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– Sin embargo tendremos que hacerlo juntos. Tendremos que hacerlo los dos -dijo.

Noté que no bromeaba y supe que iba a salirme con un montaje increíble. No cabía ninguna duda, y hundí imperceptiblemente la cabeza entre los hombros.

– Tengo noticias de Nina -aseguró-. Y no son demasiado buenas…

Mi párpado derecho empezó a temblar, me lo froté pero fue imposible detenerlo; sentía un suave olor de crepés que se deslizaba por el pasillo y lo que hubiera debido hacer era dar un portazo y bajar para comerme unas cuantas, beber un poco y decir gilipolleces con los demás. Pero me quedé plantado ante esa chica en un mundo de dolor. Realmente no elegí, y además siempre he sido de reacciones lentas, así que mi actitud no me sorprendió.

– ¿Te interesa, eh? -me preguntó.

Me acerqué a ella y me apoyé en el borde de la bañera.

– Venga -le dije-, te estoy escuchando.

– Bueno, pero esa no es razón para que le des gusto a la vista. Échate para atrás…

– Vale, de acuerdo -le dije-, pero, mierda, suéltalo ya. No intentaré echarte un polvo, si eso es lo que temes. Así que deja de joderme con ese asunto.

– Los tíos siempre tratan de hacerlo en un momento o en otro -soltó.

En aquel instante quiso entrar un tipo, pero lo eché. ¡Está completo!, le dije, y cuando me volví mi compañera ya había salido del baño y se secaba con una toalla roja. Me senté en un rincón y recordé que se llamaba Sylvie.

– Oye, Sylvie… Intenta explicarme un poco qué pasa. No te preocupes si te miró porque en realidad no te veo. Sólo te escucho, Sylvie.

Su culo merecía un cero, pero tenía las caderas muy redondas y en realidad no habría estado del todo mal si hubiera tenido el alma un poco más tierna. Se friccionó metódicamente y luego se puso las bragas pero no, no, decididamente no sabía hacerlo, lo hacía verdaderamente mal.

– Bueno -siguió-, sé dónde está y conozco al tipo que está con ella. ¿Qué me dices, eh?

– Que sabes muchas cosas.

– Tú lo has dicho. Se conocieron en mi casa y me siento un poco responsable.

– Claro, claro -comenté-, pero dime, Sylvie… ¿Tú qué buscas?

– ¿Eh? -articuló.

– Pues eso, que te he preguntado qué buscas. ¿Por qué me explicas todo esto?

Al decir esas palabras, trataba de mantener la calma, pero no era fácil. Pensaba en Nina, pensaba que había dejado a su hija en mis brazos para poder hacerse humo tranquilamente con un chorbo. Era un coñazo y estaba en aquello porque a veces creía en la gente, prestaba un poco de atención a todas sus memeces, así que no podía lamentarme.

La tía hacía durar el placer, pero yo no tenía ningunas ganas de jugar a las adivinanzas, así que le presenté mi cara de los peores días con un ojo ligeramente cerrado. Lo entendió y se vistió rápidamente. Me levanté, la agarré por la camiseta antes de que hubiera terminado de ponérsela, aún tenía un brazo fuera. La verdad es que nunca le he pegado a una mujer aunque sí haya zarandeado a algunas. Sé cómo hacerlo. Hay que encararlas decididamente, hay que meterles aunque sea un poco de miedo en el cuerpo, si no, ni siquiera vale la pena hacer la prueba, porque uno sale mal parado. Lo dosifiqué bien, la hice venir hasta veinte centímetros de mi nariz; la verdad es que tenía los ojos bonitos, pero me importaban un huevo sus ojos. Lanzó un pequeño grito, lo que me excitó.

– Coño -le dije-, no me hagas esperar más. Encima, estoy cansado.

Bueno, ella sabía tan bien como yo que sus ojos no lanzaban precisamente navajas afiladas, así que no se pasó y en conjunto la cosa me pareció más bien positiva. Ya había tenido que enfrentarme a esta especie de chaladas, parece que van a explotarte entre los dedos y uno sólo piensa en sus ojos. También he conocido a chicas que tenían una fuerza inimaginable y a otras que conocían llaves mortales, sí, unos números increíbles, chicas a las que nada puede detener. Afortunadamente, Sylvie no era de este tipo. La solté. Estaba seguro de que había entendido. Había hecho lo necesario para que fuera así. Su camiseta ya no se parecía a nada.

– Lo que me molesta -dijo- es que conozco al tipo que está con ella. Es un asunto personal. Pero puedo ayudarte a encontrar a Nina.

– No sé si realmente tengo ganas de encontrarla -dije.

– Oye -lanzó-, que no se trata de eso. Que conozco al tipo y es un poco especial, ¿sabes?

Lo había dicho bajando los ojos y con un tono de voz extraña Evidentemente, alrededor de las seis de la mañana las cosas siempre tienen un aire un poco extraño y no acababa de entender lo que había querido decirme.

– ¿Qué quiere decir eso de que es un poco especial?

– Nada -me dijo-. Pero es preciso que vayamos a buscar a Nina.

– ¡Me cago en la puta! ¿De qué estás hablando? Eres una pobre imbécil, ¿a dónde quieres ir a parar?

– Oye, no voy a repetirlo. Tenemos que actuar de prisa.

Di un paso en su dirección. Tenía unas ganas locas de trabajarla. Sé que todo tiene un principio pero en aquel momento hice una cosa inteligente, di media vuelta y me largué dándole un portazo a toda esa historia de mierda.

El problema fue que me alcanzó en la escalera. La mandé a paseo, bajé dando tumbos los últimos escalones y salí. La calle ya ardía. Parpadeé, a veces dos o tres pasos bastan para que uno se encuentre al borde del abismo, y sentí su mano en mi hombro.

Me solté sin decir una palabra y empecé a caminar por la acera. No llegaba a pensar en nada.

Al cabo de un momento entré en un bar. Fui hasta el fondo y me senté. Mierda, me dije, aún soy joven, si quisiera no tendría el menor problema, estoy solo en la vida; podría tratar de vivir únicamente de mi talento y pasarme días enteros sin dar golpe, entonces ¿por qué era incapaz de mandar al carajo a aquella tía, por qué no me salía de una puta vez de esa historia?

Cinco minutos después apareció ella. Se sentó frente a mí. Le pregunté qué iba a tomar. Un bourbon doble, dijo. No pude impedir que me apareciera una sonrisa. La miré.

– Vaya, tienes buen aguante, ¿eh? -comenté.

Levantó la mirada hacia mí. Ponía cara de funeral.

– Mira, Sylvie, toda esta historia me aburre mortalmente. Pero no impedirá que nos tomemos una copa juntos y hablemos de otra cosa. Fíjate, no hemos cerrado un ojo en toda la noche y hemos visto nacer el día, me gustaría saber qué piensas de todo esto, de este regalo de día…

– ¿Estás jiñado? -me preguntó.

– Sí -le dije.

– Pero ni siquiera sabes de qué.

– No importa, con muy poco me basta. Además, me siento de buen humor, así de repente, y no voy a romperme la cabeza. Me entiendo bien con Lili, no me molesta en absoluto, no me importa que esté conmigo aunque sea un año y lo de Nina es una historia vieja. Lamento mucho que no se haya ido con el hombre de sus sueños y estaré de acuerdo con ella si le parece que la cosa es dura.

Sylvie esperó a que llegara el tipo con el bourbon. Lo vació de un trago echando la cabeza hacia atrás. Era un número perfectamente estudiado, valía la pena verlo porque era muy bonito; yo siempre tengo confianza por las mañanas, estoy de humor contemplativo. A continuación me agarró del brazo. Creí que un águila acababa de aterrizar allí.

– De verdad -dijo-, ¿lo haces a propósito?

– Están permitidos todos los golpes -aseguré.

– Mierda, no tengo ganas de que esta historia acabe mal. Tenemos que ir a buscarla…

Me solté y me apoyé bien erguido en el fondo del asiento. Había demasiada luz en aquel chiringuito, no podía concentrarme. Me retorcí un poco las manos y me eché a reír.

– Vamos a ver, ¿qué rollo es ese? -pregunté.

– Sé de qué estoy hablando -dijo ella.

Levanté la cabeza para mirar la sala por encima de su hombro, para mirar a los tres tipos silenciosos pegados a la barra, a la chica que bostezaba en un rincón y a la vieja que devoraba un croissant. Luego, en aquel mismo momento, entró alguien. Dejó la puerta abierta durante uno o dos segundos y penetró en aquel antro un poco de vida, una nube de polvo invisible. No sé bien qué, no Puedo explicarlo, pero el mundo pesó mucho menos y dejé de sentirlo. Crucé los brazos sobre la mesa y me incliné hacia ella.