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Estuve dudando durante un minuto y luego pasé por encima de la valla. Tenía ganas de ver todo aquello desde más cerca, de meterme justo debajo y de levantar la cabeza para sentir el pequeño escalofrío. Era bonita, una cosa inventada para dar miedo, toda pintada de rojo y de blanco; y el raíl corría por allá arriba, reluciente como la hoja de un cuchillo. Eché un vistazo a la barraca donde vendían los boletos. Vi las chicas clavadas detrás de la caja, en posiciones idiotas, con su paquete de pelos en pleno centro y con una sonrisa imbécil. La cosa me hizo pensar en un cementerio, porque las fotos eran viejas y todas aquellas chicas debían de tener ahora como mínimo cincuenta años, y algo tenía que estar veradaderamente muerto y enterrado para ellas. Todas aquellas sonrisas seguro que ya habían desaparecido.

Se estaba bien. Me tomé todo el tiempo para examinar el asunto. Me instalé en una vagoneta, delante, y podía sentir el canguelo incrustado en el asiento. La pintura incluso había desaparecido allí donde la gente se agarraba. Podía oír sus aullidos y sus chillidos, podía ver cómo ponían los ojos en blanco y se meaban en los pantalones todo aquel montón de locos vueltos al estado salvaje. Cuando se hizo nuevamente el silencio, salí de allí dentro como una flor. Avancé por la vía, siguiendo los raíles, hasta el sistema de cremallera, donde el invento subía casi en vertical. Tenía todos los asideros del mundo, no parecía realmente difícil; era un juego de niños eso de subir hasta lo más alto.

Llegué sin problemas, vi una red de pasarelas y me paseé por ellas; debían de servir para el mantenimiento. Mis pasos resonaban y yo solo conseguía hacer que toda aquella mierda vibrara. Intentaba encontrar un ritmo divertido arrastrando los zapatos o saltando con los pies juntos, y ese asunto me absorbió durante un momento. Luego me calmé, me senté con los pies en el vacío y disfruté de la vida. Me gustan las cosas sencillas, un viento ligero con una rodaja de cansancio. Mi estado de ánimo era el mismo que el de un tipo del espacio que ha intentado una salida y que se queda atrapado afuera, en su escafandra, esperando a que ocurra algo. Casi había olvidado dónde estaba cuando oí que gritaban desde abajo y me coloqué acostado sobre mi pasarela.

– ¡¡ESPECIE DE MARICÓN!! ¡¡BAJA, ESPECIE DE MARICONAZO!!

Me fijé en el tipo que había vociferado diez metros más abajo, era una especie de torre en calzoncillos, con unos brazos enormes que gesticulaban en mi dirección.

– ¡¡ME CAGO EN LA PUTA, SI SUBO ERES HOMBRE MUERTO!! -aseguró.

Me levanté y agité los brazos. Pensé que mejor sería agitar los brazos, y casi los levanté por completo.

– Vale, vale -dije-, tranquilo. No estaba haciendo nada malo. Bajo enseguida.

Pero el tipo parecía realmente furioso y empezó a golpear las barras metálicas con un palo. Yo sentía las vibraciones bajo mis pies, DANG DANGGG CLONGG, y empecé a bajar a todo gas, antes de que el tipo pusiera en pie de guerra a los demás.

Me detuve justo encima de él, tal vez a tres o cuatro metros, y cuando vi su jeta comprendí que había sido mala idea esa de subirme allí arriba, y me dio un hipido.

– Acércate, maricón de mierda -gruñó.

Vi que lo que tenía en las manos era una especie de estaca, y que sus ojos brillaban como dos pastillas de uranio. Entonces se me pusieron por corbata y traté de ganar tiempo.

– Eh, no se ponga nervioso, hombre -dije-, que no hacía nada malo. Me largaré corriendo, se lo juro. Soy escritor, no puedo hacer nada malo.

Pero el tipo lanzó una especie de grito horroroso y me tiró la estaca. De verdad que tenía enfrente a un zumbado y le debo la vida a una pequeña barra transversal que desvió la trayectoria del proyectil, SBBAAANNGGGG…, cerré los ojos durante una fracción de segundo y oí que el cacharro rebotaba a mi lado.

Empecé a correr entre las barras metálicas. Me agarraba nerviosamente a los hierros y no quería mirar hacia abajo pero lo oía. Aquel cerdo había tenido tiempo de ponerse zapatos. Dimos una vuelta entera así y me salieron ampollas en las manos. De verdad que es jodido que un tipo quiera tu piel.

Me paré justo a la altura de la barraca de los boletos, estaba empapado de sudor. Lo intenté una vez más:

– Santo Dios -dije-, hombre, que no me he cargado su aparato, que sólo he subido para echar un vistazo…

Pero no me contestó, sino que lanzó un nuevo rugido y empezó a escalar. Lancé una mirada horrorizada a mi alrededor y descubrí mi única oportunidad; la vi inmediatamente.

No era excesivamente alto; bueno, no podía hacerme una idea exacta, aún era de noche y el otro se acercaba resoplando. Así qué me decidí por el techo de la barraca sin pensármelo a fondo. Simplemente era lo que estaba más cerca.

Salté. Salté en el último segundo, justo en el momento en que el otro estaba a punto de atraparme una pierna; pero era una barraca de nada con un techo de plástico y directamente la atravesé. El chiringuito se reventó con un ruido espantoso y yo me encontré encerrado dentro. Me levanté de inmediato. Estoy vivo, me dije, estoy vivo. Me lancé contra la puerta. No era ninguna broma, todas las bisagras saltaron a la vez, y seguí adelante llevado por mi propio vnpulso. Choqué con no sé qué y me caí. Mamá, lancé un grito horroroso, creía que estaba justo detrás de mí y que me iba a dar con su mango de azadón, o con lo que fuera. Rodé sobre mí mismo en el suelo pero no lo vi. Me puse de pie con gestos de dolor, empecé a correr y pasé junto a la pista de los autos de choque.

Fue entonces cuando lo vi. Estaba del otro lado. Destacaban principalmente sus calzoncillos blancos. El también me descubrió. Acortó camino, saltó a la pista con una agilidad deprimente y echó a correr hacia donde yo estaba, formando un estrépito de todos los demonios, CLANG CLANG CLANG. Cada uno de sus pasos era como un mazazo sobre un yunque, así que eché el resto, y corrí como enloquecido en línea recta. Salté las vallas y continué mi sprint por la playa.

Mierda, no es fácil correr por la arena; y empecé a resoplar.

Llegué hasta una cabana de madera medio derruida. Posiblemente una antigua cabana de pescador, un cobertizo del que colgaba sus redes. No tengo ni idea, pero ahora la gente lo utilizaba para cagar o para deshacerse de sus cochinadas, y pese al aire del mar, pese a que la puerta y las ventanas habían sido arrancadas, apestaba tanto allí adentro que estuve a punto de renunciar. Únicamente entré porque no tenía ganas de morir.

Me coloqué detrás de una ventana y eché un vistazo fuera. El tipo estaba todavía bastante lejos, pero venía. Les juro que tenía que estar completamente fuera de sí. La cosa empezaba a ponerse cómica y no se me ocurría cómo iba a librarme de aquello.

Estaba a punto de salir y arrancar a correr de nuevo, cuando vi aquella cosa medio enterrada en la arena, un pedazo de hierro torcido. Me agaché y estiré con ganas. De verdad que estiré. Me encontré con una especie de cadena entre las manos, de aproximadamente un metro de largo, muy pesada, con eslabones enormes y oxidados, y me sentí un poco mejor, no realmente bien, pero sí un poco mejor.

Recorrí otros cien o doscientos metros pero ya no podía más, sobre todo con el peso de la cadena. Bajé por una pequeña duna y allí abajo me quedé inmóvil para recuperar el aliento. Sólo oía el temblor de las briznas de hierba, y una gaviota empezó a dar vueltas encima mío chillando sin cesar. Vi otra barraca, no estaba muy lejos, era más pequeña que la otra y parecía un refugio construido con traviesas de ferrocarril y cañas. Me arrastré hasta allí y lo esperé. Hubiera sido incapaz de dar un sólo paso más.