– ¿Vos tenés idea de dónde podrá ir esto? -dijo Alfredo, mirando con aire sospechoso una especie de lamparita.
Irene fue invadida por el presentimiento de que las cosas empezaban a andar mal.
– Te dije que mejor lo lleváramos al Palacio del Amplificador -dijo.
– No me vas a comparar a mí con un palacete de morondanga -dijo Alfredo, y encajó muy resuelto la lamparita donde se lo dictaba el corazón-. ¿Qué te creés que les hacen allá?
Irene pensó que justamente eso, no saberlo, era lo tranquilizante. Podría haberse confiado sin vacilar a un Palacio regido por leyes ignotas. Con un vago temor, es cierto, con la incómoda sospecha de que un mecanismo natural iba a ser mancillado -tenía fe ciega en los productos de fábrica y las armazones primitivas le parecían alentadas por cierto soplo divino-, pero igual se habría confiado a él a condición de que le devolvieran algo en apariencia igual a lo que había sido y a condición de no padecer esta zozobra de estructuras transitorias.
¿Acaso no era por algo así que había abandonado la física nueve años atrás? Mucho ecuaciones de Lagrange, cómo no, mucho integral de Hamilton y divagar sobre la naturaleza del cortocircuito, por qué no cae la Luna y por qué vuela la plumita. Pensamientos incontaminados, eso sí, elaboraciones que ella podía corregir, retorcer, borrar sin que quedara huella. Pero todo acto deja su huella -pensó con terror viendo cómo Alfredo unía con cinta aisladora los dos muñones del cable cortado, y se fue a hacer café-, razón por la cual el cristalino mundo matemático saltó en pedazos y sólo le quedó un malestar literalmente físico, un prosaico calambre en el estómago el primer día que le tocó contemplar, sin padrinos, las diminutas tripas de un circuito o futuro circuito electrónico, un objeto que existiría sólo si ella era capaz de armarlo. Lo observó con desconfianza durante tres semanas. Resistencias minúsculas, pequeñas válvulas, transistores que, como la niña Chiquirritica, tenían el tamaño de un grano de anís -pero por qué distracción o error de la Naturaleza, al observar un transistor, la a todas luces promisoria estudiante de física tenía que pensar en la palabra “Chiquirritica” leída a los seis años y cuyas resonancias deleitosas se le venían enredando desde entonces en todo lo infinitamente pequeño que anida en el universo, no por la ilustración (recordaba sin encanto a una niña flotando en una hoja entre plantas acuáticas, imagen vulgar que estaba muy por debajo de la música de la palabra Chiquirritica), no por la ilustración sino por el símiclass="underline" tan pequeña como un grano de anís. Y lo curioso es que nunca en su vida había visto un grano de anís ni se le había ocurrido que pudiera tener granos lo que hasta entonces sólo había sido para ella una bebida transparente en una botella hexaédrica que se servía en copitas y cuyos residuos hacían las delicias de pequeños futuros alcohólicos y de ella misma. Sin embargo le bastó leer “pequeña como un grano de anís” para imaginarlo cristalino y embriagante como el licor y tan pequeño como todo lo más pequeño que puede haber sobre la Tierra; y también para comprender de golpe el verdadero tamaño de la niña Chiquirritica, en quien desesperadamente pensaba contemplando los transistores. Pero nada le causaba tanta angustia como el chasis vacío, en el cual tendría que armar un circuito que sólo iba a funcionar si todas las piezas se ensamblaban sin un error, momento en que el futuro trabajo tropezaba -en su previsora imaginación- con su propia torpeza o demonio innato que la hacía agarrar siempre a contramano, instalar la imperfección apenas las cosas eran rozadas por sus dedos, razón por la cual nunca se animó a unir siquiera dos cables entre sí, razón por la cual luego de un calvario que duró veintiún días, convencida de que nunca iba a armar ese circuito y por lo tanto nunca iba a aprobar electrónica y por lo tanto, abandonó abruptamente la física. No olvidar, en momentos de exaltación, de contabilizar ese fracaso.
– Y el café, ¿para cuándo?
– Ya lo llevo -dijo Irene desde la kitchenette; puso las tazas en una bandeja y se animó a preguntar-: ¿Cómo va eso?
– Qué te parece -dijo Alfredo.
Una lucecita verde y una lucecita roja se encendieron en el momento preciso en que Irene entraba con la bandeja. Unos segundos después la voz de Paco Ibáñez, tú no puedes volver atrás porque la vida ya te empuja como un aullido interminable, interminable, la hizo levitar en la transitoria ilusión de que todos los problemas se habían terminado. A qué hora. ¡Ay! Su memoria era sistemática e implacable. La obligó a retroceder -¡no quiero, no quiero!, ¡tengo ganas de ser feliz!-, la obligó a retroceder a esa intersección que, en la teoría de los cambios de estado, se denomina punto triple. Un punto único -¿a qué hora?- en que convergieron tres problemas. Si el problema uno estaba resuelto, y el problema dos estaba resuelto, ¿cuál era el que quedaba? Shh, el tercero no era de ninguna manera un problema. Acaso no había reaccionado encantada de la vida cuando Alfredo, apenas empezó a desarmar el amplificador, le dijo:
– A que no adivinás quién vino a hablarme hoy.
– La mirona -había dicho sin vacilar Irene.
Él dijo que ella era colosal. Modestamente, dijo Irene. Lo que no dijo fue que en estos tres días había pensado más de una vez que un choque tan bien armado por la Providencia tenía que traer cola. En cambio preguntó:
– ¿Y cómo? ¿Se te acercó así nomás y te habló?
No, tenía su estilo, dijo Alfredo. Cosa que Irene ya había descubierto a fines de abril. Una muchacha capaz de quedarse esperando a distancia prudencial que él la descubriera, como si fuese demasiado tímida o demasiado orgullosa para realizar el esfuerzo de acercarse del todo, sin duda tenía lo suyo. Aunque debía serlo, sí: tímida y orgullosa. Pero su pecado es que lo sabe, decidió Irene en mayo.
Lo que seguramente no sabía era que Alfredo la había advertido desde la primera vez y que lo divertían como loco -y se los contaba después a Irene- los movimientos inútiles que ella debía realizar para quedarse siempre un poco atrás, con su perpetua cara de expectación. Lo que tampoco podía saber era que Irene seguía, además, los movimientos ocultos de su alma, las especulaciones que se tramaban detrás de esa mirada de asombro -pero con qué derecho, le habría dicho la muchacha, con qué derecho pretende usted entrar en mi alma-, los invisibles sobresaltos de ese cuerpo al acecho, siempre dispuesto a ser capturado. O a capturar, llegado el caso. Y el caso por fin había llegado. La mirona, esta misma tarde, se le había acercado más que de costumbre y había esperado que los otros se alejaran. Entonces sí habló, como si siempre hubiese hablado.
– El otro día lo vi. Estaba parado en la calle, riéndose solo.
– Yo también te vi.
– No, usted no me vio.
– A que sí -comienzo promisorio, pensó Irene-. Vos venías corriendo y tuviste un choque.
– ¿Choque? -la chica irradió indignación. Se veía a las claras que no podía tolerar en él una equivocación tan grosera.
– Choque -repitió él-. No con un auto, boba. Con una mujer.
Irene sintió las palabras “con una mujer” como un golpe en la cara.
– Uy, cierto -dijo la chica con el tono de quien lo había olvidado por completo, e Irene reflexionó acerca de lo equívoco que puede ser el punto de vista-. ¿Pero cómo me vio si yo no me di cuenta?
– Veo más cosas de las que ustedes se imaginan -dijo Alfredo. Y el tono de su voz ni hizo falta que se lo contara a Irene. Es una cruza de Tolstoi y Oscar Casco, escribiría, de ahí la amplitud de su registro (desde la nínfula más bruta hasta la más asidua lectora de Lévi-Strauss, desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca, no hay hembra a quien no suscriba y cualquiera empresa abarca) y sobre todo de ahí el deslumbramiento que provoca en ciertas mujeres involuntariamente tironeadas a la vez por Thomas Mann y por Agustín Lara. Así que Alfredo tampoco tenía necesidad de contarle (aunque por el sólo placer de compartir un placer se lo contó) la cara que puso la mirona, el embate que sobrellevó a pie firme, su rebeldía silenciosa a la altura de la palabra “ustedes”, bravo, compañerita, es muy temprano para mostrar la hilacha. Pero te quiero ver dentro de trece años, todavía impertérrita, los ojos agrandados de curiosidad, el corazón sediento de sabiduría, preguntando con tono casual, científico, de alegre camarada que puede asimilar sin un parpadeo cualquier nuevo juego que le propone el destino.