“Qué te pasó”, el hirsuto parecía agitado. “No, nada, esa nena. Me pareció que la conocía.” “Uy, uy, uy (el hirsuto había abandonado la mano en la entrepierna de Irene quien, con su rodilla, oprimía un poco la ingle de él; todo bien familiar y algo repulsivo); mejor vamos a un hotel, ¿no?” O nos tiramos al río, o nos ahorcamos colgándonos de la rama más alta del paraíso. “Sí, mejor”, dijo la mundana, la experta, la empecinada autodidacta. Ella no era de las que abandonan el barco cuando se está hundiendo. ¿Más bien era de las que colaboran para hundir el barco que se está hundiendo?
Ahora -la pierna de ella promiscuamente comprimida contra la pierna del hirsuto- se alejaban a gran velocidad del fingido paraíso. Qué será de ti lejos de casa, nena, qué será de ti, preguntaban con insistencia los parlantes. Pero ella sabía que era llegado el momento de hundir la nave.
Efectuó una pequeña reverencia y dijo: permiso. Así interrumpió, en el preciso momento en que su ombligo quedaba al descubierto, la operación de ser desvestida. Hábil aunque bastante apresurado, el hirsuto ya había desabotonado la blusa, la había arrojado a algún sitio y había desanudado sin dificultad la parte superior del bikini. Le costó un poco desprender el botón del vaquero pero con ayuda lo logró, y pudo dedicarse a otra tarea sencilla y gratificante: bajar el cierre relámpago, lo que puso al descubierto el alegre ombligo. ¿Por qué el ombligo sería un lugar tan alegre? Podía el corazón saltar en pedazos, las entrañas retorcerse hasta que se sentía el impulso de gritar, pero el ombligo seguía imperturbable en su sitio, siempre humorístico y festivo. El hirsuto parecía dispuesto a proseguir su obra sin reparar en la discontinuidad que inevitablemente iba a producirse, pero la talentosa estaba en todo, podría después ofrecerse como una comestible fruta pero no pensaba prestarse a un forcejeo ignominioso; nada de que un extraño la despojase de su vaquero. Así que retrocedió apenas, efectuó una pequeña reverencia y dijo: permiso. La formalidad de este acto, en medio de una ceremonia tan cargada de avidez, pudo haber hecho sonreír, o aun producirle cierto incremento de la excitación a un interlocutor más proclive a los juegos. En este caso, era evidente que Irene les estaba tirando margaritas a los chanchos. El hirsuto era brioso y quería ir a los bifes. Pero la marquesa no le hizo caso. Tomó su bolso y, con la frente altiva y el paso elegante, entró en el baño.
A la del espejo también le dedicó una breve reverencia ¿una reminiscencia fugaz?: una vieja costumbre. Ahí estaba ella: no más cachetes colorados. Esta era la cara que lentamente había ido moldeando, algo que poco a poco se iba pareciendo ¿a sí misma?
Se sacó el vaquero. Después abrió su bolso y algo le produjo una sensación de extrañeza: saber que estaba por oficiar un breve rito privado en situación tan inusual. ¿Iba a prepararse para el amor? Como quien unta su cuerpo con aceites olorosos y trenza hierbas aromáticas en sus cabellos e ilumina sus ojos con el misterioso kohol y esparce por los rincones un zumo afrodisíaco. Así extrajo ella de su bolso el minúsculo objeto contemporáneo, guardado en un primoroso estuche celeste que evocaba a una concha -lo que no indicaba el menor signo de humor del fabricante, higiénicamente alemán y por lo tanto ignorante de ciertos modismos argentinos del lenguaje-. ¿Era una casualidad que lo hubiese guardado en el bolso antes de salir para la playa? Oh, bueno, ya lo había dicho Coco Chanel, al fin de cuentas: una mujer siempre debe estar preparada para. Científica y precisa cumplió con el rito preparatorio. Y consciente desde el espinazo hasta la piel de que este cuerpo era suyo, con una agradable sensación que no debía confundirse con el deseo, aunque tal vez ya fuera la programación o la voluntad del deseo, cubierta apenas por la brevísima parte inferior de su traje de baño, fácilmente extirpable aun por manos inhábiles, soleada y cadenciosa, ella emergió del baño. Forzadme con vasos de vino, cercadme de manzanas que enferma estoy de amor.
Y en el mi lecho, en la oscuridad, busqué al que ama mi alma. Busquele y no le hallé. Pero, quién puede ver el alma, Irene. No éste que enredado ahora en ella, contra su costado, sobre su vientre, sobre su boca, dentro de su boca, ingenuamente creía amar su cuerpo. Cauteloso al principio, temerario más tarde, cuando verificó que la muchacha no era ni tan arisca ni tan inaccesible como se pintaba y que a todas luces venía bien adiestrada en estos juegos prenupciales y propiciatorios, el transitorio esposo estaba exhibiendo toda su pequeña sabiduría de joven macho saludable. Irene podía adivinar en el recorrido de esos dedos, en los sitios donde audaces se detenían, en la concienzuda labor de sus labios y de su lengua y de sus dientes, el aprendizaje minucioso, los delicados secretos que habría ido descubriendo en manuales alusivos o en alguna clandestina transmisión oral. Pero lo que el hirsuto no sospecharía jamás era la estólida mudez de las yemas de sus dedos, ni la silenciosa vibración de otros dedos que hacen nacer estrellas en la piel de una mujer, ni el secreto de ciertos contactos que pueden despertar a un cuerpo hasta en sus rincones más oscuros, como si un vino maligno y embriagador se fuera derramando en él lentamente. Oh, sí, ella le auguraba a este que ahora guiaba su mano hacia la enhiesta resultante de estos juegos un destino auspicioso de fornicación y eyaculaciones, y hasta le anunciaba que en el centro de la noche oiría aullar de placer a una ardorosa mujer en celo; pero sus manos no conseguirían hacer nacer el amor, sus peces evasivos, como a una loca estrella titilante. No importaba ahora, que no temiese el circunstancial esposo, la piel de Irene ya estaba estrellada. Lentamente, voluntariamente, su cuerpo iniciado se fue disponiendo al amor, y ella hizo nacer estremecimientos al mero contacto de estos dedos informados pero no sabios, como una maga que creara el fuego de la nada -porque el mago no estaba y era ella esta vez quien debía actuar toda la magia. Si le da el cuero, marquesa. Me da el cuero, conde, parece mentira pero ésta soy yo, la sacerdotisa, la que usted labró en arduas tardes de enderezarme el alma, yo, la estremecida ante estos contactos forasteros e inhábiles, pero estremecida al fin, abandonada a estos contactos, permitiendo -permitiéndome- que una bruma densa se vaya derramando dentro de mí, pero no en la cabeza, ah, ninguna bruma en la cabeza, que debe estar muy atenta. No perderse nada de este desconocido cuya espalda tensa ella acariciaba ahora con una irrespetuosidad y un dominio que nunca se habría permitido con otra espalda más autoritaria o más sensible a todo roce inoportuno, en la época en que ella oficiaba de alumna aventajada y todo lo que debía hacer era esperar que otras manos la doblegaran, la guiaran, y olvidar, olvidar.