En la cocina encontré una nota explicándome que no me preocupara, que se habían ido a la playa y que encima de la mesa me habían dejado dos grandes rebanadas de pan con mantequilla, una taza y café. Rápidamente tiré el pan a la basura. No puedo comer nada cuando me despierto, y menos si lleva kilos de mantequilla. A Nina le pasaba lo contrario, y por eso no solíamos hacer el amor or la mañana; yo prefería levantarme de golpe y arrastrarle hasta la ducha. Siempre pensaba en ese pan mojado que se deshacía en su estómago. Por las mañanas nunca pensaba en su alma.
Me pasé el resto del día ocupándome de esa historia, llamando por teléfono sobre todo a ese condenado hospital, cambiando la voz, lloriqueando o haciéndome pasar por inspector de policía. Pero siempre me daban la misma respuesta, y tuve que rendirme ante la evidencia de que Nina no había puesto jamás los pies en aquel hospital.
Empecé a hacerme a la idea de que me había tomado el pelo. Por supuesto sus amigos no sabían nada, nunca habían oído hablar de ningún hospital, ni de ninguna gilipollez por el estilo. Sí, podía decirse que me la había dado con queso. Me había confiado a su hija y había izado velas. De verdad, yo era el mayor gilipollas del mundo.
Cuando las chicas regresaron, no las puse al corriente de nada, sino que aparenté estar trabajando. No dejé de apretar las mandíbulas ni un momento en toda la noche, pero no estuve realmente desagradable. La presencia de Cecilia me calmaba un poco, hacía que las cosas fueran menos duras. Pero tenía la mente demasiado perturbada para obtener el máximo provecho. Estaba medio sonado.
Creo que habría perdonado a cualquier otra persona. Sé lo que uno se ve obligado a hacer a veces para salir adelante, esas rupturas en la sombra, todas esas locuras, pero no podía dejárselo Pasar a Nina, a ella no. Nina era especial. Yo sabía ser duro conmigo mismo, así que no hacía diferencias con ella. Habría dado cualquier cosa por saber qué estaba haciendo en aquel momento. Que nadie viniera a joderme con consideraciones de orden moral, no estaba dispuesto a aceptar la menor imbecilidad de ese tipo.
Me pasé parte de la noche clavado en mi sillón, con los pies apoyados en el antepecho de la ventana. Todas esas olas me daban náuseas, me traían siempre las mismas preguntas: ¿dónde estaba Nina?, ¿por qué lo había hecho?, ¿cómo iba a saberlo? Oh, mundo brutal, mundo sin piedad. Me levanté y miré durante largo rato a las dos chicas antes de acostarme; dormían como dos ángeles. Oh mundo increíble con tus luces y tu juego de piernas.
7
Hacía exactamente una semana que Cecilia vivía en mi casa, cuando llegaron los problemas. Estaba jugando una partida de dominó con Lili, tranquilamente, en plena tarde y con una cerveza en la mano. Estábamos instalados bajo la ventana, y ella acababa de poner el doble seis cuando oímos que llamaban a la puerta de una curiosa manera. Ya está, pensé, ya la jodimos, y me levanté suspirando para ir a abrir.
Eran dos y me colocaron sus credenciales bajo la nariz, dos enormes policías en camiseta que entornaban los ojos en el umbral de mi puerta. Así, de golpe. Me dije no tengas miedo, no pueden entrar, no pasarán. Tenían las caras como si vinieran de una boda, como si hubieran bebido a pleno sol. El primero me sonrió, era un tipo moreno con el pelo ensortijado; y el segundo, un rubio con ojos de mujer, horrible, entró rápidamente, sin que yo pudiera hacer ni un gesto.
El moreno cerró la puerta sin dejar de sonreír.
– Bueno, a ver, ¿qué les pasa? -dije.
– ¿Qué representa esa cría? -preguntó el rubio.
Separé los brazos y me reí.
– No se preocupen, no es lo que se imaginan. Les puedo dar la Erección de su madre y su número de teléfono. No la he raptado, atábamos jugando una partida de dominó.
– Ajá, pero no hemos venido por ella. Hemos venido por la otr3 Parece que te gusta la juventud, ¿eh?
– ¿Qué otra? -pregunté.
El moreno estaba muy cerca de mí, lanzó su puño contra mi barriga y me doblé en dos. Conseguí retroceder hasta una silla y me senté. Los tipos dejaron que recuperara el aliento y encendieron sus cigarrillos mientras revolvían un poco por todos lados. Lili seguía con su doble seis en la mano y lo aferraba mientras se mordisqueaba los labios. Yo respiraba como un fuelle viejo. El moreno entró en el cuarto de baño y luego vino hacia mí con una caja de «Tampax» en la mano. Mierda, no, no puede ser, pensé.
– Fíjate en lo que he encontrado -soltó el pasma-. ¿Quién los usa, la cría o tú?
Mi cerebro trabajaba en el vacío, incapaz de encontrar la respuesta. Realmente, era demasiado idiota eso de haberse olvidado la cosa aquella en un rincón. Por suerte, Lili salió en mi ayuda.
– ¡Deje eso, que es de mi mamá! -chilló.
El poli se volvió lentamente. Tuve ganas de gritar pero no me salió, y sólo conseguí hacer un curioso ruido con la boca. Se acercó a Lili golpeándose el muslo con la caja, se agachó delante de ella y sus pantalones estuvieron a punto de reventar. Removía sus rizos ante Lili:
– A ver, tú, ¿qué cuento es ése?
Lili bajó la mirada. Me puse en su lugar; yo habría hecho lo mismo si me hubieran tratado así cuando tenía ocho años, si me hubieran metido esa cara de enloquecido bajo las narices o algo por el estilo, alguna cosa de la vida que te reviente. Bueno, pero yo no estaba totalmente fuera de combate. Me removí en mi silla.
– Es verdad -dije-. Es verdad, son de su madre. No entiendo qué es lo que quieren…
El rubio se plantó frente a mí. Sudaba por todos los poros de su piel.
– Te aconsejo que no nos toques los cojones -dijo-. Sobre todo porque no tragamos a los chorbos de tu tipo, ¿vale?
– ¿Y qué? -dije-. Soy inocente.
– No… no tienes facha de inocente -soltó el otro.
Santo Dios, casi lo había olvidado. No me había afeitado desde hacía dos o tres días y sé que esas cosas no les gusta ver pelos en la cara. Mierda, ¿por qué nunca se presentan cuando estás recién afeitado, en ayunas, y acabas de ponerte una camisa limpia?
El rubio se acerco a la ventana, se secó la cara con un pañuelo y se puso a mirar el paisaje.
– Mira, no te canses. Sabemos que ha estado aquí. ¡Coño, vaya vista que tienes, tío!
– ¿Pero de quién están hablando? ¡¡¿DE QUIÉN, mierda de mierda de mierda?!!
El moreno me puso la foto de Cecilia ante los morros. Se la habían tomado dos o tres años antes. Ahora estaba mejor, pero me abstuve de hacer comentarios sobre el tema. Sorbiendo, el tipo volvió a guardarse la foto en el bolsillo.
– No nos tomes por imbéciles -me recomendó.
– Sí, la conozco -dije-. Es una plasta y una liosa. La vi no hace mucho, se había ido de casa…
El rubio se volvió hacia mí, con sus ojos de mujer en celo.
– Exactamente. Y vamos a encontrarla. Puedes estar seguro, chico.
– Ya se las apañará -les dije-. Pero fíjense, ya vivo con una mujer y no soy tan hacha como para cargar con dos. No soy Supermán, tíos, se han equivocado de puerta.
Se produjo un momento de vacilación. Había dado en el blanco y lo aproveché para agarrar la botella de coca cola y liberarla de medio litro de una tirada.
– No se preocupen -añadí-. Cecilia es una chica que tiene sesos. Su padre tiene un montón de pasta. Volverá…
– No me importa nada esa gilipollas -dijo el rubio-. Pero es menor y eso hace que tengamos que trabajar. Tenemos que ver a todos sus amigos.
– No soy amigo suyo, apenas la conocía.
– Bueno, en todo caso, la vamos a encontrar. Se la debe de estar tlrando un chorbo de tu tipo, y sólo de pensarlo me da náuseas. ¡Mierda, nunca lo entenderé!
– Sí, hombre, son unas imbéciles -comentó el otro-. Unas peañas imbéciles…
– No tiene, nada que ver -dije yo.