El rubio se sentó en un ángulo de mi mesa y observó la habitación moviendo la cabeza. Encendió un cigarrillo y tiró la cerilla por encima del hombro. Se inclinó hacia mí mientras se rascaba el culo. Yo me pregunté si notaría lo mismo que yo, aquel increíble olor que llevaba encima. Y apreté las mandíbulas.
– Oye, ¿cómo te lo montas? -me preguntó-. ¿Cómo consigues estar jugando al dominó en plena tarde un día de semana?
– Tengo una beca -le dije.
– Claro, los tipos como tú tienen su beca, evidentemente. Y los demás curramos para pagar a chorbos como tú, ¿lo sabías? ¿No te hace reír?
– No es nada del otro mundo, apenas me da para sonreír.
Me sopló el humo en plena cara; seguro que con ese calor le parecio que era lo que le costaría menos esfuerzo.
– ¿Y qué es lo que sabes hacer, eh, gracioso? -me preguntó.
– Soy escritor -afirmé.
Pestañeó y se destornilló de risa.
– Jo, vas a hacer que me duela la barriga. Muy bueno lo tuyo, muy bueno -exclamó.
Se dirigió a su compañero señalándome con el pulgar.
– ¿Lo has oído? Muy bueno, ¿no?
El otro articuló una especie de chirrido obsceno.
– Claro, pero seguro que nunca has publicado un libro -siguió el rubio.
– Sí -le dije-. Pero eso no es difícil, lo duro es escribirlo.
– Mierda, eso tampoco lo entiendo. ¿Cómo es posible que tipos así escriban libros? Mierda, no sé, o lo que pasa es que sacan cualquier cosa.
– Estoy de acuerdo -dije-. Pero estamos en una época de reflujo. Habrá que esperar para que emerjan las cosas buenas.
– Eso, porque además seguro que te consideras de los buenos, ¿no?
– Estoy entre los mejores. Pero no me sirve de mucho, porque el dinero no viene.
– Joder, no te das importancia ni nada… No te consideras ninguna mierda, ¿eh?
– No, no me considero nada en particular. Oigan, no quisiera que pensaran que les echo a la calle, pero me siento un poco confuso. Espero que ya habrán terminado, ¿no?
El rubio se levantó lentamente y me mandó una mirada asneada mientras bostezaba.
– Vale, pero a lo mejor volvemos a vernos, ¿eh? Nunca se sabe. A lo mejor se te han cruzado los cables y has querido tomarnos el pelo, nene…
– A ver -les dije-, al menos vamos a ponernos de acuerdo en algo. No se me ocurre lo que pueda pasar por la cabeza de la chica ésa, no soy su madre. Es capaz de volver a pasar por aquí. Yo qué sé; no me importa.
– Claro, escritor, pero al menos sabes utilizar un teléfono, ¿no?
Asentí con la cabeza. Los dos enloquecidos se dirigieron hacia la puerta y sentí el aire que se desplazaba en la habitación. Es una lástima que salga tan caro caerle encima a un pasma, pero pensándolo bien todo sale caro en esta vida y de verdad que es difícil no tener el corazón lleno de rabia; es difícil no sentir ahogo en ciertos momentos.
Al salir, el rubio giró sobre sí mismo y me miró un momento, rascándose la cabeza.
– Cuando te miro -me dijo-, cuando veo a un tipo como tú, fíjate bien, me jodería realmente que fueras de verdad un escritor.
– Qué más da -dije-. No importa. No lo llevo escrito en la cara.
Cuando se largaron, volví a la partida de dominó y perdí varias veces seguidas. Permanecimos en silencio durante toda la tarde. Lili no me cargó con preguntas idiotas, había cazado perfectamente toda la historia. A veces tengo ganas de hacer como los viejos, bueno, como algunos viejos, los que aún tienen sangre en las venas; tengo ganas de confiar en la nueva generación. Afortunadamente esas ganas me duran poco tiempo.
Luego nos acercamos un momento hasta la playa y caminamos bajo un sol rasante que se nos enredaba en las piernas. Al volver, me sumergí en mi novela y maté a dos tipos. Me sentí mejor, pero estaba vacío. Y no era por culpa de la historia, no, era por culpa de mi estilo. Mi estilo me vaciaba.
Cecilia volvió hacia las dos o las tres de la madrugada. Yo seguía sentado en mi silla, en la penumbra, escuchando música y fumando cigarrillos, con el cuerpo roto en mil pedazos y dolorido. No tengo noción del tiempo por la noche, y me gusta, me gusta pensar lentamente, creo que llegaré al éxtasis en un momento así. Me imagino cayendo de rodillas entre el humo de los cigarrillos sonriendo hasta que se levante el día con el cerebro hecho papilla; pero me pregunto si hago todo lo necesario para llegar a ese punto, me pregunto si la Gracia va a concederme circunstancias atenuantes.
Cecilia avanzó hacia mí sonriendo. A los dieciocho años tienen una sonrisa salvaje, si pudiera las poseería a todas a esa edad, o a los veinte como máximo. La miré y me pregunté cómo había hecho para meterse en unos shorts tan apretados, si le habría hecho daño y si ahora la cosa iba mejor. Me parece que el pantaloncito era ligeramente luminoso, o tal vez era la luna, quizás un pequeño rayo se colaba por encima de mi hombro.
– ¿Qué tal? -me preguntó-. ¿Ha ido bien?
– Formidable -le dije-. Excepto que nos olvidamos de esconder los «Tampax», ¿qué gracioso, no?
Elevó la mirada al cielo.
– ¡Oh, no! ¡Mierda! -exclamó.
– Eso, mierda. Además, hemos prometido que volveríamos a vernos. No han terminado de jodernos.
Hundió las manos en sus bolsillos; un segundo antes habría jurado que era totalmente imposible, pero no podemos estar seguros de nada en este mundo. Luego miró hacia otro lado.
– Bueno -murmuró-, pero nos avisaron, ¿no? Tuve tiempo de sobra para largarme…
– Claro -contesté-. Pero imagínate que la próxima vez tu amiga no esté en el despacho en el momento adecuado, ¿qué va a pasar, eh?
– No, hombre, no, le pagan para saber dónde está cada poli, clava banderitas en un mapa de la zona. No son tantos, ¿sabes? De verdad que no hay ningún peligro. Cuando vuelvan, lo sabremos porque nos llamará por teléfono.
– Lo pintas demasiado hermoso. Nunca sé si se puede abusar de la suerte.
– Podemos -dijo-. ¡Te juro que podemos!
La verdad es que casi me había olvidado de aquellos dos tipos, y discutía por el placer de discutir, para hacerle un pequeño lugar en mi noche. No la veía demasiado bien, sólo veía aquellos shorts blancos en los que había clavado mi mirada, pero podría haber sido cualquier otra cosa, una oreja o una pequeña vena azul bajo su muñeca. Su voz realmente no me gustaba, y respiro cuando una chica tiene algo que no me gusta. Cuando me gusta respiro aún más deprisa, pero siempre he logrado salirme, siempre se encuentra algo que desafina si se busca bien. A veces uno se salva por un destello de locura, que puede venir de cualquier lado.
Pero era una presencia agradable; quiero decir que lo es cuando te has pasado parte de la noche desvariando en una silla, cuando has añadido una página más a la jodida novela, cuando has bebido un poco y empiezas a desconfiar de la realidad de las cosas. Sí, era agradable tener a esa chica a mi lado, poder hablar dos o tres palabras con ella, mirarla, compartir el aire de la habitación; era agradable sentirse cansado sin tener necesidad de moverse, simplemente teniendo una mano entre sus muslos. Cualquiera habría encontrado agradable una cosa así.
8
Una noche me encontré en casa de Yan en medio de una pandilla de chalados. No los conocía a todos. Me había pasado tres días en casa sin salir y había tenido ganas de cambiar un poco de aires; les había lanzado un guiño a mis dos compañeras y me había largado. Había saboreado el pequeño momento de soledad en coche, no por la tranquilidad, sino por la libertad, conduciendo con los ojos semicerrados sin tener necesidad de nada, y sintiendo la fragilidad.
También había dos chicas. Estaban ya borrachas cuando yo llegué. Eran dos tías tirando a pesadas y que hablaban fuerte, pero en conjunto los tíos tampoco eran mejores. Era personal a la moda, un pie en el rock y el otro en el neo-beat, con el problema de que no conseguían gran cosa de todo eso. Estaban excesivamente preocupados por su imagen, y eso les ocupaba demasiado tiempo.