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– Oiga, mocosa -la expresión de él había dejado de ser amistosa-, ¿quién le hizo creer que la gente, toda la gente, no es digna de que yo y usted la tomemos en serio?

Irene habló con furia.

– Usted se divertía -dijo-. Yo lo estuve mirando todo el tiempo. Usted se divertía a costa de los otros -y ahora se divierte a mi costa, habría necesitado decirle, pero ¡tu abuela!, ese gusto sí que no se lo iba a dar-. Estaba como del otro lado, no sé, como mirándolos de afuera.

Bruscamente él acercó su cara a la de ella.

– Y vos, cómo sabés esas cosas.

Una embestida, escribiría trece años después. La mirada era una embestida para probar cuándo se caía ella. Tu abuela.

– Soy perspicaz -de pronto se había puesto contenta; nunca había tenido un interlocutor tan selecto: todo estaba permitido-. Perspicaz y picarona.

Él levantó un dedo. Advertencia.

– Ojo -dijo-, mirá que la bota de potro no es pa’ todos -con aire enojado se quedó mirando una mano temblorosa: el mozo que servía café. Súbitamente se rió-. Pero está bien. Vos también te divertís. ¿Sabés una cosa? Los de anoche también se divertían. A su manera. Mirá qué buen tipo soy en el fondo -se puso a revolver el café. Acto inútil, pensó Irene, porque no le había puesto azúcar. Estaba tan abstraído que ella no se animó a avisarle-. Y es así -dijo por fin-, a cada cual según su necesidad, como dijo Kropotkine.

Kropotkine, mi madre, había dicho Kropotkine. Adiós adolescente picarona, qué efímera fue tu vida. Ahora, a poner cara de estudiante revolucionaria. Jamás reconocer que no se sabe quién es Kropotkine. Suficiente con Weininger. Al fin y al cabo, el Manifiesto Comunista bien que lo ha leído y los Elementos de Filosofía de Politzer también. Que con semejante nombrecito era ruso, eso es fija. Lo que ella no ve tan claro es que ese Kropotkine haya podido decir lo que ahora está diciendo Alfredo Etchart: que uno a veces los ve tan satisfechos, Irene, y en el fondo tan hartos, que casi es un acto de amor complicarles un poco la vida.

– Pero Kropotkine no lo dijo en ese sentido -dijo Irene, y se sintió inteligentísima.

Él sonrió.

– Se ve que la realidad no tiene secretos para vos -tomó un trago de café-. Pero esto está asqueroso.

– No le puso azúcar.

– Gracias, nena. La próxima vez avisame antes -echó los terrones; revolvió-. ¿Y en qué sentido lo dijo Kropotkine?

Me está tomando examen, pensó Irene con fastidio.

– Bueno, Kropotkine… -mirada ambigua de él; imposible discernir si se está divirtiendo a costa de una ignorante, o lo deslumbra que ella pueda nombrar con naturalidad a Kropotkine, o se siente una especie de imbécil por estar perdiendo el tiempo con una mocosa engreída. Cosa suya: yo no lo invité-. Lo que quiso decir Kropotkine -volvió a empezar con decisión. Y fue como si la seguridad de su tono la arrastrara, como si el oírse, entusiasmada y vehemente, la convenciera de que sabía lo que estaba diciendo porque de pronto estaba rodando por una pendiente en la que había mucho campo, y hombres desamparados que lo cultivaban sin amor, y un gordo refulgente contemplando su propiedad desde un auto platinado junto a una rubia también platinada, y lo que había dicho Kropotkine era que es una vergüenza que haya hombres, unos pocos hombres, que exploten a millones y tengan casas y coches cualquier cantidad mientras otros que viven hacinados y con muchos hijos ¡no tienen ni siquiera un pan para darles a sus hijos! No se ría así, qué sonso: la tierra tiene que ser para el que la trabaja.

– Perdoname -él parecía encantado-. ¿Sabés que sos una cruza perfecta entre la Pasionaria y Periquita?

Qué estúpido, pensó Irene.

Él sacó los cigarrillos. Le ofreció a Irene.

– No fumo.

– No fumás -repitió él, como si estuviera registrando algo; o como si el hecho de que ella hubiese rechazado el cigarrillo tuviera una importancia insensata-. Volviendo a lo nuestro… no me vas a negar que no sólo de tierra debe vivir el hombre. Bueno, para decirlo de algún modo: yo soy una especie de trabajador de las almas -Irene iba a hablar; él la apuntó con el dedo, enojado-. Trabajar el alma, dije, que no siempre es lo mismo que tenerla. Más bien todo lo contrario.

Irene iba a decirle que a nadie le gusta trabajar lo que no tiene -¡Kropotkine!-, y entonces creyó entender. Nosotros, los fríos, los que no tenemos alma, pensó con arrogancia. Se sintió magnífica.

– No, claro -dijo-, no siempre es lo mismo.

Él estiró el labio inferior como quien dice “caramba”.

– Tampoco es tan simple -dijo-. A lo mejor no es una carencia sino más bien una exacerbación del alma. Algo así como una hipertrofia.

Ufa, pensó Irene, por qué no se decide de una vez.

– Cierto -dijo-, hay veces en que una siente que el alma no le cabe en el pecho.

La carcajada de él la tomó por sorpresa.

– ¿Pero vos entendés las cosas de verdad o sos muy mentirosa?

Irene también se rió. Empezaba a entenderlo. O a darse cuenta de que él la entendía.

– Las dos cosas. Bah, no sé. No entiendo todo. Eso de los trabajadores de las almas me parece que no lo entiendo muy bien. O no me gusta, no sé.

Un fulgor de afecto brilló por primera vez en los ojos de él. Lo apagó.

– Mirá, no es para tanto, a veces exagero. Lo que pasa es que la gente suele querer cosas y ni sabe que las quiere. Yo a veces creo que me doy cuenta, eso es todo. ¿Viste el pelado de ayer?

– No.

Sólo tengo ojos para ti. La cabeza lo canturreó de golpe, contra su voluntad.

– No importa, creeme, tenía ganas de odiarme. Y bueno, le di un buen motivo. Le recordé que el pueblo es peronista y me levanté a su mujer. Y a la de vestido negro, ¿la viste?

– ¿La vieja chota esa que servía whisky?

– Mi madre, qué cruel es la juventud. Sí, ésa. Andaba buscando guerra así que le dije alguna galantería, qué tiene de malo.

– Se ve que para usted todas las mujeres querían guerra anoche. La verdad, se la pasó haciendo el picaflor con todas.

– ¡El picaflor! Qué arcaica. ¿De dónde saliste vos?

Irene se sintió enloquecer.

– Soy muy tanguera -dijo.

– Tanguera. Tangos y Kropotkine -señaló el cuaderno abierto-. ¿Y eso?

– Análisis matemático -dijo Irene con sobriedad.

– Análisis matemático, bueno, como diría un viejo libidinoso, esta chica es un boccato di cardinale.

Para servir a usted, pensó Irene.

– Yo no soy bocado de nadie -dijo con furia.

– Era un piropo -él sacó un cigarrillo-. A tu medida, sospecho. Y acordate siempre que es así como te digo -distraídamente le ofreció un cigarrillo; ella aceptó-. Hay tipos que nacieron cornudos y señoras a las que no les gusta nada ser virtuosas -suspiró con aire de cansancio-. Y mocosas que andan pidiendo a gritos que las corrompan -encendió el cigarrillo de Irene; ella no tosió-. Y algunos vinimos para enredar un poco los hilos de la Providencia -No la miraba a Irene: miraba por la ventana-. Cosa de darle a-cada-cual-según-su-necesidad, como dijo nuestro común amigo -Observaba con atención a una nena que saltaba en un pie-. ¿Qué te parece, cara de luna?

Irene se sobresaltó. O tal vez borrosamente intuyó algo y, en apariencia, se sobresaltó.

– … y eso es lo único que importa -decía Alfredo Etchart mirando a la nena-. La superficie. Ese es el límite. Aunque me partas el cráneo en dos nunca vas a llegar más allá.

Entonces sí la miró. Fue algo raro. Como si lo estuviera ganando una especie de ternura, o de piedad. O tal vez el impulso de protegerla de algo.

– ¿Estás asustada? -dijo. Y era él (escribiría Irene) el que parecía asustado.

– Pártame el cráneo en dos y va a ver.

El juego era difícil y había que estar muy atenta para no cometer errores. Pero a ella le resultaba más familiar que el ajedrez. Y mucho más divertido.