Выбрать главу

Ya no habría olvido para Irene, nunca más la alumna aventajada, la adolescente corrompida que finge sorprenderse ante la voracidad del violador. Ahora, traicionera y sin culpa, había abierto los ojos y hasta le había dedicado una sonrisa irónica a la que, en el espejo del techo, protagonizaba una escena bastante ortodoxa debajo del audaz que, en este momento, oficiaba de lactante. Ignoraba la del espejo, dichosamente restringida a su exterioridad, a esta nítida misión de formar un conjunto grato a la vista con el circunstancial mamón, ciertos matices que la de abajo sí percibía, habituada como estaba a otra boca capaz de reinventar, en un acto similar, toda la impiedad del inocente hambriento que un día había sido, mientras la mano, adulta e implacable, buscaba entre los muslos de la postrada lo mismo que el hirsuto -con el solo afán de ganar terreno y no perderse una sola de las oportunidades que vientos favorables le ofrecían- estaba buscando ahora. Pero sin que pareciese captar el juego pecaminoso de esta simultaneidad, dejándola a Irene por primera vez solita con su alma, sintiéndose a la vez la nodriza y la violada que, con una ternura casi sin destinatario, enreda sus dedos entre el pelo espeso y crespo del desconocido mientras, sobreponiéndose a la ineptitud de unos dedos que ignoran la compleja rutina de su cuerpo, deja que el intruso haga lo suyo hasta que, lentamente, la respiración agitada y los latidos del corazón infiel -¿escuchará el intruso los latidos de mi corazón?- le estén indicando que todo va bien. Todo iba bien. El hirsuto había levantado la cabeza y la contemplaba con mirada turbia. Como quien recita una lección, murmuró: Muchacha, pechos de miel. Ella secretamente rió. En qué manual, muchacho hirsuto, en qué texto atento a la delicada sensibilidad femenina aprendiste lo oportuno de dejar deslizar alguna frase poética. Irene lo imaginó aterrado ante la palabra “poética” pero, prolijo al fin, repasando un pequeño repertorio: India, bella mezcla de diosa y pantera, Tú eres la crema de mi café, Salta, salta, salta, pequeña langosta, pero no te alejes mucho de la costa. No estaba mal, al fin y al cabo. Muchacha, pechos de miel, no llores más, quédate hasta el alba. Ella, la habituada al silencio ritual del amor, a la muda música de los cuerpos que se buscan en las tinieblas, sonrió sin embargo (con quién iba a compartir esta risa secreta), dando a entender que había recibido el impacto del poeta. Y tal vez un día fuera cierto. Tal vez un día este muchacho hirsuto repetiría la frase estudiada, pero captando hasta el centro de su alma -¿cómo sería esa alma?- la precaria belleza de las palabras, y una muchacha conmovida hasta las lágrimas por la ternura de este hombre poeta tan distinto de los otros iniciaría por amor este descenso que ahora Irene, inducida apenas por las manos del hirsuto, estaba cumpliendo. Este lento doblegarse, no exento de horror por sí misma, hasta que su boca alcanzara lo que arduos trabajos de amor habían levantado. Él le había dicho que no, que no hiciera eso. No de esta manera, no con la docilidad y el desamor con que ella lo estaba haciendo. Si un día yo no estoy (pero estaba, estaban los dos desnudos en la cama, exhaustos de amor, y emprendiendo él otra vez este otro trabajo de horadar el alma de Irene, de rastrear en ella los tesoros escondidos que la muchacha de veinte años a veces temía no tener, de obligarla a pensar en toda posibilidad por horrorosa que fuese, de imponerle una lucidez que Irene misma había deseado pero a la que, en este momento, junto al hombre desnudo que la protegía de todo mal, cobardemente se negaba), si un día yo no estoy, si alguna vez vos estás por primera vez con otro hombre (y ella en la oscuridad cerró los ojos y pensó, nunca, Alfredo, cómo podría), sabé que hay cosas que (y se interrumpió, ¿por ella o porque a él mismo le daban cierto temor sus propias palabras? Se rió, y todo pareció volverse menos grave, una mera conversación conjetural). En fin, que usted sabe demasiadas cosas, marquesa, que tiene malos hábitos. Y está bien. Está muy bien que sea así. Todo está permitido en el amor. Pero hay cosas que un hombre medio desconocido (y volvió a interrumpirse, como si la posibilidad que él mismo estaba señalando le desagradara. Pero ella, la alumna avanzada, la maligna conocedora había comprendido ahora lo que a él le estaba costando tanto trabajo decirle). Ya sé, ya sé (saltó), hay cosas que un tipo tiene que ganárselas. Que le cueste conseguir que una las haga, ¿no? Y se reía, orgullosa de comprender tan bien lo que él le estaba insinuando. ¿Pero había comprendido la imbécil, la que ahora derramaba absurdas lágrimas sobre las despreocupadas pelotas del hirsuto, todo el amor que encerraban las palabras de él? ¿Había comprendido ella el amor con que él, el iluso, el empecinado forjador de una Irene mucho mejor que esta puerca derramadora de lágrimas, el amor con que él la preparaba para la vida, aun al precio de perderla para siempre? Y sin embargo ella lo estaba desobedeciendo. Laboriosamente y a sabiendas. Porque lo que el hombre desnudo de esa noche no podía saber era que sus palabras no estaban dirigidas a la muchacha que, segura y alegre contra su costado, creía comprenderlo tan bien. El hombre no sabía que la que un día iba a abandonar su costado ya nunca más sería esa muchacha. Que de nada le valdría ahora fingir inexperiencia y candor porque si algo iba a salvarla, si algo algún día iba a redimirla de sus vacilaciones y de su cobardía y de su soberbia y de sus traiciones, era el tomar toda esa carga pavorosa sobre sí misma; aceptar sus años y lo que había aprendido en sus años y aun esta curiosa sabiduría diestramente comunicada a un desconocido que allá arriba, tendido, librado a sí mismo, ¿qué estaría pensando, en qué ignoradas ensoñaciones se estaría hundiendo mientras con lentitud, casi con ternura, le acariciaba la espalda? El otro, que había conocido a una muchacha ávida de saberlo todo, no podía concebir entonces a esta mujer experimentada, del mismo modo que ella, nunca hasta esta tarde y en este cuarto de hotel, había imaginado que el hombre que sabiamente había ido despertando su cuerpo a la embriaguez del amor y amorosamente había ido despertando su alma a la embriaguez del mundo debió ser algún día un adolescente temeroso, un ignorante tanteador del cuerpo de la muchacha inaugural, un hombre arrojado solo en el ancho mundo, que no conocía del mundo más que el fuego que vanamente, despiadadamente, ardía en su corazón.

Era así entonces, era esto lo que ella había venido a aprender a este espejado cuarto de hotel, esta soledad que la libraba a sí misma y que dejaría este acto, y todos sus actos, sin expiación. No era la mirona de ojos chiquitos, no, no era la pequeña Cecilia quien le venía a robar su exigua felicidad. No era esa que ahora empezaba a vivir sin saber aún que sus trampas y sus alegrías estaban tejiendo ya una red que nunca sería destramada quien le estaba quitando su lugar en el mundo. Era ella la que tal vez ya no podía entrar en la áurea burbuja de la irisada. Esa que en su tiempo dorado de correr bajo los árboles, una tarde de sol, deteniendo de golpe su desenfrenada carrera, escuchando los golpes descontrolados de su corazón, sintiendo debajo de la piel la vertiginosa borrachera del mundo, comprendió de golpe la maravilla de estar viva y dijo: Ésta soy yo sobre la tierra; el mundo existe porque yo lo siento, acá, parada sobre la tierra.