarada -dice Alfredo-. ¿No te das cuenta de que así el colorado ése va a hacer cualquier cosa para acompañarte?

También sé sacarme a cualquier colorado de encima, si se me da la real gana, está por decir Irene. Pero una gorda tierna y gorjeante se ha acercado de golpe y ha zampado un efusivo beso en la mejilla de Alfredo.

Irene entonces pega media vuelta y se va.

Mientras se sienta, el psicoanalista la observa con cierto aire inquisidor. Algo debe haber percibido porque, sin el menor tacto, pregunta:

– Cómo te sentís.

Irene experimenta el compulsivo deseo de darle una patada en los huevos.

– En el mejor de los mundos -dice. Sabe que el tono es inadecuado pero ya no le importa.

El psicoanalista no puede ocultar cierta refulgencia de satisfacción.

– Estaba pensando en lo que me dijiste -dice-. Tal vez tu opinión sobre los seductores responde a una idea, cómo decirte, demasiado artística de la realidad.

– Por supuesto -dice Irene con tanta determinación que el psicoanalista se sobresalta-. Ya se sabe que además, en todo levante -toma un trago de whisky-, en todo levante de una mujer deseable, claro, está pesando también el más común y corriente espíritu competitivo. Algo así como decirles a los otros: chupate esta mandarina. Y las ganas de cojer, ya sé, no me lo digas. Las más vulgares y silvestres ganas de cojerse a una mujer equis -traga aire; lo suelta-. Así de compleja es el alma humana.

El psicoanalista parece un poco sorprendido por este giro inesperado de la conversación. No es tonto, pero sin duda es grosero, porque sin más preámbulos pregunta:

– ¿Cuál es exactamente el vínculo que te une a Etchart?

Irene levanta la guardia.

Cómo explicarle, de cualquier modo. Esta especie de risa que a veces les agarra y que tal vez es el verdadero altar donde se consumó este matrimonio -más sagrado, escribiría, que los que se consagran entre luminarias y flores diurnas-, algo que los acerca el uno al otro, que los hace refugiarse el uno en el otro para no morirse de pena. Ya que no hay mayor tristeza, escribiría, que la de reírse solo. El dolor se alimenta de la soledad, se solaza y se revuelca en la soledad, pero sabe que, a su debido tiempo, siempre contará con un público sensible. La risa, en cambio, esa risa súbita que a veces te ataca, como si percibieras ciertas conexiones sutiles que rearman caprichosamente el espectáculo del mundo, esa risa que te arroja fuera del refugio familiar y te distancia sin piedad de la buena gente, esa risa te condena a una soledad sin escenografía.

Entonces ellos se buscan y se abrazan en la noche, como los dos niños huérfanos perdidos en el bosque. Irene recuerda una mañana de invierno, luego de una noche sin dormir, aureolados por esa clarividencia o esa visión fantasmagórica del mundo que da una noche sin dormir, caminando los dos por Rivadavia, cerca de Congreso. Alfredo le señala a una pareja. No le dice nada, sólo los señala, pero a Irene le da un ataque de risa. No es que sean feos o, al menos, no es que sean sólo feos: hay algo en el conjunto de los dos que los vuelve particularmente cómicos, como si un artista corrosivo los hubiera combinado de esta forma para comunicar vaya a saber qué sobre la especie humana. Irene y Alfredo se apoyan uno en el otro para reírse con más comodidad. Y eso es sólo el principio. Porque de pronto Irene le señala a un petisito y Alfredo tiene que taparse la boca para no estallar en una guaranga carcajada. Después mira a su alrededor y, sin parar de reírse, dice: “Pero si son todos así, fíjate”. Irene observa, agarrándose la panza de risa. “Es cierto, es cierto”, dice extasiada. Hay algo irresistible en la gente esta mañana. Como si se hubieran confabulado, como si alguien los hubiera acomodado con sumo cuidado para esta visión movediza y extravagante. Pero lo curioso no es esa impresión. A ella le ha pasado estando sola. Sobre todo en los colectivos. Ha subido a un colectivo, ha observado a esta nueva confraternidad que temporariamente la incluye, y la extrañeza o el horror han sido tales que al fin se ha tenido que poner a mirar por la ventanilla para no gritar. No, lo curioso esta vez es que les está pasando a los dos, que los dos están viendo el mundo con la misma despiadada lente. “Fijate esa rubia”, dice Alfredo, y los ojos se le llenan de lágrimas, de la risa. Ciertas parejas, sobre todo, el efecto conjunto que producen. “Mirá, mirá esos dos.” Irene estira el brazo y Alfredo se dobla, tiene que detenerse en medio de la calle porque se ha doblado en dos de la risa. “El viejo ése.” A Irene le duele el estómago. Como si la calle entera estuviera en la conspiración. Avanzan con sus pasos cortitos, con su aire solemne, con sus culos descomunales, y los contemplan a ellos dos con cierta incredulidad, y tal vez con cierta contenida risa porque deben ser un espectáculo bastante cómico, así detenidos en medio de la calle, pálidos y ojerosos y desgreñados, apoyándose el uno en el otro porque la risa los debilita, los dobla, los hace caer.